Luis Alberto Romero

artículo publicado

24 de febrero de 2019

El tiempo en que los escritores dejaban marca

Alphonse de Lamartine, Alfred de Vigny y Victor Hugo son los “magos románticos”, la tríada de poetas que estudia Paul Bénichou en este tercer volumen de su tetralogía dedicada a los escritores románticos franceses del siglo XIX. En esa extensa obra, publicada en francés entre 1973 y 1992, reconstruye la misión que se asignaron los poetas en la nueva sociedad burguesa: comprender la realidad trascendente y transmitir a los hombres sus verdades y mandatos.

Fueron sucesores de los filósofos de la Ilustración, que en el siglo XVIII ejercieron ese mismo magisterio espiritual, guiando a los hombres por el camino de la razón y el progreso. Luego de las traumáticas experiencias de la Revolución, el Terror y el Imperio, su credibilidad se había agotado, y su lugar fue ocupado por los escritores. En los dos primeros volúmenes – La coronación del escritor (1750-1830) El tiempo de los profetas, aparecidos en español hace algunos años- Bénichou había explicado su emergencia, en el contexto de diversas creencias sociales: liberalismo, neocatolicismo, saintsimonismo y positivismo, nuevos dogmas que coincidían en un humanitarismo renovado.

La vanguardia de este movimiento fueron los poetas. Los optimistas de los gloriosos años de 1830 y 1840, y luego los “desencantados”, tras la traumática experiencia de 1848. Lamartine, Vigny y Hugo, las estrellas del primer grupo, compartieron, con matices, una trayectoria similar. Fueron legitimistas en los años 20, liberales en los 30 y, al final, adhirieron a la República de 1848, que Lamartine presidió efímeramente. Luego de la proclamación del Imperio, solo Hugo siguió en la trinchera. Desde el exilio fue el gran opositor de Napoleón III y en 1871 terminó como prócer de la III República, a la que encontró algo huérfana de ideales y de grandeza.

Los tres, como refleja Los magos románticos, conocieron las escuelas de su tiempo y compartieron su alto ideal humanitario, pero se negaron a convertirse en meros difusores de una doctrina establecida. Proclamando la soberanía del arte, reclamaron el derecho, liberal y romántico, de buscar su propio camino hacia lo trascendente. Cultivaron todos los géneros. Se hicieron conocidos por sus novelas y obras teatrales, pero prefirieron la poesía, un género que les permitía explorar lo sagrado mediante la palabra, libre de constricciones, buscando las verdades esenciales, que escapan a la razón y a los sentidos.

El don recibido -la capacidad de comprender lo trascendente- les imponía una misión: revelar esa verdad a los hombres y guiarlos por el camino correcto. Con su poesía intervinieron en el debate público y defendieron sus convicciones políticas con la misma intensidad que sus ideas sobre el hombre, la libertad, el progreso y ese Dios difuso pero omnipresente que nunca dejaron de buscar.

La sociedad burguesa francesa del siglo XIX los exaltó primero, y luego los ignoró. Los románticos que habían construido una fantástica ensoñación -detentar el poder espiritual de la sociedad- tornaron en feroces críticos del filisteísmo reinante y se refugiaron en sus torres de marfil.

Paul Bénichou (1908-2001) fue un académico atípico. Judío sefardí argelino, fue compañero de estudios de Albert Camus en Orán y de Maurice Merleau-Ponty en París. Emigró en 1942 y recaló en la Argentina, donde se vinculó con el filólogo Amado Alonso, enseñó en el Institut Français que dirigía Roger Caillois y fue amigo de Borges, a quien tradujo. En 1949 volvió a Francia y comenzó su largo y silencioso estudio de los poetas románticos, que prosiguió desde 1959 en la Universidad de Harvard y completó, ya jubilado, en 1992.

Muchas cosas cambiaron en el mundo de la crítica literaria entre 1949 y 1992. Bénichou conoció todas las teorías, de Saussure a Barthes, pero no se apartó de su camino, clásico pero fructífero: ubicar la obra de arte y su singularidad irreductible en el proceso histórico de la sociedad y la cultura. Junto con Los magos románticos se ha publicado también el tomo final, La escuela del desencanto, donde se aborda, entre otros, a Alfred de Musset y Gérard de Nerval. Más allá de las modas, Bénichou ha hecho un aporte perdurable, que hoy podemos leer en su integridad.

Publicado en La Nación

Etiquetas: Benichou, Humanitarismo, Lamartine, Poetas y profetas, Revolución de 1848, Romanticismo francés, Victior Hugo

Volver a artículos de periodismo

Últimos artïculos publicados

5 de mayo de 2019

Luis Alberto Romero: “los consensos básicos son una propuesta de coyuntura”

Las tensiones políticas en tiempos electorales son una tendencia global que, en la Argentina, generalmente se amplifican. Por eso hay voces que señalan que la búsqueda de consensos básicos responden...

Publicado en La Gaceta

5 de mayo de 2019

El poder, entre la insensatez y la fantasía

Leer libros de historia suele suscitar reflexiones sobre el presente y sus incógnitas. Cuanto mayores son éstas, más atentos estamos a esos signos que nos llegan del pasado, en los que creemos...

Publicado en Los Andes

5 de mayo de 2019

Yrigoyen, la revolución del sufragio y las masas

Dos razones justifican calificar la elección de 1916 como decisiva: fue la primera general realizada bajo la Ley Sáenz Peña de 1912 y determinó la llegada a la presidencia de una fuerza política...

Publicado en La Nación

Buscar artículos por temas

Luis Alberto Romero
© 2014