Luis Alberto Romero

artículo publicado

4 de marzo de 2020

El tango como guión de suspenso

Un prestigioso abogado, una vieja ofensa, una venganza “legal”, cuidadosamente planeada; dos mujeres -“minas de gran corazón”-, un compinche que resultó un “gavión” y un policía veterano componen el cuadro básico de un relato policial impecable, de final inesperado.

“Estafa legal” es la “opera prima” de Carlos Kreimer, un abogado de ochenta años largos, de larga militancia en el Club Socialista y el Club Político, coleccionista de arte y mecenas, experto en tango, lector insaciable y conversador genial. Pero sobre todo porteño, esencialmente porteño.  

El plus de este relato policial está en la ambientación: transcurre en Buenos Aires en 1940. Es el año de apogeo de la vieja Argentina oligárquica -el protagonista es un “Lavalle Paz”- y también el año de la invasión alemana a Francia, vivido en nuestro país como la llegada de los bárbaros a Roma.  Ese tono de canto del cisne es el telón de fondo de este relato, al que los personajes secundarios dan consistencia y verosimilitud. Algunos son reales, como Federico Pinedo o José Peco, y otros son tipos sociales característicos de los diversos mundos que se cruzan en la novela, tal como se cruzaban en el Buenos Aires de entonces.

El protagonista -un viejo patricio- se mueve entre su casa de Recoleta, la vieja Facultad de Derecho -el edificio seudogótico de la avenida Las Heras-, su estudio en la flamante Diagonal Norte y el Jockey Club. Las contracaras de este mundo son el barrio de Once -no el gueto de Corrientes y Pasteur sino el muy porteño de la Plaza, La Perla y el café Rubí-, y el Hipódromo y el Bajo Belgrano, donde el famoso abogado se cruza con la fauna del turf: jockeys, cuidadores y burreros. En suma, lo alto y lo bajo se mezclan, como en Fiesta de Serrat.

La diferencia, más específicamente porteña, reside en los hijos prósperos y educados de los inmigrantes, que comienzan a emerger entre ambos extremos. Sus padres llegaron a ser, quizás, almaceneros o artesanos establecidos, dueños de su casa. Sus hijos ya son empresarios o profesionales exitosos, orgullosos de sus orígenes modestos, que no van al Hipódromo pero asedian el Sancta sanctorum de la vieja oligarquía: el Jockey Club. “No pasarán” es la consigna de Lavalle Paz, socio antiguo e influyente.

A Borges le faltaba la vereda de enfrente para hacer de su manzana en el viejo Palermo una síntesis de Buenos Aires. Para Kreimer, no hay Buenos Aires sin Montevideo, “la otra orilla”, una suerte de Buenos Aires paralela y bizarra, con su viejo centro y el puerto, sus barrios modestos y el hipódromo de Maroñas, donde transcurre parte de la trama.

La guerra en Europa rompe la pax porteña, interrumpe el orden habitual de los días, altera los negocios, irrumpe en la política, genera polémicas y trae refugiados. Entre ellos, la joven protagonista, una francesita de Toulouse -casualmente la ciudad de Gardel- cuya primera escala laboral es el célebre cabaret Chantecler. Allí un joven prometedor comienza a hacerse célebre con su bandoneón. Es Anibal Troilo, Pichuco, cuya algo anacrónica presencia en el célebre cabaret es una justificable licencia poética.

El Chantecler es el lugar donde se anuda buena parte de la trama, donde se encuentran los de arriba, los de abajo y los del medio, convocados por el abogado patricio, enamorado y vengativo. Sus reuniones se celebran allí o en otros cafés, restaurantes o cabarets célebres, que el autor, y otros algo más jóvenes, llegamos a conocer.

El centro de la escena es la calle Corrientes, recién ensanchada, que se cruza en el Obelisco con la muy moderna Diagonal Norte. Allí se encuentran todos: los de Recoleta, los de los barrios, que asisten a los teatros por secciones, los de los suburbios urbanos, esos “barrios de tango” de donde salen, rumbo al centro, los muchachos para “una noche de garufa”, o las Estercitas, convertidas en “milonguitas”.  Es el lugar de cruce de las distintas culturas porteñas -la criolla, la inmigrante, la de los trabajadores, la de los marginales- que, como mostró José Luis Romero, se mezclan y dan forma a algo nuevo, porteño y a la larga nacional, cuya singular epopeya suelen narrar los tangos de los años cuarenta.

El mundo que Kreimer recrea en su novela es, en el fondo, un mundo de tango. Muchos fragmentos de sus letras podrían haber nutrido las notas al pie. Es lo que le da sabor y valor testimonial a una novela que, por otra parte, tiene una densa fundamentación histórica, minuciosamente trabajada y expuesta en forma casi didáctica, al estilo de las novelas de Pérez Reverte.

Al final de la historia, a algunos de los protagonistas les va muy bien, y a otros bien. Pero al protagonista, el abogado Lavalle Paz, más allá de su “estafa legal”, le va muy mal. El final farsesco, digno de Goldoni o de Molière, apenas oculta una mirada teñida de desaliento ante un mundo que se acaba, como el de los dioses de Wagner. Faltan algunos años para el peronismo, pero puede imaginarse, en el melancólico final de la novela, el crepúsculo de los dioses.

Luis Alberto Romero

Publicado en Clarín

Etiquetas: “Estafa legal”. de Carlos Kreimer. Buenos Aires, Calle Corrientes, Hipódromo y cabaret, Jockey Club

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