Luis Alberto Romero

artículo publicado

30 de abril de 2005

En torno de la verdad

Detrás de la historia oficial, ¿hay otra?, ¿la verdadera? Sobre este tema debaten los historiadores Miguel Angel De Marco y Luis Alberto Romero

Por Jorge Palomar

Miguel Angel De Marco: -En uno de sus estudios sobre las corrientes historiográficas argentinas, el respetado historiador A. J. Pérez Amuchástegui sostiene que la historia oficial surgida de la interpretación que hizo el liberalismo después de la batalla de Pavón (1861), acerca de un pasado todavía reciente, fue defendida a rajatabla por la Academia Nacional de la Historia. Es más, considera que la creación de la entidad, originariamente como Junta de Numismática Americana, tuvo ese excluyente objetivo. En realidad, cuando Bartolomé Mitre y otros coleccionistas se reunieron por primera vez, en 1893, se sentían animados por el propósito de dialogar sobre monedas y medallas, sin descartar obviamente la historia, y sólo tiempo más tarde señalaron expresamente el propósito de estudiarla. Eran hombres de una clara orientación política que, como en el caso de Mitre -fundador en el país de los estudios científicos en la disciplina- la proyectaban hacia un pasado muy próximo. La descalificación sin atenuantes de la obra de España, la exaltación del papel de Buenos Aires como conductora del proceso de la Revolución y la Independencia, la admiración hacia determinadas figuras, como Rivadavia, y el raigal rechazo hacia los caudillos provinciales y la dictadura de Rosas, están en la obra de la mayoría de los estudiosos de esa etapa, con las excepciones de Adolfo Saldías, Juan Agustín García y Ernesto Quesada, que buscaron otras explicaciones para la historia argentina. Desde hace varias décadas, la Academia integra investigadores de muy amplio espectro historiográfico, cuya producción dista de tener carácter de oficial, pues es absolutamente libre y personal.

Luis Alberto Romero: -Es muy común en cierto tipo de libros referidos al pasado argentino -no exactamente históricos- la afirmación de que van a revelar la verdad sobre el pasado. Una verdad que desmiente lo que llaman “la historia oficial”. Esta historia oficial habría sido inventada por un grupo reducido que combina la explotación del pueblo con el ocultamiento de la historia de esa explotación. Revelar la verdadera historia es, según estos escritores, no sólo un servicio a la verdad, sino una contribución al cese de esa explotación.

MADM: -La historia oficial signó durante muchos años los planes de estudio y prevaleció, por ende, en el imaginario colectivo. Hasta que apareció el revisionismo (no la necesaria revisión del pasado) para justificar mediante la exaltación de los regímenes autoritarios de aquí y de allá una visión encontrada que echaba por tierra bronces firmemente asentados para alzar otros. Los revisionistas se atribuyeron de inmediato el título de nacionalistas, fuesen de izquierda o de derecha.

-¿Le molesta el término revisionismo?

MADM: -Todo “ismo” tiene una connotación de combate; por eso tratamos de diferenciar revisión de revisionismo, que tiene una postura de combate. Es ahí donde le quita legitimidad: está tratando de interpretar los hechos conforme a una determinada posición ideológica. La historia es una permanente revisión; el historiador no se queda con formulas establecidas: busca la verdad y es lícito que lo haga.

LAR: -Es una variante de las versiones conspirativas. Por ejemplo, muchos han sostenido que la masonería conspiraba para dominar el mundo y que los principales dirigentes de la política eran agentes o títeres de esa conspiración. Algo similar se ha dicho de la gran conspiración judía: la sinarquía, decidida a destruir la civilización cristiana, a la que ataca con una columna comunista y otra formada por los grandes banqueros o la plutocracia. Es inverosímil, pero no son pocos los que aún hoy creen en ella.

MADM: -Entre los historiadores que han hecho de su disciplina una profesión que los obliga a interrogar constante y honradamente el pasado hay conciencia de la dignidad de la disciplina que cultivan, más allá de los métodos que utilicen y de las ideas que posean. Y sus aportes, por lo general serios y documentados, se convierten en campo propicio para el saqueo de los que no lo son. Si uno se atribuye la condición de abogado, médico, odontólogo, ingeniero, y no lo es, cae fulminado por las prescripciones del Código Penal, que protege a la sociedad contra la usurpación de títulos. Pero, desgraciadamente, el título de historiador lo usa cualquiera, impunemente, para escribir sobre lo que no sabe. Generalmente emplean un discurso que quiere ser, y muchas veces lo logra, atractivo mediante las fulminaciones de lo que denominan historia oficial, que para ellos y sus incautos lectores no responde a la antigua y perimida corriente. En realidad, no descubren nada y plagian sin cesar, aprovechando el anhelo del público de encontrar esas “verdades ocultas” que le abran los ojos sobre la auténtica historia argentina.

LAR: -Por otra parte, el periodismo de investigación ha acostumbrado a sus lectores a que existe una suerte de revés de la trama: un mundo secreto donde, en privado, se toman las grandes decisiones. En este caso, son los periodistas los que han de revelar la verdad. La TV y el cine han desarrollado ampliamente ese argumento, de modo que hay una masa de lectores preparados para aceptar que el relato histórico más verosímil es el que denuncia una conspiración fantástica. Ellos están predispuestos a admitir que hubo y hay una conjura para ocultar la verdadera historia y reemplazarla por una falsa, que es la oficial, la del poder. A ellos se dirige este tipo de escritores, dedicado a revelar la oculta verdad sobre el pasado. Entre nosotros, este tema fue ampliamente desarrollado por las corrientes de historiadores revisionistas, y actualmente por algo que llamaría neorrevisionismo de mercado.

-La historia es documentación e interpretación. ¿Se puede interpretar un hecho sin documentación?

LAR: -Bueno, usted se refiere a los hechos, y uno llega a los hechos por fuentes escritas o por otras muestras. Pero sí, interpretación y fundamentos empíricos van de la mano. Siempre hay un diálogo entre la interpretación que a uno le hace mirar intencionadamente para buscar qué hechos pueden respaldarla, y luego los hechos le van diciendo si la interpretación va bien o no. Es un ida y vuelta permanente. Los hechos solos no dicen nada; el hecho es interesante en la medida en que el historiador le pregunta algo, y para eso tiene que tener una explicación hipotética en la cabeza que luego va corrigiendo.

-La duda también es parte de su trabajo.

MADM: -La duda es positiva… Pero más que duda yo hablaría de interrogantes que uno se formula. Nosotros siempre estamos poniendo el dedo en la llaga, no para lastimar, sino para corroborar que tenemos los elementos necesarios para afirmar o negar. Estamos obligados a constatar.

-¿Desde cuándo existe la polémica entre la historia “oficial” y la “verdadera”?

LAR: -Es uno de los aportes del revisionismo.

MADM: -Claro, la sustitución de una historia oficial por otra que se dice verdadera, que rescata personajes que la historia oficial negaba o distorsionaba. Lo que pasa es que la historia oficial se vincula también con la enseñanza de una determinada corriente relacionada con la historia argentina, y eso se produce desde principios de siglo, sobre la base de textos que aparecían de una forma bastante impuesta.

LAR: -Esto cambia mucho a partir de 1930, cuando el Ejército empieza a dar una versión militar, broncínea. La historia oficial se endurece mucho y se hace muy vulnerable porque al ser tan dura se hace fácilmente criticable. Y con respecto a la llamada historia desde abajo, esa que va en contra de la historia oficial, el revisionismo me parece que es una corriente intelectual dentro de la elite en el origen. Baja a la calle después de 1955 y empalma con el peronismo, cuando la historia de un pueblo perseguido se asocia con el peronismo proscripto. Creo que la culminación de esta idea se da a fines de los 60 y comienzos de los 70.

-Si la historia la escriben los que ganan es porque hay otra historia…

LAR- Esa frase repite lo que dice Arturo Jauretche cuando habla de que toda historia es historia política. Resume esa especie de sentido común porque parece que hay un eterno ganador en la Argentina de 1810 para acá o, si se quiere, desde el siglo XVI, y otros, que son los que perdieron, que tienen otra versión. Lo que sabemos es que hay cien versiones distintas. Pero esa frase pega. Yo creo que esa frase no tiene como objetivo discutir teorías de la historia, sino darle al lector eso de “yo voy a contarles la verdadera historia”. Es un recurso dialéctico, casi político, diría.

MADM: -Esto parece una cosa monolítica. Como si el vencedor hubiese sido siempre el mismo y el vencido también. Y en una historia como la argentina ha habido muchos vencedores y vencidos alternativamente. Siempre se ha producido este fenómeno.

LAR: -Es muy propio del romanticismo esto de que hay una elite de vencedores y un pueblo vencido. En Inglaterra, desde el siglo XIX, cuentan la historia en términos de sajones y normandos. Esto no es un invento argentino. Es una manera de ver el mundo. Es como Dios y el demonio. Hay un solo Dios, pero muchas manifestaciones, y hay un solo demonio, pero muchas manifestaciones, y en el fondo siempre es Dios luchando contra el demonio. ¿Quién cuenta la historia verdadera? Un grupo de historiadores que se presenta a sí mismo como impugnador de los autores de la historia oficial. Contra la academia están los intérpretes del pueblo. Originariamente se trató de un grupo de historiadores tan respetable como sus colegas, que eligió presentarse como no académico, cuando sus diferencias eran en realidad mínimas: tenían la misma formación y practicaban la misma manera de hacer historia, aunque solían apelar a valoraciones distintas. Hoy, los voceros de la otra historia suelen ser escritores sin formación profesional, duchos en la técnica periodística y en el manejo de los medios, que apelan a recetas de los antiguos revisionistas, presentados de manera mucho más efectista. Los historiadores profesionales no creen que haya una contraposición entre una historia oficial y una verdadera. Más bien creemos que hay muchas reconstrucciones de la historia. Son las que estudia la mayoría de los historiadores profesionales cuando se preguntan e investigan sobre cuestiones que no se reducen al esquema simplista de pueblo-antipueblo, patria-antipatria.

MADM: -Lo más grave para nosotros es el de la enseñanza de la historia, que está subsumida, al menos en buena parte del país, en el llamado polimodal. Hay un menoscabo de la enseñanza de la historia, hay un menoscabo social de la historia… Y una cierta contradicción. Creo que ha aumentado la lectura de la historia; hay más gente que se interesa, pero, por otra parte, existe una especie de desmedro de la profesión de historiador. Hace poco, en la universidad donde doy cátedra, una alumna me dijo: “En mi casa me dicen que mi cabeza da más que para estudiar historia”. Incluso se lo dijeron sus asesores pedagógicos. La decadencia en la enseñanza de la historia, en gran parte por los cambios registrados hace unos años en el sistema educativo argentino, cuyo fracaso está a la vista, generó un dramático desinterés por ese pasado que nos pertenece integralmente y que puede ser contemplado desde múltiples enfoques.

-Que un historiador tenga una interpretación distinta de la de otro no quiere decir que haya deshonestidad.

LAR: -Por supuesto que no. La forma normal de funcionar este gremio es que nos estamos corrigiendo permanentemente unos a otros. Es como subir una montaña: vamos mirando el paisaje desde perspectivas diferentes, pero eso no quiere decir que la primera mirada sea falsa. Se van enriqueciendo las miradas. Así funciona. Y también criticándonos. Esto es fundamental. Los historiadores tenemos un sistema para controlarnos recíprocamente. Se acepta que se pueden decir varias cosas sobre un punto, pero no cualquier cosa. Ahí es donde discrepamos de Jauretche, por ejemplo. El dice que hay una verdad política: si esto es útil para el pueblo, está bien, aunque sea un disparate. Nosotros decimos: no hay una verdad, hay muchos matices, pero hay un marco. El marco que hoy nos parece claro mañana será un poco distinto, pero hoy nos ponemos de acuerdo en que éstos son los límites de lo que se puede decir. Por eso la gente que escribe sobre el pasado fuera del gremio de los historiadores no tiene control. Puede decir cualquier cosa.

Publicado en La Nación Revista

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