Luis Alberto Romero

artículo publicado

4 de junio de 2006

Gregorio Weinberg, maestro de las buenas causas

El historiador argentino, fallecido el 18 de abril de este año, creyó en el progreso, en la razón y en la capacidad del hombre para construir un mundo mejor. En uno de los períodos más oscuros de la vida nacional, fue un guía invalorable para sus discípulos

¿Cómo definir a Gregorio Weinberg? ¿Qué palabra puede resumir o al menos señalar el campo principal de su actividad? No se me ocurre ninguna, tan vastos fueron sus intereses y tan variados los escenarios donde lo he visto desarrollar una actividad siempre tesonera e infatigable.

Fue indudablemente un excelente historiador, un buceador en el campo de la historia de las ideas y de su relación con los procesos sociales y políticos. Sus contribuciones son muchas, pero en una puede verse todo su oficio, su talento y su posición de intelectual. Se trata de su admirable estudio sobre Mariano Fragueiro, ese “pensador olvidado”, contemporáneo de Sarmiento y Alberdi, que él supo recuperar. La obra impresiona por la erudición y pulcritud. Pero sobre todo, por su capacidad para reconstruir el pensamiento de un hombre en su contexto: las condiciones en que fue elaborado (Fragueiro, como Weinberg, no era un pensador solitario, sino un militante) y el marco de las discusiones con otros que, con igual pasión, ofrecían alternativas distintas para el país. Weinberg coloca a Fragueiro en una encrucijada de la Argentina , un momento en que había distintos caminos posibles, alternativas y combates. Fragueiro perdió, es cierto, pero dio un combate, y nos recuerda, siglo y medio después, que vale la pena darlos.

Weinberg fue un especialista en problemas educativos, que examinó desde el presente y desde el pasado. Modelos educativos en la historia de América Latina es a la vez una reconstrucción histórica y una propuesta de desarrollo educativo y social. Como obra de historia, mostró la íntima relación entre las ideas, la sociedad, la política en general y las políticas educativas. Lo hizo de una manera ambiciosa, en un escenario latinoamericano diverso y difícil de reducir a un esquema comprensible. A la vez, Weinberg expuso las alternativas, los caminos diferentes, en el pasado y también en su presente, pues este libro -como toda su obra- era altamente propositivo. Weinberg tenía un proyecto para su país, sabía que era difícil. Pero, como Sarmiento, estaba convencido de que las contradicciones se vencen a fuerza de contradecirlas.

Gregorio Weinberg fue un editor de la estirpe de quienes, como José Ingenieros o Ricardo Rojas, asumieron que una tarea del intelectual consiste en oficiar de mediador entre el saber de los especialistas y el mundo de los lectores. Esa tarea implica no sólo el esfuerzo material de poner los libros al alcance de todos, sino un trabajo de organización del saber, de ordenación, de selección. Weinberg perteneció a un mundo mágico, que hoy miramos con nostalgia, de intelectuales volcados a esa tarea. Es conocida su contribución en la monumental Historia Científica y Cultural de la Humanidad y en la Historia de América Latina que editó la UNESCO. Podría señalarse la edición de algunas traducciones importantes: a través de él se conocieron por primera vez en castellano los escritos de Gramsci. Pero vale la pena detenerse en lo que sin duda fue su criatura más preciada.

¿Cuándo se hará el balance de El pasado argentino, de Dimensión argentina, de Nueva dimensión argentina , esas maravillosas colecciones que publicaban Hachette y Solar, y que Weinberg, con insólito brío juvenil, retomó recientemente? Allí conocimos o recuperamos a los “viajeros” y a aquellos “clásicos” que, por uno u otro motivo, no eran incluidos en ediciones más canónicas. Agregó, además, estudios monográficos novedosos, que terminaron convirtiéndose ellos mismos en clásicos de nuestra bibliografía, como las obras de Horacio Giberti o Adolfo Dorfman. Todo ello en una “colección”, es decir, la propuesta de un plan de lectura, de calidad garantizada, en ediciones de asombrosa prolijidad, con cuidados estudios preliminares, en la que muchos nos hemos formado.

Gregorio Weinberg fue un profesor universitario excepcional. Lo sé bien, pues fue mi primer profesor en la Universidad de Buenos Aires y en sus clases comencé a conocer y valorar la historia de la cultura. Particularmente, ha dejado una huella entre los estudiantes de Ciencias de la Educación de la Universidad de Buenos Aires. No solo les enseñó historia de la educación -desde su perspectiva, que combinaba la historia de las ideas con la de la sociedad- sino que aportó a esa disciplina -donde es usual acentuar los aspectos instrumentales- una perspectiva humanista e integral. Es fácil reconocer el “efecto Weinberg” en un segmento bien definido de sus graduados, aquel que hoy ocupa las posiciones más significativas en esa especialidad.

Gregorio Weinberg fue, de a ratos, lo que suele denominarse -no siempre de manera apreciativa- un “experto internacional”. Trabajó mucho tiempo en CEPAL, en Santiago de Chile, y luego en la UNESCO. Suele predominar en ese medio, por exigencias del contexto, una manera “técnica” y no irritativa de expresarse, y también una manera algo aséptica y generalizadora de pensar. Nada de esto le ocurrió a Weinberg, a quien la Argentina le dolió en cada línea, en cada palabra. Transitó por el mundo de los expertos internacionales sin perder un ápice de su condición de militante cultural, suerte de don Quijote siempre listo para “enderezar entuertos”. Ganó en ese tránsito una perspectiva ecuménica singular y envidiable, que le permitía pensar los problemas argentinos a la luz de los universales.

Historiador, pedagogo, editor, profesor, consultor. Gregorio Weinberg fue cada una de esas cosas -siempre de una manera singular- y también otras muchas, pues no hubo empresa cultural en la que no haya participado o militado, trabajando siempre, hasta el último día de su vida. Fue, ante todo, un maestro y un intelectual comprometido con su tiempo. Lo observó y vigiló, con un fuerte espíritu crítico, y a veces con un mal humor que no empañaba su optimismo radical. Fue un intelectual que cuidó celosamente su independencia, que se habituó a esa suerte de marginalidad relativa, tan recomendable para quienes quieren conservar la mente abierta. Fue, básicamente, un disidente, en una sociedad que finalmente debió reconocerlo.

Pero sobre todo, fue un intelectual comprometido con las buenas causas. Creyó, como pocos lo hacen hoy, en el progreso, en la razón, en la educación, en el hombre y en su capacidad para construir, con su razón y su voluntad, un mundo mejor. Más aún, vivió convencido de que podía discernirse, más allá de todo relativismo, qué cosa era un mundo mejor. Creyó que todo eso se integraba en un proyecto, quizás una utopía, a la vez humanista y socialista, capaz de desarrollar hasta sus últimas consecuencias los valores elaborados por la cultura occidental.

Sin duda, también fue un maestro, en ese sentido tan amplio que la gente de mi generación -que en un momento, hace treinta o cuarenta años, se quedó sin ellos- aprendió a apreciar. Alguien que siempre estuvo, y siempre estuvo en el lugar correcto, cuando otros faltaron o fallaron. Alguien a quien mirar, para ubicarse; alguien a quien consultar. Y eso no sólo por su saber o sus ideas sino por sus valores, no declarados sino mostrados con su conducta. Gregorio Weinberg fue una persona íntegra y esto está en la esencia de su personalidad de intelectual y maestro.

Publicado en La Nación

Etiquetas: Gregorio Weinberg

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