Luis Alberto Romero

artículo publicado

6 de agosto de 2017

Ética, corrupción y cleptocracia

Recientemente un politólogo argentino -de formación estadounidense y simpatías kirchneristas- sostuvo que el tema de la corrupción no tiene mucha influencia en las elecciones. El votante no se guía por el análisis crítico, sino por la pasión y por la razón práctica, en proporciones variables. Mira la corrupción con anteojeras, más atento a la paja en el ojo ajeno que a la viga en el propio, y elige los argumentos que mejor se acomodan a sus gustos o conveniencias.

Hay mucho de cierto en esto, y también de preocupante. El problema de la corrupción es mal comprendido e ineficientemente encarado. Por empezar, en política los argumentos de tipo ético tienen sus limitaciones. La ética parte el campo en dos: decentes y corruptos, blanco y negro. Los nuestros deberían estar, todos y siempre, en el campo de los blancos, pero esto es hoy cada vez más difícil sostener. Hace unas décadas, la virtud se acreditaba con una trayectoria, basada en las cosas importantes de una vida. Hoy los archivos están al alcance de un teclazo en internet. Cualquiera detecta incoherencias pasadas y se las refriega al supuesto virtuoso.

Son pocos los que viven en casas de cristal y pueden tirar piedras con tranquilidad. Por otra parte los virtuosos, cuya conciencia vigilante cumple una función importante, no suelen ser buenos constructores políticos. Porque la política -como la vida toda- tiene mucho fango y es difícil transitarla sin embarrarse un poco. Más que la pureza absoluta, en el momento de la acción importa la voluntad firme de limpiar el fango y la capacidad para hacerlo.

Pero además, hay un problema conceptual, que obstaculiza la acción eficaz: ¿qué es exactamente un corrupto? “Corrupción” es una palabra de amplio espectro, clara en lo ético pero imprecisa en la definición. También es una palabra engañosa, pues alienta a resolver con simpleza problemas complejos. Y sus consecuencias pueden ser nefastas, cuando derivan en la desalentadora conclusión de Discepolo: “el mundo fue y será una porquería”.

Para hacer algo, es necesario entender que “corrupción” remite a cosas diferentes, de variada gravedad y soluciones distintas.

Está la pequeña corrupción cotidiana: la coima al agente de tránsito, o la compra de un video trucho. Las dos partes infractoras son el producto de un sistema de normas contradictorias y arbitrarias y de un conjunto de sanciones laxo y permisivo.

La importancia de la corrupción aumenta cuando afecta los bienes que la sociedad confía al Estado y que administran gobernantes y funcionarios. No importa mucho si fueron los coimeros o los coimeados quienes comenzaron esta relación espuria, que suele ser de larga data, al punto de convertirse en sistema y naturalizarse. Ninguno de sus actores suele tener problemas de conciencia. El particular corruptor suele alegar que pagar es la única forma de seguir adelante con su empresa. El funcionario corrupto probablemente diga que las cosas son así, y que no él podría ni cambiarlas ni mantenerse al margen. Hasta suena razonable: el problema está en el sistema.

En esta escala, un gran aumento cuantitativo produce un cambio cualitativo. Esto ocurrió en los años noventa, en la época de las privatizaciones y del “robo para la Corona”. Algunos empresarios recibían grandes prebendas del Estado y algunos funcionarios montaron la llamada “carpa chica”, donde vendían influencia.

Por su magnitud, en los noventa la corrupción se hizo famosa, ingresó en el vocabulario político y, a la vez, comenzó a resultar engañosa. La palabra suponía la descomposición de algo que con otros gobiernos fue ordenado, eficiente y virtuoso. Pero la corrupción prebendaria es el resultado de un largo deterioro del Estado: su creciente colonización, la decadencia de sus agencias y el debilitamiento de la “ética del funcionario público”. No se la elimina si no se repara el Estado.

Néstor Kirchner aportó una novedad importante dentro de este esquema. La iniciativa pasó de los grandes empresarios prebendarios a un grupo de modestos dirigentes políticos santacruceños, instalados en el comando del Estado nacional. Su sistema consistió en concentrar poder político en el vértice del gobierno y usar las prerrogativas estatales para saquear al Estado, y desde allí a toda la sociedad.

Conocemos esto desde hace diez años o más. Pero hoy tenemos descripciones precisas y minuciosas, área por área. Asombra la capacidad de Néstor Kirchner para trasladar este sistema, diseñado en una pequeña provincia, a la nación entera. Cada una de sus decisiones políticas -aun las que parecían encomiables- parece haber apuntado a un mecanismo de saqueo, o a la concentración de poder que lo hacía posible. Su toque mágico, como el del legendario rey Midas, convertía todo en bienes mal habidos. Hasta los derechos humanos.

A su modo, fue un gran empresario de la política que dirigió -como acostumbra a subrayar E. Carrió- una asociación ilícita con fines delictivos. Esta incluía ejecutores principales, una red vinculada a ellos, que eventualmente desarrollaba en su escala el mismo método, y algunos asociados ocasionales, usados y desechados, como los Eskenazi. No se limitó al Estado, pues también la emprendió con los empresarios. Aquí su talento residía en encontrar el blanco vulnerable, perseguirlo, cansarlo, rodearlo y finalmente darle el golpe.

Esta organización, que Cristina heredó pero no supo manejar, no puede ser asimilada a la ”carpa chica”, donde gente como Emir Yoma se limitaba a cobrar por conseguir una firma. Lo de Kirchner fue algo grandioso, comparable con la mafia, aunque sin la omertà. Merece un nombre propio. Sobre todo, merece que no se la confunda con otras formas más tradicionales de corrupción.

Creo que una palabra adecuada es cleptocracia. Pero esto es lo menos importante. Se necesita una elaboración conceptual, como las que saben hacer los colegas de las ciencias sociales, y una exploración histórica para encontrar cómo se conformó esto y, sobre todo, cómo fue posible. Me atrevo a decir que no hubo otra comparable.

Esta elaboración nos ayudará a aclarar el debate, separar los problemas y elegir los objetivos de la acción. La pequeña corrupción probablemente sobrevivirá, como las cucarachas. Evitar las “carpas chicas” requiere un emprendimiento de mediano plazo, hasta tener un Estado en forma y funcionarios con ética weberiana.

La cleptocracia es un problema urgente, que requiere de acciones rápidas y contundentes. Se necesita una justicia recta y eficiente, una buena dosis de voluntad política y particularmente una clara idea pública sobre su singularidad y peligrosidad. En todos los casos, la ética es necesaria, pero no suficiente.

Publicado en Los Andes

Etiquetas: Cleptocracia, Corrupción, Ética y política, Kirchner, Los noventa

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