Luis Alberto Romero

artículo publicado

23 de junio de 2016

José López o la etapa superior de la depredación del Estado

Lo de José López impresiona sobre todo por la escenificación. Nada de lo visto y oído hasta ahora puede compararse con este cambalache discepoleano que, a la sombra de un convento, mezcla al funcionario con sus partenaires: el empresario prebendado, el juez remolón, el monseñor avariento y las monjitas inocentes, que también juegan su parte en la farsa.

En el fondo, es un hecho menor: apenas unos millones de dólares. Pero su crudeza incita a una reflexión más amplia: cómo fue posible que, a intervalos regulares, la Argentina haya caído en manos de bandas organizadas para robar al Estado. No hablo de dictaduras, ni de populistas o neoliberales; simplemente de gobiernos consagrados al saqueo, de cleptocracias.

Tres fueron las bandas que asolaron el país durante las últimas cuatro décadas, que son las que lleva la decadencia argentina. La primera se constituyó en el seno de las fuerzas armadas; en noviembre de 1975 sus cabecillas firmaron el pacto de sangre y poco después tomaron el poder. El punto central era el terrorismo clandestino de Estado y el sistema de la “desaparición forzada”. Una cuestión lateral no menor fue el saqueo de los bienes de los desaparecidos, compensación asignada a los colaboradores secundarios.

Pero además hubo grandes operaciones, gerenciadas por los altos mandos. Tal el caso del Ente Mundial 78, cuya poderosa alquimia transformó el cemento en oro, o el de YPF, donde la “privatización periférica” enriqueció a sus operadores militares y a la nueva “patria contratista”. No era la primera vez que grupos de las fuerzas armadas se enriquecían a costa del Estado, pero nunca lo habían usado tan organizadamente para una depredación sistemática.

En 1983 el viento pampero de la democracia barrió con las nubes de la corrupción. Pero el sol brilló poco. En 1989, tras elecciones impecables, se instaló en el poder una nueva banda, los riojanos. Con llamativa naturalidad y falta de inhibiciones, la “carpa chica” organizó el “robo para la Corona”. La estrella fue la privatización de las empresas estatales, que generó grandes beneficios a las empresas y espléndidas coimas a los funcionarios.

La banda se comportó como las tribus germanas que asolaron el Imperio romano: el jefe se reservó “el quinto” del saqueo y el resto se repartió ordenadamente, según las jerarquías. El reparto fue tan transparente que tomó la forma de suplementos salariales; tan amplio, que alcanzó para los dirigentes de los sindicatos más perjudicados; tan institucional, que los senadores lo integraron al procedimiento rutinario de aprobación de una ley.

En 1999 una leve brisa democrática barrió con los riojanos, y poco después llegó la tercera banda depredadora, los santacruceños. Kirchner montó un sistema en el que él y su grupo íntimo ocuparon los dos lados del mostrador: el funcionario que otorga y el particular que recibe y paga. El sistema, organizado en Santa Cruz, se extendió a todo el país desde 2003, en una operación de ingeniería admirable. No hubo rincón al que la larga mano K no llegara.

Sabemos muchas cosas sobre el sistema pero nos queda mucho por aprender. Por ejemplo, si solo hubo una caja centralizada o un margen para los actores por cuenta propia. Tampoco sabemos si tenían el propósito de crear una “especie de burguesía” o todos los asociados eran descartables. Lo que está claro es que nunca conocimos un sistema tan amplio, organizado y sistemático de saqueo. Era la cleptocracia, fase superior de la depredación estatal.

La banda militar llegó al poder por la fuerza, pero las otras dos ganaron las elecciones, y también las reelecciones. ¿Cómo fue posible? Sin duda algo está podrido en Dinamarca. Por empezar, el Estado. Cada una de las bandas contribuyó a su destrucción o inutilización. Poco Estado y mucho gobierno fue el resultado, y a la vez la condición para la fácil instalación de cada uno de ellos. También pasó algo con la democracia, que facilitó los triunfos electorales de dos bandas sucesivas, y sobre todo su ratificación. En parte, faltaron ciudadanos conscientes, pues ni la sociedad de la pobreza ni la escuela en bancarrota podían generarlos. En parte, la política democrática y las elecciones eran cada vez más costosas, y de algún lado saldrían los recursos. Así ocurre en todo el mundo, aunque en la Argentina no existe ninguna noción sobre separar la caja política de la personal.

Los peronistas suelen decir, en confianza, que solo un idiota pasa por la política sin “hacer la diferencia”. Incluso puede proponerse una teoría virtuosa, como lo hizo hace poco Hernán Brienza, cuando explicó que la corrupción permite que la gente sin recursos haga política.

El italiano Gaetano Mosca formuló hace cien años una teoría pesimista sobre la relación entre la democracia y las bandas depredadoras. Habló del gobierno de las elites, y de su periódica renovación, provocada por la irrupción de grandes movimientos democráticos regeneradores. Pero en su opinión, la renovación dura poco, y el nuevo grupo termina dominado por los aprovechadores de siempre, los “sfrutattori”.

Nuestra experiencia, en los últimos cuarenta años, le daría la razón. Hoy estamos en uno de esos momentos de renovación, cuando el futuro está abierto a la acción humana voluntaria, a la política. Podemos evitar la repetición del ciclo, pero debemos hacer un esfuerzo grande. El recuerdo de las tres bandas debe servirnos para apreciar su magnitud.

Publicado en Clarín

Etiquetas: Cleptocracia, Dictadura, José López, Kirchnerismo, Menemismo

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