Luis Alberto Romero

artículo publicado

Junio de 2020

“Flor de Romero”

 (Por pedido de Eugenio Monjeau)

El apellido Romero es muy común: uno de los veinte más usados en España, en la Argentina y en varios países hispanoamericano. Lo descubrí al tratar de abrir una cuenta de Gmail y encontrar que todas las variantes de mi nombre ya estaban usadas. Nunca pensé en el tema pero averiguando -por sugerencia de nuestro editor- descubro que en el origen de “romero” había dos palabras de origen latino, que al pasar al español confluyen en una única palabra, algo que no ocurre en otras lenguas romances.

Una de ellas se refiere a la flor, muy común en las costas del Mediterráneo, y especialmente en el sur de España. Es el ros maris, que da rosmarium y significa literalmente rocío marino, una poética alusión a la flor y a la planta. De allí vienen romarin en francés, rosmarino en italiano, rosemary en inglés y romero en español (alecrim, portugués, viene en cambio del árabe).

La otra se refiere a los peregrinos. Siempre creí que aludía simplemente a quienes iban a Roma, como los de Tannhäuser o los de la vieja canción española -tradicional en mi familia- “Hacia Roma caminan los peregrinos”. Pero es más complicado. Su primer uso, derivado de Roma, se construyó en lengua griega, en tiempos del Imperio Bizantino, y se refería a los peregrinos que iban al Santo Sepulcro provenientes del ya fenecido Imperio Romano Occidental, que denominaban Roma. Así, eran llamados genéricamente romeus. Luego la palabra, repuesta en el flujo de las lenguas romances derivadas del latín, se extendió en España a las peregrinaciones a alguno de los infinitos santuarios cristianos, incluyendo como uno más, a Roma.

Ambas palabras tienen derivaciones sugestivas. El romero era una planta muy apreciada por sus virtudes medicinales de todo tipo, hechiceriles y también gastronómicas. Por crecer cerca de las costas marinas se la asoció con la fortaleza y la capacidad para resistir adversidades, y así se incorporó a una vastísima bibliografía que viene de la Antigüedad sobre la significación y el lenguaje de las plantas.

Por otra parte, del romero peregrino español viene la romería, la de las zarzuelas, el lugar del jolgorio. ¿Cómo llegamos allí? Debe recordarse que las peregrinaciones fueron una de las primeras formas de lo que hoy llamamos turismo, en las que los motivos religiosos se mezclaban sin conflicto con la camaradería, la diversión y la celebración al final del recorrido. La peregrinación al afamado santuario de Canterbury, donde fue asesinado el arzobispo Thomas Becket, es el eje de los deliciosos Cuentos de Canterbury de Geoffrey Chaucer, escritos a fines del siglo XIV. Uno de los peregrinos, la “comadre de Bath”, que había tenido cinco maridos -hoy un ícono de las feministas-, era experta en peregrinaciones: había estado en Jerusalén, tres veces, Roma, Bolonia, Colonia y Santiago de Galicia. Una verdadera turista.

Mutatis mutandis, hay muchas similitudes entre aquellas peregrinaciones y las actuales procesiones a los grandes santuarios, incluyendo el muy frecuentado de Santiago de Compostela. Dejemos de lado lo que sucedía en las etapas del camino. Pero luego de caminar y cumplir con la devoción, la liturgia peregrina incluía una celebración final. Era el momento de la expansión, la bebida, la música… De allí vino romería, que por extensión alude a cualquier lugar de jolgorio.

¿Cómo romero se convierte en apellido? En la historia los apellidos surgen gradualmente, de la necesidad de diferenciar personas de igual nombre. Primero ocurrió en la aristocracia o entre los hidalgos (los fijosdalgo), donde el linaje era algo esencial para definir la condición social. Entre ellos la regla fue el patronímico (Fernández es el hijo de Fernán). Luego la costumbre se extendió, apelándose al oficio o el lugar de residencia o proveniencia.

En esta historia muy compleja, que no viene a cuento, hay un caso que ha sido muy estudiado: el de los judíos que, en su proceso de asimilación, cambian el apellido tradicional por alguno tomado de una palabra corriente. Las asimilaciones fueron a veces graduales y voluntarias y otras compulsivas y masivas. En España, en 1492 los Reyes Católicos expulsaron a los judíos, pero les dieron la opción de quedarse, convertirse al catolicismo y, consecuentemente, cambiar de apellido.

Hubo infinidad de judíos conversos a la busca de nombres adecuados. Muchos los tomaron de la geografía -ríos, llanos, sierras, montes- y otros tantos de los árboles y plantas: manzanos, pinos, perales. Una planta muy apreciada al momento de buscar apellido era el romero, por las virtudes señaladas, que ya se encuentran en la herboristería hebrea. Fue entonces cuando en España proliferaron los Romeros.

Muchos Romeros fueron descendientes de familias conversas y otros muchos no lo eran. Ese fue un tema controvertido desde el siglo XVI, cuando comenzó a exigirse certificados de pureza de sangre para resguardar a los hidalgos tradicionales de los sospechosos advenedizos. También fueron comunes las denuncias contra los conversos, acusados de practicar en secreto sus ritos, lo que era materia de la Inquisición.

Los dos orígenes no se excluyen. Es posible que quienes afrontaban los riesgos de las peregrinaciones portaran un ramito de romero, para hacer más soportable las adversidades. Esto me parece plausible, pero confieso que no he encontrado ninguna referencia. Es muy posible que eligieran llamarse Romero quienes valoraban las romerías por el jolgorio lícito. Y hasta es posible que los efectos de una noche de romería se curaran con un buen té de romero.

Concluyo con una referencia familiar. Mi abuelo paterno era de Antequera, cerca de Granada, tierra donde abundaba la planta de romero, las romerías y los conversos. Quién puede saberlo. Boleslao Levin, un gran historiador especializado en el tema de los judíos y la Inquisición en Hispanoamérica, y algo obsesionado por encontrar ancestros judíos en personas que consideraba valiosas, le decía a mi padre que “Romero” sonaba a judío converso. Que una forma de esconder su origen era hacer alarde de su peregrinación a Roma. Quizá llevando una flor de romero, agrego.

Una referencia curiosa sobre José Luis Romero data de 1955, fecha tan remota para la mayoría de los lectores que necesito explicitar el contexto. En la etapa de surgimiento del peronismo, entre 1943 y 1946, muchísimos profesores universitarios que manifestaron su oposición a lo que llamaban el “fascismo” fueron separados de sus cargos. Entre ellos estaban los más eminentes, como Bernardo Houssay, difíciles de remplazar. El gobierno peronista recurrió a los intelectuales del nacionalismo católico. Los estudiantes de entonces, militantemente anti peronistas, señalaron su mediocridad y los llamaron burlonamente “profesores flor de ceibo”, aludiendo a que en 1942, en un período de euforia nacionalista, había sido declarada “flor nacional”.

En 1955, durante el gobierno de la Revolución Libertadora (omito deliberadamente el redundante “autodenominada”), muchos de esos profesores fueron declarados cesantes, mientras se reincorporaba a quienes ocupaban esas cátedras hasta 1946. José Luis Romero, designado rector interventor de la Universidad de Buenos Aires a propuesta de los estudiantes de la Federación Universitaria, se hizo cargo de la doble tarea de las cesantías y las designaciones. En el campo del humor político -algo que floreció luego de la caída de Perón- y recordando a los “profesores flor de ceibo” se denominó a sus reemplazantes “flor de Romero”.

Me viene a la memoria un dibujo humorístico de entonces -creo que en el momento no lo entendí mucho- donde una señorita “universidad” dialoga con su pretendiente “estudiante”, quien le dice:

    Si quieres que yo te quiera

    te has de sahumar con romero,

    pa’ que te quite el olor

    del que te quiso primero.

Eugenio Monjeau: @eugenio.monjeau/de-primera-especial-2-1b42ebf644b0

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Etiquetas: La “Libertadora” y el peronismo, Peregrinos parranderos y judíos conversos

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