Luis Alberto Romero

artículo publicado

3 de noviembre de 2015

Es tiempo de tender puentes

Batacazo. Esta vieja expresión, frecuente en los hipódromos, expresa admirablemente el impacto de un resultado inesperado que cambia por completo el escenario. Ese rotundo efecto tuvo la pequeña diferencia que separó a Mauricio Macri de Daniel Scioli en la primera vuelta, y los triunfos opositores en Jujuy y sobre todo en Buenos Aires, el corazón del aparato electoral kirchnerista.

Los historiadores, acostumbrados a explicar lo sucedido por sus causas, remotas o recientes, pero siempre inexorables, han redescubierto algo que sabían los clásicos: la enorme potencia de algunos acontecimientos para modificar y redefinir el orden establecido de las cosas. El 17 de Octubre, el Cordobazo o el triunfo de Alfonsín, tan diferentes entre sí, comparten esta cualidad. El tiempo histórico del cambio lento se acelera; lo que estaba dado se rompe como un glaciar y, al abrirse nuevas posibilidades, los actores descubren que otros cambios son posibles, renuevan sus esfuerzos y multiplican los resultados.

En el momento de la ruptura todo es potencial; nadie puede asegurar que las cosas ocurrirán de un modo u otro. En estos casos, la imprudencia o la hybris suelen ser fatales. Los políticos de Cambiemos deberán pensar con mucho cuidado los pasos a seguir: controlar los impulsos, particularmente los revanchistas; privilegiar la responsabilidad, y tratar de construir, a partir de este acontecimiento, un orden estable.

El acontecimiento imprevisto invita también a reexaminar el pasado y a sopesar las causas, en un balance que siempre será hipotético. En este caso, algo influyó la Presidenta, quien sobrestimó su capacidad, tantas veces probada, de superar las dificultades avanzando y doblando la apuesta. El combustible del “modelo” económico se agotó antes de tiempo y sólo los cegados por la fe pudieron ignorar sus consecuencias cotidianas. La arbitrariedad presidencial, que estuvo en el centro de su potencia -a mucha gente le gustan las “mandonas”-, fue demasiado lejos, sobre todo a la hora de seleccionar los candidatos: imponer a Aníbal Fernández o a Zannini fue una desmesura.

Sin embargo, no hay que sobrestimar este factor: al fin, el oficialismo ganó en la elección presidencial. Más importante fue el aglutinamiento de la opinión opositora y sus partidos. La formación de Cambiemos fue un gesto de madurez y de confianza. La elección de Mendoza mostró la potencia de las alianzas amplias. La elección de Tucumán mostró la eficacia de la convergencia de la civilidad y los partidos, que dieron forma y expresión al sentimiento de injusticia, uno de los más poderosos motores del cambio político. ¿Por qué ocurrió aquí y no, por ejemplo, con el crimen de Nisman?

La presencia de la civilidad militante en la plaza de Tucumán no fue casual. Desde hace varios años la sociedad civil se encuentra en estado de deliberación. Muchos grupos de sociabilidad se dedicaron a la discusión política, lo mismo que distintas corporaciones empresarias. El problema de la institucionalidad republicana, nunca muy apreciado en un país que usualmente ha preferido la “democracia real” a la “meramente formal”, comenzó a ser atendido y asumido. Desde muchos foros civiles surgieron propuestas programáticas convergentes, traducidas en programas mínimos, suscriptos por los principales dirigentes políticos. Antes de que los partidos lo adoptaran, el programa de la oposición, en sus grandes líneas, surgió de la sociedad civil.

Este cuadro de causas no alcanza para explicar el salto cualitativo, esa suerte de clic imprevisto, que transforma la protesta fragmentada e intermitente en el sentimiento generalizado de que hay que cambiar algo y de que es posible hacerlo. Aquí la política ocupa el centro, pues a partir de un diagnóstico similar los candidatos hicieron apuestas diversas.

La de Macri fue particularmente arriesgada. Contra la opinión de la mayoría, decidió prescindir de una alianza con Massa. No lo hizo por tener “límites”, sino por apreciar que él mismo era un “límite” para muchos votantes de Massa y que, forzados a optar prematuramente, se volcarían a Scioli. Ese diagnóstico era razonable e inverificable, lo mismo que el contrario. Macri apostó a lo que creía, arriesgó, tal como deben hacer los políticos, y le está yendo bien. Pasó de “punto” a “banca” y puede esperar que los otros actores vengan a negociar con el potencial vencedor. No hay como el éxito para cambiar la idea de los límites.

Tampoco le fue mal a Massa. Presumo que apostó a consolidar su base, con vistas al derrumbe del kirchnerismo, que le abre el camino para llegar a liderar el peronismo. Imagino que sus votantes, como los de Stolbizer, habrán suspirado aliviados con el resultado de la primera vuelta.

En el oficialismo, que no encontró un discurso único y potente, se está desarrollando la crisis anunciada. Solidaridades prendidas con alfileres y mantenidas por la dura conducción presidencial se están fragmentando de una manera indecorosa. A Scioli sólo le quedan tres semanas para reunificar el frente interno y convencer a quienes no lo votaron. El exitismo, que lo favoreció durante años, hoy le juega en contra.

Cambiemos, a quien hoy le sonríe la suerte, debe ir paso a paso y pensar con responsabilidad. Tiene buenas posibilidades de ganar en la segunda vuelta, pero ninguna seguridad, pues muchos votantes están eligiendo entre el rechazo al kirchnerismo y la simpatía raigal por el peronismo. Hoy, Scioli y Cristina atribuyen a Macri los designios más siniestros y descabellados, en términos que no merecen ser honrados con una discusión. En cambio, son importantes los mensajes sensatos a los peronistas de todo género. Hoy la sensatez y la concordia son más apreciadas que la histeria y la paranoia.

Luego vendrá lo más complicado: construir una mayoría de gobierno, que hoy no existe, y también una oposición institucional, sobre todo en el Congreso. Lo primero es acomodar el frente propio, donde conviven estilos y tradiciones diferentes, y repartir tareas y responsabilidades. Luego, conviene llegar a un acuerdo claro con Massa y con De la Sota. Lo ideal es que participen en las responsabilidades de gobierno; la segunda opción es un acuerdo parlamentario claro y estable; la tercera, que hagan una oposición leal. Por otra parte, y en términos diferentes, hay que acordar con los gobernadores del PJ, sus diputados y sus senadores, entrelazando su destino con el del gobierno nacional. Finalmente, hay que hacer una convocatoria amplia a todos quienes se identifican como peronistas. Es el momento de tender puentes, sin revanchismo ni facciosidad. Ya hubo mucho de ambas cosas y es hora de parar la pelota y tranquilizar el juego.

Los objetivos del próximo gobierno serán tan modestos como ambiciosos. Normalizar el país después del vendaval kirchnerista supone decisiones difíciles, sólo posibles con un compromiso amplio. Hay que regularizar la economía desquiciada; restablecer las instituciones y los organismos estatales, particularmente la Justicia y la policía; mejorar las políticas sociales, caras e ineficientes, y, finalmente, normalizar la convivencia política. Son objetivos compartibles, y las diferencias tienen que ver con el cómo, el cuánto y el cuándo, es decir, la instrumentación fina, que es el terreno de la negociación. En cuestiones más difíciles, como la investigación de los responsables del aparato cleptocrático, indispensable para reconstruir el respeto a la Justicia y a la ley, son imprescindibles el acuerdo que dé legitimidad a las medidas y un justo equilibrio entre los principios y la responsabilidad. Es allí donde esperamos que todos los políticos estén a la altura de las circunstancias.

Si tienen éxito, el nuevo gobierno terminará normalmente su período y entregará un país más cerca de la normalidad. En la siguiente elección presidencial podrá discutirse lo que quede por hacer, ya con vistas a definir nuevos caminos para el país. Quizás entonces podamos agruparnos en izquierdas y derechas.

Publicado en La Nación

Etiquetas: Acuerdos para gobernar, Hechos imprevistos, Macri y las elecciones 2015, Massa y las elecciones 2015

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