Luis Alberto Romero

artículo publicado

29 de septiembre 2013

“Es difícil que el reemplazante de Cristina renuncie a usar el aparato político del kirchnerismo”

Dos de los mayores intelectuales de nuestro país nos proponen reflexionar sobre los avatares institucionales que hemos vivido los argentinos y acerca del gran fenómeno político de las últimas siete décadas. Luis Alberto Romero analiza la crisis de representación y las paradojas del kirchnerismo; Juan José Sebreli habla sobre los mitos argentinos y la relación del peronismo con el populismo y el fascismo. En este número también analizamos distintos libros recientemente editados que abordan el peronismo en sus distintas etapas históricas. Silvia Mercado y Carlos Piñeiro se concentran en su construcción y en el primer gobierno, mientras Nelson Castro se ocupa de los últimos días de su máximo líder. Ricardo Forster, por su parte, aborda la última variante del movimiento configurada por los Kirchner. Su porvenir se prefigura en las flamantes biografías de Sergio Massa y Daniel Scioli, los rivales que quieren llegar a la presidencia y que aspiran a diseñar una nueva versión del partido.

En La larga crisis argentina, su último libro, Luis Alberto Romero aborda con extrema agudeza la conformación de la Argentina actual en la larga historia del siglo XX -atravesada por golpes institucionales, crisis económicas y estallidos sociales. Este trabajo de interpretación histórica ayuda a comprender cómo surgieron y se desarrollaron las crisis recurrentes que aún hoy afectan la vida social y política del país, y que impiden la construcción colectiva de un país normal. Con gran capacidad de síntesis, recorre 100 años de historia argentina que nos permiten comprender -aunque sea un poco mejor- un presente complejo.

– ¿Qué pasó con ese Estado vital y potente de principios del siglo XX, con activa participación en la resolución de los distintos aspectos de la vida social y económica de la Argentina?

– Hasta mediados de la década del 70 todavía existía un Estado con capacidad de establecer políticas públicas y sobre todo de controlar a los distintos actores. Aunque también era un Estado colonizado por diferentes intereses sectoriales; tan instalados que en la década del 70 se dio una lucha abierta dentro del propio Estado entre los grupos corporativos. Esto explica en parte el programa del gobierno militar y Martínez de Hoz de “achicar el Estado para agrandar la Nación”; la idea de que era en el Estado y sus disputas sectoriales internas donde residía el origen de los conflictos argentinos. El plan entonces consistía en reducir el Estado, sobre todo reduciendo todas las cosas que el Estado sostenía y subvencionaba, para dejar de ser un botín atractivo. El argumento de “la larga crisis” es que después de 1983 -y a pesar de que la clase política repudió la acción de los militares- la destrucción del Estado continuó. En algunos casos, declaradamente. En la década del 90 se sostenía que había que privatizar; en la época de Alfonsín no, por acciones deliberadas del propio gobierno, pero sí por no considerar que había problemas por encarar y resolverEn la época de Kirchner es más paradójico porque el gobierno se presenta como estatista, pero en realidad en materia de lo que se entiende por Estado -su burocracia, sus poderes, sus agencias- más bien contribuyó a destruirlo.

– Esto se conecta con una idea interesante presente en tu libro que sostiene que “la Argentina actual tiene mucho gobierno pero poco Estado”.

– Sí, claro. Es una de las frases que finalmente me redondeó la idea que tenía en la cabeza. Tiene la ventaja de hacer pensar y reflexionar a la gente que cree que el Estado actual es estatista…

– ¿Qué factores históricos imposibilitaron la construcción de instituciones fuertes que pudieran internalizar los conflictos sociales y los intereses particulares?

– Eso fue lo que se hizo en la Argentina desde 1880, con Roca: las instituciones del Estado se consolidaron y las instituciones republicanas se afianzaron. Estas dos vertientes que parecían desarrollarse de manera conjunta, Estado y República, se separan a partir del gobierno de Yrigoyen, que fue un tipo de gobierno plebiscitario. Entonces, la República comenzó a funcionar los tumbos, pero el Estado y sus capacidades mejoraron sobre todo desde la década del 30, cuando asume nuevas tareas. Perón también amplió las bases de las políticas de estado que se venían desarrollando en la década anterior, y en el gobierno de Frondizi se profundizarán aún más. A este proceso lo llamo “la potencia del Estado”: el poder tener una política educativa, una política de dirección de la economía, una política de inclusión social -como fue la de Perón- una política de apertura al capital extranjero, y poder sostenerlas en el tiempo. Frondizi lanza su política petrolera y de apertura al capital extranjero en el 58, a Illia no le gustan muchas cosas y las cambia, pero no modifica su orientación general. Inclusive, durante el gobierno de Illia fue madurando todo lo que comenzó con Frondizi. Por su lado, nada de eso tuvo mucho que ver con la República, porque tanto los gobiernos de Yrigoyen como los de Perón no fueron muy republicanos, y luego con la proscripción del peronismo se terminó de dinamitar el sistema republicano. La República no funcionaba, pero el Estado sí.

– ¿Y en lo institucional?

– En lo institucional, los golpes de Estado se van jalonando y profundizando cada vez más. Aunque me parece que no hay que separarlos de las prácticas políticas durante los períodos democráticos, que contenían los gérmenes autoritarios para los golpes de Estado. Los militares siempre tuvieron el llamado de una parte importante de la sociedad civil y los actores políticos, porque la política no tenía buenos mecanismos para regular sus conflictos. Todo esto me lleva al presente, porque tenemos conflictos políticos muy serios. Dudas de cómo vamos a llegar, cómo continuamos, etcétera, pero el Ejército no existe más como factor de poder político. Entonces, de un modo o de otro, todos debemos actuar con las instituciones para llevar adelante la vida social y política del país, aún para resolver nuestros conflictos. No se nos ocurre otra manera de hacerlo. Por ejemplo, no me gusta una medida del Poder Ejecutivo y puedo recurrir a la Justicia. A la Presidenta no le gusta el estado actual de la Justicia y apela a una nueva ley del Congreso. De alguna manera existe un mínimo funcionamiento institucional que todos los actores respetan. Éste es un avance fuerte, pero en comparación con los períodos militares es un progreso importante.

– ¿Hasta dónde es posible la reconstrucción del sistema de partidos en un marco de crisis de representación política?

– Para analizarlo de manera completa, conviene recordar que es la crisis de un sistema que se estableció en 1983. Cuando hacemos el balance por los 30 años del regreso de la Democracia, partimos de la idea de que en 1983 había un buen sistema de partidos, y quizás tendríamos que revisar esa afirmación. No estaban tan bien los partidos, creo que más bien formó parte de la ilusión y el recuerdo histórico de aquel momento. De todos modos, durante la década del 80 y en buena parte de los 90, funcionaron. Ahora, en 2001 la crisis fue muy profunda y nadie salió indemne. ¿Qué partidos tenemos hoy? El gobierno actual no es un partido, a veces son justicialistas y a veces no, según las circunstancias. Han fortalecido más bien el Frente para la Victoria, que no es un partido. Finalmente, el gobierno es una especie de acuerdos y confederaciones de gobernantes locales: gobernadores, intendentes, etc. Por otro lado, tenés un partido en Santa Fe como el Socialismo, pero sólo de alcance provincial. Por su lado, el PRO es un partido de la Ciudad de Buenos Aires y le cuesta mucho trabajo extenderse a nivel nacional. Lo que queda es la vieja UCR, que sigue teniendo sus bases locales en los pueblos y ciudades. Pero, apenas levantan un poco, empiezan a dividirse. Hay algo en el radicalismo con lo cual se podría construir un partido, pero hoy no termina de serlo. Como dicen los manuales, para construir un sistema de partidos tienen que existir varios partidos constituidos, un juego de alternancia institucional, y que en todas partes funcionen mecanismos para definir las candidaturas. Los partidos, además, vienen unidos a los ciudadanos. Para que haya partidos tiene que haber gente que quiera participar en esos partidos y que crea en esas formas de hacer política. En la Argentina existe un tercio de la población que no tiene idea lo que esto significa, ni cree que esto sea importante. Allí radica el gran cambio que ha habido en el país: la formación rápida, en dos o tres décadas, de niveles de pobreza que coloca a la Argentina muy cerca del resto de los países latinoamericanos.

– ¿Con los niveles de pobreza que hay en la Argentina no hay democracia posible?

– Imposible para una democracia de partidos que verdaderamente funcione. Supongamos que termina el mandato de Cristina y concluye ese férreo aparato político. Es muy difícil que el reemplazante renuncie totalmente a usar ese aparato. Además, la imposibilidad de reemplazarlo automáticamente por otro nos da la pauta que la condición social determina el modo de hacer política. Esta es una manera muy desesperanzada de decirlo, pero las sociedades siempre son difíciles de cambiar.

– ¿Ciertas condiciones sociales se traducen a la escena política?

– Cuando los partidos políticos dicen “el modelo de Argentina que queremos” o “hacia dónde vamos”, yo diría que el punto 1, 2, 3 y 4 de todo programa político debe ser el abordaje de la pobreza, que requiere una cantidad de políticas concurrentes inmensas.

Publicado en La Gaceta, San Miguel de Tucumán

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