Luis Alberto Romero

artículo publicado

24 de febrero de 2017

Gobernar también es equivocarse

Muchas voces públicas se preguntan hoy por qué el gobierno comete errores. Pero gobernar implica equivocarse, y frecuentemente. La pregunta importante es otra: ¿qué debe hacer un gobierno democrático cuando se equivoca? ¿Persistir en el error, o admitirlo y corregirlo?

Hace unos tres años escuché a Mauricio Macri exponer sus ideas ante un grupo reducido y no complaciente. Recuerdo especialmente cómo explicó su aprendizaje en la gestión pública: comenzó a gobernar la Ciudad como un ingeniero, haciendo lo que le parecía conveniente; luego, a fuerza de darse contra la pared, aprendió que debía escuchar otras opiniones, reconocer equivocaciones y corregirse. Después de doce años de decisionismo kirchnerista, de doblar la apuesta y de “vamos por todo”, aprecio mucho esta capacidad de admitir errores.

Se argumenta que fueron errores evitables. Es posible, aunque es difícil asegurarlo. Adam Ferguson, un filósofo del siglo XVIII, escocés e ilustrado como Adam Smith, sostuvo que toda acción humana pone en movimiento muchas otras acciones, la mayoría no anticipadas ni siquiera imaginadas. La historia -decía- es la suma de las consecuencias no queridas de las acciones de los hombres.
Algunas consecuencias sin duda pueden ser previstas. Pero la vida no es una partida de ajedrez. Los factores son muchos, las combinaciones son inconmensurables y las secuencias infinitas. Ya se sabe lo que ocurre cuando una mariposa aletea en China.
Las voces críticas, al igual que los historiadores, tienen una ventaja: el “diario del lunes”, con el que todos somos sabios. Cada uno puede proponer la movida ganadora, que hubiera acomodado de otro modo ese conjunto infinito de circunstancias. ¿Quién puede desmentirlo? No hay forma de hacer retroceder la historia y ensayar el camino alternativo.

Dentro del conjunto infinito de circunstancias, hay algunas constitutivas de este gobierno, que ayudan a entender sus errores y a valorar sus éxitos. Sabemos que navega por un océano lleno de acechanzas, con una barca estatal deteriorada y un timón que no controla totalmente. Los distintos grupos sociales de interés están hiper sensibilizados: hay una crisis que no estalló pero dejó su factura, y nadie quiere cargar con ella. Por otra parte, doce años de kirchnerismo han dejado -una consecuencia no querida- una extrema sensibilidad de la opinión por la prolijidad institucional y la corrección política.

Ambas cosas son razonables pero difíciles de manejar. El gobierno está frecuentemente en lo que en ajedrez se llama “zugzwang”: cualquier movida lo coloca en situación desventajosa en alguno de los muchos escenarios de la política. Aunque sus propósitos generales son modestos, cada medida indispensable y urgente -como actualizar las tarifas- choca con la reacción de algún interesado: “¡Que la actualización la pague otro!”. La cancha institucional y administrativa quedó en estado fangoso, propenso a traspiés que son magnificados por la sensibilidad republicana.

En el discurso público ambas limitaciones se entrelazan y potencian: quien defiende un interés mezquino, o simplemente hace oposición, puede legitimarla con un repertorio de contundentes argumentos institucionales, republicanos o correctos.

Aquí aparecen los llamados errores. ¿Podían ser previstos? A veces si: hubo controles que fallaron; en otras, es posible que falte algo de intuición. Pero siguiendo a Ferguson, o a Murphy y su ley, hay una cantidad de imprevistos inevitable. El “diario de la semana” plantea acertijos complejos, cuya respuesta está en el “diario del lunes”, donde se nutre la sabiduría de las voces críticas. Razonables o no, el espesor de las críticas determina si un gobierno ha ido más lejos de lo que le permiten sus fuerzas. El error consiste, ante todo, en ir más allá de lo posible.
Llegamos así al problema central. ¿Que hace un gobierno cuando descubre haber cometido un error? En su equilibrado análisis de las políticas kirchneristas, E. Levi Yeyati y M. Novaro señalan el momento preciso en que, ante cada error, Néstor y Cristina decidieron seguir adelante, e ir aún más lejos. A la corta, ese decisionismo tuvo réditos políticos. A la larga, sabemos cuál es el balance.

Macri, en cambio, ha optado por no obcecarse, reconocer que el camino elegido no era el adecuado y volver a poner el tema en discusión. Probablemente sigue creyendo que el punto de llegada es correcto, pero admite que el procedimiento debe incluir la discusión y la negociación. En muchos casos, el paso atrás le permitió luego dar dos pasos adelante y llegar a dónde se proponía.
Puedo entender la desilusión de quienes descubren que Macri no es Superman. También entiendo la picardía de la oposición; aunque a veces me indigne el descaro, son las reglas del juego. Lo que más me preocupa es cómo se instala la idea de que un gobierno que se equivoca y corrige “pierde capital político”. Hay en esto una suerte de nostalgia del estilo de Cristina, quien no se corregía nunca. Espero que no sea un síndrome de abstinencia. Por la salud de la democracia y de la República.

Publicado en Clarín

Etiquetas: Errores de Macri, Macri corrige errores, Síndrome de abstinencia

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