Luis Alberto Romero

artículo publicado

12 de noviembre de 2012

Imaginar el futuro después de la protesta

Supongamos que el 8 de noviembre fue decisivo para detener el proyecto reeleccionista. Supongamos que Cristina Fernández termina normalmente su período y logra eludir dos alternativas explosivas: el camino de Isabel Perón o el de Luis Napoleón Bonaparte. Imaginemos que en 2015 entrega normalmente el poder a un nuevo presidente, que probablemente será peronista. Supongamos finalmente -y ya es suponer bastante- que el nuevo presidente consigue desarmar, sin grandes conflictos, las infernales bombas de tiempo dejadas por el kirchnerismo.

Puedo imaginar un camino posible que hilvane estas alternativas. Lo que no puedo es imaginar cómo haremos los argentinos para evitar que, antes o después, recomience el ciclo que inició Menem, continuó Néstor Kirchner y remató Cristina: el ciclo que llevó de la “democracia delegativa” al autoritarismo desnudo, al filo mismo de la democracia.

Es posible que los relatos heroicos que hoy lo sustentan queden desprestigiados por un buen tiempo. Pero no desaparecerá la principal raíz de la vía autoritaria: la percepción de un estado de crisis, de emergencia permanente, como lo llamó Hugo Quiroga, capaz de justificar el reclamo de poderes excepcionales. Éstos suelen mantenerse cuando la crisis retrocede -así ocurrió luego de 1989 y de 2001-, pues la nueva bonanza parece condicionada a la continuidad de la conducción magistral. Siempre se podrá agitar el fantasma de la crisis recurrente y apelar al líder de excepción.

Los futuros gobernantes tendrán a disposición el otro gran recurso de los autoritarismos de las dos últimas décadas: un extenso mundo de la pobreza, apenas paliada durante la reciente prosperidad, y una red entre administrativa y política, manejada desde el gobierno. Con el uso adecuado, aunque poco republicano, de los recursos fiscales, produce oportunamente los votos necesarios para consolidar el poder. ¿Quién garantiza que en el futuro se desdeñará semejante recurso?

¿Quién podrá hacer frente a futuros caminos autoritarios? Está la opinión pública general, que hoy se manifiesta adversa a ese tipo de gobierno. Pero sabemos que es cambiante y voluble. Los partidos políticos, que deberían encarar esta tarea -PJ incluido-, son hoy una incógnita. Esperamos que todos se hagan más consistentes y creíbles. Pero no lo sabemos. Quizá lo más firme sea una ciudadanía que, aunque no es mayoritaria, atesora aún las convicciones de 1983. Aunque hay razones para ser pesimistas, con el optimismo del corazón debemos fortalecerla, potenciar sus convicciones y ofrecerle las alternativas políticas adecuadas. Es nuestra mejor carta para evitar que, si el kirchnerismo entrara en su fase final, no reaparezca alguna variante de lo mismo.

Publicado en La Nación

Etiquetas: Cristinismo, Cristinismo renovado

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