Luis Alberto Romero

artículo publicado

5 de abril de 2016

Hay que recuperar el progresismo

Dos o tres décadas atrás, progresismo era una palabra positiva. Me sentía cómodo dentro del campo intelectual y político que ella definía, entre la Ilustración y la socialdemocracia. Hoy sólo es un denostativo. “Progres”, “progresía”, referidos a los otros, suenan tan mal como antaño “la zurda” o “los fachos”. Se la usa sobre todo para identificar la versión radical del kirchnerismo, asociada con la intolerancia, la facciosidad, el autoritarismo y, en cierta medida, el arribismo.

En los comienzos de la democracia, en el frente progresista, fluido e inestable, confluían dos trayectorias diferentes. Una provenía de la izquierda socialista que, alejándose del modelo revolucionario cubano, se identificaba con la socialdemocracia europea. Otra provenía de las versiones más prístinas de la nueva democracia: el apoyo a Alfonsín, su vigilancia crítica o simplemente su crítica, como fue el caso del Partido Intransigente y el peronismo renovador.

En esta confluencia entre la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano y el socialismo de Gramsci o Bernstein había matices, como la diferenciación entre “el” o “la” centroizquierda, según se pusiera el acento en uno u otro miembro de la dupla. El frente fue devastado por el ciclo de la desilusión iniciado en 1987, pero el gobierno de Menem volvió a crear una zona de confluencia, que se reconstruyó con la Alianza y se derrumbó en 2001.

La quiebra profunda sobrevino con el kirchnerismo. Gradual al principio, terminó de definirse hacia 2007, cuando quedó claro el estilo del gobierno K. Desde entonces, en la competencia por la franquicia, los progresistas K vencieron a los no K, que quedaron flotando en el vacío.

¿Por qué? No lo sé bien. Solo tengo experiencias y recuerdos -de esas de las que un historiador desconfía- y algunas hipótesis de corto alcance que reconozco insuficientes pero me ayudan para comenzar a procesar un fenómeno sin duda complejo.

Alejandro Katz escribió de manera muy estimulante sobre los “atajos” que llevaron a muchos desde el viejo progresismo hasta el nuevo kirchnerismo. El grupo que más conozco -gente ya mayor, vinculada de alguna manera con las experiencias de los años setenta- encontró en el gobierno kirchnerista el atajo para recuperar la ilusión de una revolución que, desde el poder, construyera un país nuevo y mejor.

Desde 1917, la utopía revolucionaria siempre puso el acento en la toma del poder, condición necesaria y a veces hasta suficiente para iniciar esa construcción. En este caso, era el poder el que los convocaba, ahorrando a estos fatigados veteranos las molestias de la militancia, la clandestinidad y la violencia armada.

Para ellos, era el último tren de su vida. Pero también atrajo a los jóvenes, que disfrutaron de una utopía sin costos ni responsabilidades. Más aun, los incorporó a la nómina salarial del gobierno revolucionario.

Un sector singular de quienes pasaron del viejo progresismo a la versión kirchnerista fueron los militantes de los derechos humanos. Esta bandera, que durante la dictadura construyó los fundamentos éticos de la nueva democracia, se había sesgado hacia un solo objetivo: el castigo a todos los culpables y la construcción de una memoria que, a la manera del Juicio Final, separara con claridad a los pocos justos de los muchos pecadores.

En este pasaje, al núcleo original de la militancia se le sumaron muchos militantes de los setenta, quienes encontraron allí una vía rápida para incorporarse a una democracia cuyos fundamentos liberales y republicanos no compartían. Hubo otros que, habiendo tolerado pasivamente la dictadura, encontraron su rehabilitación en esa tardía sobreactuación. Siguiendo a Katz, otros dos atajos.

Los Kirchner, que pertenecían a este último grupo, les ofrecieron un combinado muy atractivo: apropiarse de la corrección, la “rightness”, en el sentido anglosajón, político, moral y religioso. Y además obtener el poder para aplicarla con rigor digno de un movimiento revolucionario triunfante. Y un bonus: el sustento material del Estado para trabajadores o militantes de la memoria.

La última hipótesis es algo más hipotética y se refiere al genérico grupo de la gente común. Luego de la dictadura -cuyo ominoso peso fue percibido más bien a posteriori- la democracia fue entendida como el momento de los derechos, individuales y colectivos. Sin compromisos con un Estado al que se consideraba deudor, ni con un sistema institucional y jurídico siempre juzgado autoritario, la tónica fue disfrutar de los derechos y desentenderse de los deberes.

A primera vista se diría: el summun del liberalismo, casi el anarquismo; pero no fue así, pues del “libre ejercicio de los derechos” se pasó pronto al “ejercicio de nuestros derechos” a costa de los de los otros. De la manifestación al escrache. Era una idea muy poco plural, que terminó de madurar cuando el gobierno K confirió a algunos el derecho de decidir cuáles derechos debían ser defendidos y cuáles ignorados.

Fue, por ejemplo, el caso del Inadi, que defendió genéricamente los derechos de los pueblos originarios pero ignoró los reclamos de un grupo concreto como los Qom. Otra vez la atracción del poder y, otra vez, las posiciones, los puestos desde donde ejercerlo.

Como historiador, soy consciente de que se trata de una aproximación parcial y en borrador. Pero como ciudadano que se sintió cómodo en el viejo campo progresista, lamento esta versión del progresismo, no sé si espuria pero sin duda parcial y sesgada.

Podríamos buscar una nueva palabra y descartar ésta, irreparablemente contaminada. Pero, a veces, luchar por una palabra es también luchar por el sentido de lo que pasó y lo que ha de pasar, y encontrar el rumbo justo para la acción. Creo que recuperar el antiguo sentido del progresismo, y reconstruir con él el viejo espacio de “el” o “la”centroizquierda, es una tarea política y cultural importante que merece el esfuerzo.

Publicado en Los Andes

Etiquetas: Centroizquierda, Corrección política, Kirchnerismo, Progresismo

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