Luis Alberto Romero

artículo publicado

21 de julio de 2012

Félix Luna: el don de la escritura

Ya próximo a cumplir los ochenta años, Félix Luna nos regaló un libro encantador: Encuentros. Es una suerte de autobiografía razonada, en la que, en sucesivos capítulos, sistematizó su vida y sus experiencias. Llamativamente, en el primer lugar en su lista de intereses está la música y la poesía, y sólo después aparece la historia.

Para la mayoría, Luna es sobre todo un historiador. Un historiador singular, sin formación sistemática, que como muchos, aprendió a hacer historia –buena historia– haciéndola. Entre sus primeros ensayos en el oficio se encuentra una sugerente monografía sobre la política en La Rioja luego de la batalla de Pavón, en el que habla de caudillos y doctores, de entreveros y montoneras. Luego, lo hicieron conocido: sus biografías de Yrigoyen y Alvear, publicadas en 1954 y 1958. En su madurez, Luna señaló su intención política y militante, no balanceada por un oficio que todavía estaba aprendiendo. De ahí en más, Luna no renunció a historiar el pasado reciente y las circunstancias que tenían que ver con su vida, pero lo hizo con la mesura y distanciada empatía de los historiadores cabales. Encuentros ofrece algunas de las claves de cómo llegó a serlo.
La primera clave es la lectura. En su infancia y adolescencia, siendo alumno de colegios católicos, leyó de todo. En primer término, Salgari, Dumas y Verne. De inmediato, los Clásicos Jackson, una excelente compilación de lo mejor de la cultura occidental, que menciona como la base de su educación. De allí en más, en referencias circunstanciales, cobra cuerpo la imagen de un lector omnívoro, infinitamente curioso, que siguiendo su intuición y su gusto llega a hacerse de una sólida cultura. Y un buen historiador es en primer lugar un hombre culto y curioso.

Un buen historiador es también alguien capaz de mirar con inteligencia su entorno, que en este caso es el país. Cuando se refería a la Argentina, sabía de qué estaba hablando. Durante mucho tiempo Luna lo recorrió a caballo. Siguió recorriéndolo, infatigablemente, hasta el fin de su vida, mirando, oyendo y sumando las experiencias que le dan a sus textos una definida espesura.

Pero además, este historiador singular cultivó la poesía. Desde Homero, es sabido que los poetas tiene su propia clave para entender la realidad, y a veces, conocen caminos más rápidos y más directos para llegar a lo esencial.

Sobre todo, Luna hacía historia escribiéndola. Su proceso de interpretar el pasado está íntimamente ligado con el de narrarlo y escribirlo. Luna fue un narrador excepcional y un excelente escritor. Sin dudas, recibió un don: en el acto de escribir se conectaba con sus lectores, y a la vez, con la historia que fluía, y que él sabía traducir y transmitir para sus muchos lectores. La vida le dio ese don de la escritura; y supo honrarlo.

Publicado en Perfil

Etiquetas: Divulgación histórica, Historiadores

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