Luis Alberto Romero

artículo publicado

7 de noviembre de 2004

Entre las leyes y los caudillos

Mientras los países avanzados dejan atrás los personalismos, la Argentina permanece en una encrucijada: marchar hacia el fortalecimiento de sus instituciones o mantener férreas jefaturas personales. Sobre esto debaten, en la sexta entrega de la serie, Miguel Angel De Marco y Luis Alberto Romero

Por Jorge Palomar

Es una desgracia para la Argentina el culto a la persona, al caudillo?

Miguel Angel De Marco: -No sé si una desgracia, pero sí representa un atraso. El culto a la persona ha sido un factor gravitante en la historia argentina; un modo un tanto infantil de descargar en uno solo las responsabilidades de la sociedad en el ejercicio pleno de las instituciones. Aún hoy se escucha la afirmación simplista, además de totalitaria: aquí se necesita una mano dura. Alguien, en suma, que por una especie de milagro de omnipresencia y omnisapiencia estaría en condiciones de remediar todos los males. No podemos seguir pensando en un tutor que nos guíe. Debemos dejar el andador de lado.

-¿La sociedad lo busca?

-En este sentido, nuestra sociedad está un poco fuera de moda. Si nos fijamos en lo que ocurre en el resto del mundo, nos daremos cuenta de que en las principales democracias del mundo el personalismo ha quedado de lado. Ya no existe esa figura que lo domina todo.

-¿Cambiaremos?

-Es mi anhelo. Pero hay etapas en la historia de un país que, aunque no justifican los personalismos, sí los explican.

Luis Alberto Romero: -Me referiré al personalismo, en contraste con el gobierno institucional o republicano. Son tipos puros, pues en cada situación real hay una combinación de ambos. HayÛ dos situaciones completamente diferentes, antes y después de que se produzca la construcción institucional del Estado, con el monopolio estatal del uso de la fuerza que ello implica. Digamos, antes y después de 1880.

La versión más clásica de la historia la ha narrado en términos de constructores del orden versus anárquicos. Tal el sentido más clásico de la palabra “caudillos”.

Pero entre 1810 y 1880 hubo 70 años de guerras civiles, en las que todo contendiente contaba con una base militar de poder. En ese contexto, resulta que los supuestos ordenadores institucionales solieron ser bastante violentos y facciosos, y los “anárquicos”, a su vez, tuvieron preocupaciones por el comienzo de la construcción del orden. Quien más, quien menos, todo gobernador provincial sostuvo una legislatura y procuró una convalidación legal de sus actos. Rosas respetó escrupulosamente sus formas, así como la práctica del voto, que era la base de su legitimidad.

Si se lo mira desde algún “deber ser”, quizá sea poco. Pero eso pasa con cualquier situación humana, siempre perfectible. Si, en cambio, miramos cómo se va llenando el vaso, se descubre que antes de 1853 ya había una parte llena.

Eso pensó Alberdi, el gran constructor de las instituciones republicanas, cuando en 1847 le propuso a Rosas que, puesto que ya había establecido el orden, se ocupara de institucionalizarlo. Luego repitió la propuesta a Urquiza, con más éxito. Desde entonces y hasta 1880, se fue resolviendo la cuestión del monopolio de la fuerza, condición sine qua non para un orden institucional. En esa tarea (que se completa con el sometimiento de Buenos Aires, en 1880), fue decisiva la acción de dirigentes fuertemente personalistas, como Urquiza, Mitre y Sarmiento, preocupados por utilizar su poder para construir instituciones. Otra vez, el proceso fue ambiguo (como ocurre siempre con las cosas humanas), pues la construcción de instituciones se hizo combinando métodos nuevos y otros muy tradicionales.

MADM: -Juan Manuel de Rosas no sólo concentró el poder en la provincia que gobernaba, Buenos Aires, sino que lo proyectó sin pausa hacia el resto del territorio argentino. Para sus partidarios, era la personificación del orden; para sus adversarios, un tirano. Pero no cabe duda de que al producirse lo que ha dado en denominarse “el cansancio del régimen”, coincidente con el cumplimiento de largos años de férreo ejercicio del poder, cayó con él en la Batalla de Caseros todo el sistema que había elaborado. Urquiza, caudillo de fuerte presencia y con una impresionante red de solidaridades en todo el país, supo dominar, al menos en parte, esa postura para ceñirse a la Constitución que promovió y rechazar fervientemente propuestas que, como la de su reelección, ponían en peligro las instituciones por las que había jurado.

Es muy cierto que la fuerte personalidad de los presidentes Mitre, Sarmiento y Avellaneda, cada uno según su propio estilo, contribuyó a ir encauzando la Argentina moderna. El primero fue un jefe de partido, pero no un caudillo; tendió a buscar las soluciones en el marco de las instituciones republicanas y democráticas, mas no impuso su voluntad omnímoda. Fue realista y gradualista. Cuando se le reclamó dureza y venganza, les advirtió a los “halcones” de su tiempo: “Debemos tomar a la República Argentina tal cual la han hecho Dios y los hombres, hasta que los hombres, con la ayuda de Dios, la vayan mejorando”.

Sarmiento ejerció el mando imprimiendo a rajatabla su estilo, su condición de “Don Yo”, como se definió a sí mismo. “El hombre de autoridad”, lo denominó Manuel Gálvez en su conocida biografía. Avellaneda fue tenaz y firme. Derrotó el levantamiento del 80 y permitió que otro hombre no menos tenaz y realista ejecutara el proyecto de una generación con el lema Paz y administración. Salvo Mitre, durante un tiempo “ídolo del pueblo de Buenos Aires”, no fueron populares. Y los ciudadanos no se veían representados en ellos. Sí, por ejemplo, en el corajudo yÛ grandilocuente Adolfo Alsina; y después, en el barbado Leandro Alem. En sus figuras depositaron esa idea mágica de la persona que podía corregir por sí misma cuanto había que corregir.

LAR: -Lo contrario de los personalismos son las instituciones: la república y las instituciones republicanas. Entonces, mucho personalismo significa poco funcionamiento de las instituciones. En este sentido, me parece que en vez de interrogarnos por qué hay personajes importantes, una buena pregunta es por qué nos da tanto trabajo construir instituciones que funcionen como corresponde.

-¿Nos cuesta construir la democracia?

-Democracia y república, para ser más precisos. Porque la democracia puede ser muy personalista, y la república puede ser no democrática. Ahora, aceptar las instituciones, las reglas y todo lo que eso significa, no es algo natural; es algo que da un gran trabajo construir. Diría que hay casi un proceso civilizatorio que exige gran sacrificio. Pasa, por ejemplo, como con los buenos modales: no nacen naturalmente, sino que se van construyendo.

-¿Qué momentos de nuestra historia no se destacaron por el culto a la persona?

MADM: -La sucesión de gobiernos de fines del siglo XIX y principios del XX, que empezaban y terminaban sus mandatos según las normas constitucionales, con un cierto bajo perfil que les permitía cumplir sus objetivos, propios de la etapa oligárquica, no se caracterizó por su personalismo, excepto el intento de Juárez Celman, que terminó mal. En general, los presidentes eran eficaces pilotos del barco de la República.

LAR: -En 1880 se estableció el orden republicano, en un contexto de participación política limitada. Gobernaron elites políticas, aunque, en rigor, excluyeron poco, pues las demandas de participación eran por entonces bajas. Durante ese período (1880-1916), el personalismo se redujo mucho en el gobierno de la Nación. Hubo figuras fuertes o dominantes, pero su acción consistía en articular y no en imponer. Las reglas funcionaban. Yo diría que la república llamada oligárquica de 1880 -y digo llamada porque no me gusta ese término- no fue una república personalista. Una de las características de aquel período fue la rotación. Por ejemplo, la no reelección.

-¿Y a la inversa?

MADM: -Con la instauración democrática, como consecuencia de la ley Sáenz Peña, el acceso del radicalismo al poder en la enigmática figura de Hipólito Yrigoyen marcó uno de los picos personalistas más notables del siglo XX. “El hombre” ejerció el mando con sostenido apoyo popular. Era la encarnación misteriosa de ese personaje mítico que querían muchos argentinos. Pero ya se sabe que en el seno del radicalismo surgió una vigorosa reacción a través de una corriente cuyo nombre lo decía todo: “antipersonalista”.

El otro pico personalista del siglo XX fue el advenimiento de Juan Domingo Perón. Influido por las ideologías que habían sojuzgado a varios países de Europa, pero que declinaban al producirse su elección, dio a su partido una organización jerárquica, con denominaciones militares, en cuya cúspide estaba “el conductor”. Su voluntad prevalecía sobre las instituciones porque se sentía legitimado por el voto popular. Tanto en Yrigoyen como en Perón se conjugaron el estilo personalista y la impronta carismática.

LAR: -La ampliación electoral y la entrada en la era de la política de masas significó un problema para las instituciones republicanas. Nótese que no es un caso excepcional: en todo el mundo, en la época de las guerras mundiales, hubo una fuerte tensión entre la tradición liberal republicana y la tradición democrática. El “parlamentarismo” fue ampliamente cuestionado.

En la Argentina, las dos grandes experiencias democráticas, el radicalismo yrigoyenista Û y el peronismo, fueron mucho más democrático-plebiscitarias que republicanas. Las instituciones republicanas crujieron por todas partes ante el ejercicio de lo que Max Weber había bautizado como liderazgo carismático de masas. El poder de ambos presidentes se potenció por el ejercicio, en los mismos términos, de la jefatura de un “movimiento”, que además aspiraba a encarnar al pueblo todo, a la nación toda. ¿Cómo pretender someter ese poder, doblemente legitimado, a las reglas republicanas? Con Perón, particularmente, se desarrolló la idea de que la democracia “real” era mucho más importante que la meramente “formal”. Esto significa, entre otras cosas, que la voluntad personal del líder está por encima de las instituciones.

-¿Qué responsabilidad les cabe a los medios periodísticos cuando ensalzan la figura de un político y lo llaman caudillo?

MADM: -Eso es interesante. El periodismo, en general, es muy mal hablado, en el sentido de que utiliza expresiones que generalmente no concuerdan con la realidad. Mire, si hay un personaje que yo no lo considero para nada un caudillo es Carlos Menem. Menem era sólo la cabeza de una fuerza política.

LAR: -Ahí yo veo dos estilos: uno, el gobierno personal que pasa por sobre las instituciones. Esto le cabe a Menem. El otro estilo es el clásico, el de caudillo, esto de que hay un líder que de alguna manera capta parte del imaginario colectivo, que proyecta en él algo que tiene y éste lo potencia, como Yrigoyen y Perón. Menem no responde a ese estilo.

MADM: -Carlos Menem ejerció el poder con una concepción mesiánica que en su forma externa tenía algo de fastuosidad monárquica, con séquito incluido. En él, la figura del “presidente fuerte” que había concebido Alberdi se hizo casi discrecional. Los decretos de necesidad y urgencia instauraron un peligroso precedente, a la vez que un avance sobre los demás poderes del Estado.

LAR: -Desde 1983, la sociedad argentina ha aceptado como un valor la combinación de la democracia y la institucionalidad republicana, así como un valor tan esencialmente liberal como el carácter absoluto de los derechos humanos. Es una situación nueva en el siglo XX: no sería aceptable hoy, en el plano de los principios, la distinción entre la democracia “real” y la “formal”. La práctica es un poco distinta. Todavía no sabemos cuál ha de ser el rumbo final. Si bien la República es un valor, el Estado, que ha de ser gobernado republicanamente, está en situación lamentable. Licuado, para usar un calificativo hoy muy común. Razones de urgencia, crisis que requieren decisiones rápidas, han justificado un avance del decisionismo presidencial, manifiesto en los decretos de necesidad y urgencia. Un dato notable es que el número de tales decretos viene creciendo sostenidamente, independientemente de la identidad política de los gobernantes. El presidencialismo es muy fuerte hoy. Por otra parte, los partidos están lejos de cumplir con los requisitos de un funcionamiento institucional. No funcionan sin jefes. La cuestión de la jefatura del PJ afecta todo el funcionamiento institucional. Creo que estamos en una encrucijada: o marchamos hacia el fortalecimiento institucional o hacia las jefaturas personales desembozadas.

-¿Qué rumbo está tomando Kirchner?

MADM: -La acentuada vocación personalista del actual primer mandatario provoca en no pocos de sus conciudadanos la sensación de que actúa por impulso y capricho, sin demasiada consideración hacia el libre juego de las instituciones, como un jefe que imparte órdenes: por ejemplo, a sus partidarios en el Congreso. Esto es grave, pues la Argentina necesita, si quiere ser un país confiable y respetado, vivir en (y dar imagen de) auténtico republicanismo. Por lo demás, no creo que la gente esté haciendo un culto de Kirchner.

Publicado en La Nación Revista

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