Luis Alberto Romero

artículo publicado

5 de septiembre de 2019

Entrevista a Luis Alberto Romero: “La batalla cultural es decisiva”

Historiador y docente universitario, dicta cursos de posgrado en la Universidad Torcuato Di Tella y en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales. Dirige la colección “Historia y Cultura” de Siglo XXI Editores, es socio del Club Político Argentino y escribe columnas de opinión en La NaciónClarín y otros medios. Ha sido Investigador Principal del CONICET hasta 2014 y fundó el Centro de Estudios de Historia Política, en la Escuela de Política y Gobierno de la Universidad Nacional de San Martín, que dirigió hasta 2011.

¿Puede decirse que en la mirada de los historiadores hay una especie de escepticismo natural? Pensamos en su experiencia personal y también en la de su padre, José Luis Romero.

Es un escepticismo consolador… Mi padre siempre decía que él era un optimista del largo plazo. Mi abuelo había muerto cuando él era niño así que se formó con su hermano Francisco Romero, que era 18 años mayor, quien le hizo leer filosofía, historia, literatura. Luego tuvo una vida bastante complicada por los giros de la política. Durante los diez años del primer peronismo no tenía trabajo y faltaba plata en casa, hasta que consiguió un puesto en Montevideo y pasamos de la miseria y a la bonanza durante cuatro años. Pero el Gobierno de Perón decidió que para viajar a Montevideo era necesario un pasaporte que entregaba personalmente el Ministro del Interior, lo cual significaba una foto con el propio Ángel Borlenghi. No pudo seguir viajando y volvimos a vivir una situación muy difícil en Buenos Aires. A fines de 1965, siendo decano y profesor con dedicación exclusiva, se cansó del ambiente universitario y decidió jubilarse justo antes del golpe de Onganía en 1966, y evitó lo que pudo haber sido quedarse sin trabajo a esa edad.

¿En qué momento decidió seguir sus pasos?

No sé en qué momento, pero recuerdo que cuando estaba terminando el secundario mi padre me dijo: “Si te vas a anotar en la Facultad, la inscripción es la semana que viene”. Empecé el curso de ingreso y me di cuenta de que me gustaba la historia. Hasta ese momento dialogábamos bastante; me crié muy pegado a él. Lo que no me gustaba era la materia de lectura e interpretación de textos, con la profesora Ester de Izaguirre, literata católica, que nos dio como primer texto el Libro de Job. Mi padre me dio la Biblia en la edición protestante, pero todos mis compañeros tenían la versión de Nacar Colunga, con las citas. Yo no podía entender dos palabras seguidas del texto sin comentarios y mucho menos lo que decía la profesora. Ahí dudé si sería capaz de seguir con la carrera, pero lo hice.    

¿Qué proyectos tiene?

En los últimos años he escrito muchos artículos de opinión en los medios a partir de la historia argentina contemporánea y ahora quiero dedicarme a un proyecto de mucha envergadura, un sitio web con las obras completas de mi padre, con una especie de edición de cada texto, estandarizando algunos elementos y rodeándolos de comentarios críticos.

Fueron difíciles los años del peronismo y el antiperonismo en sus inicios, también la época del ‘70… ¿Es comparable a lo que hoy llamamos “la grieta”?

Lo que más me asombra son las personas con las que uno se sentía afín o al menos partía de parámetros comunes a la hora de dialogar, y que de repente se nos descubren desde un punto de vista extremo, casi como extraños. Creo que se debe a algunos elementos ideológicos y también por adecuarse al clima general.

¿Eso explicaría en parte el reciente resultado de las PASO?

Creo que no, porque si bien estamos hablando de un sector de la sociedad con cierta influencia, el kirchnerismo no pesa en el número general. Sin embargo, siempre que el peronismo votó junto, obtuvo el porcentaje que vimos en las últimas PASO. Los referentes dentro del PJ que no eran kirchneristas aguantaron mientras pudieron, pero una vez que la ola se inclina, hacia allí van. No me interesa especialmente el antiperonismo, pero la pregunta que cabría hacerse es ¿por qué una persona se hace peronista?

¿Cuál sería la respuesta?

Creo que hay una cuestión de carácter, de personalidad. Si a uno le importa mucho lo ético, no se vuelve peronista; si tiene una idea más lábil, podría serlo. Quien es capaz de decir lo contrario a lo afirmado diez minutos antes, lógicamente admite esa identificación. Un ejemplo es Sergio Massa: tiene el perfil para vivir dentro del peronismo, inclusive es un poco más exagerado que otros pero no tanto. El caso de Alberto Fernández casi podría considerarse gracioso, y resultó en un recorrido extraordinario. 

Tampoco los partidos políticos parecen esperar algún tipo de fidelidad del electorado.

Son términos que caducaron excepto con el peronismo, aunque no deberíamos hablar de fidelidad sino de un conglomerado que a veces toma forma política y otras no. Tampoco tuvimos una larga tradición de partidos, pero los que conocimos desde 1983 murieron con la crisis del 2001, en el “que se vayan todos”, en una especie de ruptura de vínculos. Inclusive al peronismo le costó mucho reconstruirse; la prueba está en que en 2013 se presentó con tres candidatos. Lo llamativo es que nuevamente se haya armado una fórmula en torno al peronismo y lo diferente quedara pulverizado.

¿No tiene sentido pensar en recuperar los partidos?

No vislumbro que haya muchas posibilidades de formar algo sólido en una instancia nacional. Diferente es lo que sucede a nivel de las provincias, como los socialistas de Santa Fe. No sé si tiene que ver con la época, o la cultura, pero lo que está a la vista son personalidades fuertes que son capaces de armar un movimiento.

¿Cree que las opiniones del papa Francisco tienen peso en la política argentina?

No mucho, pero tampoco creo que resten votos. Quizás estimula a operadores políticos más de base, como los sacerdotes de las villas. Desde el primer día al Gobierno de Macri lo catalogaron de neoliberal y de “vos sos la dictadura” y eso quedó tan presente que finalmente la gente se convenció de que era cierto; y para eso no necesitaron al Papa, ¿no? Tiene que ver con la cultura política argentina y la manera en que se ha instalado el sentido común. Si alguien dice la palabra “neoliberal”, inmediatamente se lo asocia a Videla y a Martínez de Hoz.

¿Es posible superar esta perspectiva, especialmente entre los jóvenes?

Lo que se conoce como la “batalla cultural” es decisivo y está claro que Cambiemos no quiso meterse en ese terreno. Gran parte de la compactación en su contra tiene que ver con el amplio predominio de ideas de lo nacional-popular setentistas y derechistas humanistas, que hacen un compacto, una piedra, con cosas diferentes. Si bien no es cuestión que dependa únicamente del Estado, lo cierto es que éste cuenta con herramientas, y el kirchnerismo las utilizó en toda su magnitud. El canal público es manejado por el sindicato kirchnerista; los enlatados los realiza directamente ese grupo y nadie más puede participar. Otro ejemplo es la Biblioteca Virtual Bonaerense, que anunció que pondría al alcance de todo el mundo mil títulos. Lo llamativo es que encabeza la lista Los mitos de la historia argentina, de Felipe Pigna, un personaje clave en ese paradigma cultural con el que se supone que no coincide María Eugenia Vidal. Pigna se ha convertido en un referente con los materiales que pone a disposición en un portal que se llama El Historiador, que están a la altura del desarrollo cultural e intelectual del promedio docente.

¿Cómo percibe la transformación en materia educativa en las últimas décadas?

En la época de Menem se hizo una reforma educativa bastante bien inspirada en España y el Banco Mundial, y se convocaron a especialistas, yo entre ellos, para reorganizar los programas. Se dio impulso a las capacitaciones y las editoriales renovaron sus libros de texto. Respecto de la asignatura Historia, propusimos una manera más compleja que la tradicional o la revisionista de presentar los temas, que eran lineales hasta ese momento, por ejemplo, dejando la idea de héroes en un segundo plano para dar más relevancia a los sectores sociales. El problema fue que estaba más allá del alcance de gran parte de los docentes, sobre todo al momento de incorporarlo en el aula. En cuanto pudieron zafaron; el kirchnerismo les ofreció una versión mucho más sencilla y que les sonaba familiar, con ideas del nacionalismo, del revisionismo, del setentismo, y ganaron de manera masiva la adhesión de los docentes. Los libros de texto se alinearon. Desde esta perspectiva Roca fue un genocida, y así sucesivamente. En definitiva durante doce años los kirchneristas trabajaron bien sobre el sentido común histórico de los argentinos, una fórmula de Gramsci que tiene que ver con lo que uno piensa cuando no sabe que está pensando. Rosas-Yrigoyen-Perón le sale a cualquiera, y mucho más si se lo cuenta así un libro de texto, como confirmación.

¿Qué podría haber hecho el Gobierno de Macri?

Quizás no mucho, pero algo podría haber intentado. Se necesita mucha voluntad política para emprender un camino larguísimo y muy difícil. Pero alguien podría dar el primer paso y este Gobierno no lo dio. 

¿Juega en contra también la proliferación de institutos de formación docente?

El problema de la dispersión es grande y la formación es de mala calidad. Existe el Instituto Nacional de Formación Docente para controlar y evaluar a los institutos, y pide títulos universitarios a los docentes formadores, así que en lo formal se hizo lo posible en esos casos. De todas maneras hoy las universidades nacionales no son garantía de recibir contenidos diferentes.

También se ha complejizado la relación entre docentes y padres.

Muchos padres presionan a la escuela y le arrebatan lo poco de dignidad que le queda. Exigen que al hijo le cambien la nota, pero no les preocupa tanto la formación. En lo que se refiere a la conducción, el papel del director es absolutamente decisivo; en las escuelas públicas están desautorizados, no tiene dónde pararse para enfrentar a un padre. Dado que en las privadas en última instancia se responde a un dueño, la situación es muy distinta y al menos la asistencia docente está garantizada, por eso ha crecido tanto la matrícula. La escuela de Sarmiento ya no existe y no tiene que ver con el peronismo
sino con 1983, con la salida de la dictadura, que se reflejó en un festival de derechos, de denuncias de autoritarismo, y en ese camino la autoridad en sí se diluyó. 

¿Es este el humus en el que pueden construirse relatos que aparecen con más fuerza que los hechos? Por ejemplo, el caso Santiago Maldonado, cuando se insiste en hablar de una desaparición.

Lo mismo sucede con la cifra de los 30 mil desaparecidos. Los que creen en el relato no lo diferencian de los hechos o la versión científica; para ellos esa es la historia. No hay historia neutra, siempre interviene una manera de ver las cosas a la hora de organizar los hechos, pero a la vez está la profesión, que pone controles y límites a lo que cada uno dice. Por ejemplo, a Mitre lo controlaba mucho Vicente Fidel López, y a nosotros nos controlan las revistas o un congreso académico, que pueden decirnos que una determinada afirmación excede los márgenes de la interpretación. Pero estamos ante una cuestión de grado, y no sé hasta qué punto es cultura local o más general. En el caso de la historia, se completa con materiales que vienen elaborándose desde los años ’20 y ‘30, una reacción antiliberal que arranca con el nacionalismo, luego con el revisionismo histórico, el nacional-catolicismo…
Después hay una reformulación en términos populistas con el peronismo, otra reformulación del ’55 en adelante con muchos contenidos de la izquierda y el antimperialismo que conforman el setentismo; y esto es lo que floreció en la época de los Kirchner. Hubo un empalme tan crucial como nefasto: la gente que se formó en el movimiento de derechos humanos le fue dando una interpretación sectaria y vengativa en la cual todo el problema era condenar a los responsables y no salvar el tema de los derechos humanos como algo que cubre a todo el mundo, que es la idea más liberal reflejada en el artículo 14 de la Constitución.

¿Cuándo empieza este proceso?

Es algo en lo que pienso bastante. Un ejemplo: El secretario de Derechos Humanos Eduardo Duhalde, integraba Montoneros; su subsecretario, Rodolfo Mattarollo, el ERP. Ambos se fueron del país en 1976, estuvieron algunos años en Europa y volvieron cambiados, siendo activistas enérgicos de los derechos humanos, y como tales se incorporaron a ciertos organismos. En el gobierno de Alfonsín un sector amplio, en el que estaba Hebe de Bonafini, no quiso participar de la Conadep y empezó a hostigar al Gobierno diciendo que estaba protegiendo a los culpables; se fue apartando del acuerdo de la democracia y poniéndose en la vereda de enfrente. Como movimiento de los derechos humanos obtuvieron el poder del escrache y después el de condenar a muchos a perpetuidad, y la consecuencia es lo que sucede hoy con los ancianos a los que se les niega la prisión domiciliaria. Es bastante terrible cómo se maneja la Justicia en este tema. Bonafini se ha convertido en un símbolo pero no sé exactamente de qué, puede decir cualquier barbaridad y sigue sin perder su pureza del pañuelo blanco, hasta llegar a proteger a César Milani. Yo creo que un subteniente no tenía gran responsabilidad en ese momento, pero a todos los que estuvieron en un determinado lugar los condenaron y Milani, de quien se sabe un poco más respecto de su participación, quedó absuelto. Es la muestra de la impunidad. Pero más importante es que la militancia de los derechos humanos empalmara con el setentismo; todo joven con ideales encuentra algún costado para entrar en este paquete, con un efecto estimulante.

 ¿El debate en torno a la despenalización del aborto es otra puerta de entrada?

No obedece a la lógica anterior en tanto hay personas que uno pensaría que se ubican en un lugar pero están en otro. También es cierto que se trata de un terreno por definirse y tendrá mucho que ver quiénes lo llevarán hacia un lado u otro. El que abrió el tema fue Macri, pero si alguien se lo dice a un joven militante K, no querrá aceptarlo. Cristina Kirchner siempre estuvo en contra e impidió la apertura del debate. Este ejemplo demuestra que la realidad nunca es sencilla. Diría que es uno de los mejores debates que hay en la Argentina porque se están esclareciendo las posiciones; todavía muchos se están informando al respecto y pueden formarse una opinión más reflexiva. Ojalá hubiera más debates con esta apertura, en las que unos y otros se escucharan.

¿Cómo percibe el debate político general?

Lamentablemente suele empezar lanzando piedras a la vereda de enfrente. Hay un núcleo cultural ideológico duro y omnipresente, verdaderamente un pensamiento hegemónico, como diría Natalio Botana. Y los que no estamos ahí somos marginales.

¿Cómo ve el rol de la universidad, la investigación y la participación del sector privado en el desarrollo y la innovación?

Creo que la investigación es algo que funciona relativamente bien en la Argentina. El CONICET es una buena institución a pesar de que se la haya estropeado bastante cuando en los últimos años del gobierno kirchnerista decidieron hacer populismo con los ingresos, con una excesiva generosidad en las becas, y ese esquema se tornó insostenible. Mucha gente creyó que no se trataba de una beca de cuatro años sino el ingreso a la administración pública. De todas maneras se respeta bastante la calidad académica y las promociones, aunque para mi gusto es demasiado burocrático en las evaluaciones. El resultado es que muy buenos investigadores pueden convivir con otros mediocres en el mismo CONICET.

¿Hay una resistencia ideológica de los investigadores a la inversión privada en el desarrollo y la innovación?

No estoy seguro de que sea así. Una estrella de la biología, el doctor Gabriel Rabinovich, es absolutamente kirchnerista y, a la vez, recibe subsidios internacionales. Evidentemente no le parece incompatible la financiación desde países neoliberales. En la Argentina la mayoría de las empresas, con excepción de algunos rubros como los laboratorios, no ven ventajas en realizar grandes inversiones tecnológicas de largo aliento de maduración. En el sector tradicional de la industria, que más bien ha vivido de la protección del Estado, no encuentran atractivo invertir en una producción que se caracterice por la innovación o el riesgo. Donde funciona es en el mundo agrario y allí la relación es muy fluida; el INTA y los grandes laboratorios, que son criticados, cumplen un papel muy importante en la investigación. Definitivamente la organización productiva es uno de los bloqueos que tiene la Argentina, con grandes potencialidades pero con un Estado demasiado caro, y a los únicos que les puede cobrar es a los que producen, por lo tanto es una especie de lápida para la innovación.

Paralelamente algunos sectores critican a los investigadores de humanidades y se los acusa de que sus investigaciones no están encauzadas.

Es una fantasía tecnocrática nefasta pero que de todas maneras nunca funcionó. Los buenos científicos se guían por su olfato, por el interés genuino. Muchas veces se disfraza lo que realmente se está investigando para disimular el recorrido. En una época formé parte de un instituto que trataba de recibir dinero de fundaciones. Recuerdo que teníamos un trabajo con mi colega Leandro Gutiérrez sobre la cultura de los sectores populares. Había una fundación que se interesaba en cuestiones de comunicación y vestimos nuestra investigación con las teorías de comunicación y pudimos seguir haciendo lo que queríamos. En historia es bastante libre el trabajo, pero en las ciencias sociales se espera más resultados o es revelador de las modas, por ejemplo, los estudios de género que están expandidos con sesgos ideológicos muy marcados, pero no es un ejemplo del conjunto.

Publicado en Revista Criterio

Etiquetas:

Volver a artículos de periodismo

Últimos artïculos publicados

5 de septiembre de 2019

Entrevista a Luis Alberto Romero: “La batalla cultural es decisiva”

Historiador y docente universitario, dicta cursos de posgrado en la Universidad Torcuato Di Tella y en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales. Dirige la colección “Historia y Cultura”...

Publicado en Revista Criterio

12 de octubre de 2019

1973: dos elecciones en medio de la conflictividad social y política

En 1973 hubo dos elecciones presidenciales, en marzo y setiembre, que consagraron respectivamente a Héctor J. Cámpora y Juan Domingo Perón. Fueron episodios de un conflicto social y político mucho...

Publicado en La Nación

14 de septiembre de 2019

Los años 60, tiempo de elecciones bajo presión

Entre 1957 y 1966 hubo dos elecciones presidenciales, una de constituyentes y varias parlamentarias. Todas tuvieron un denominador común: la proscripción del peronismo. Esto condenó sus resultados...

Publicado en La Nación

Buscar artículos por temas

Luis Alberto Romero
© 2014