Luis Alberto Romero

artículo publicado

10 de junio de 2007

José Luis Romero, en el jardín

Treinta años después de la muerte de mi padre, las imágenes cotidianas pierden precisión y la memoria se ordena alrededor de algunos perfiles fuertes. Lo recuerdo como profesor de la Facultad de Filosofía y Letras, revelándonos, a jóvenes tan ansiosos de saber como de compromiso, las claves de procesos históricos lejanos, pero con capacidad para explicar el presente y aun ayudar a transformarlo. También lo recuerdo en 1964 como decano de esa Facultad, con el aplomo físico que quien de joven había boxeado, encarar a un activista peronista que venía a “romper” una asamblea, y ordenarle que “se mandara mudar”. (Asombrosamente, lo hizo. Después supimos que se trataba de Pocho Rearte, que estaba “calzado” y que usualmente no se preocupaba mucho por las jerarquías universitarias).
Lo recuerdo años después, en conferencias para un público de señoras y señores mayores, evocando imágenes de ciudades europeas y transformando de manera casi mágica los recuerdos turísticos de sus oyentes -una piazza, un claustro, una madonna- en fragmentos reveladores de un vasto proceso histórico. Lo recuerdo escribiendo a máquina -una pequeña portátil-, concentrado y apasionado, después de muchos días de hacer y rehacer los esquemas que iban dando forma a las ideas. Lo recuerdo en sus momentos de melancolía -raros, pero angustiantes- y también en los de expansión amical, disfrutando de la comida y el vino, dialogando con todos, pero instalado con naturalidad en el centro de la reunión; mezclando anécdotas, que contaba sabiamente, con reflexiones sabias, que volcaba de manera transparente.
Una de las imágenes más vívidas es la de mi padre arreglando el jardín. Por las mañanas. Dos veces por semana en Adrogué, y todos los días, durante los veranos en Pinamar. Puedo verlo con un aspecto desastroso: un viejo pantalón convertido en short, el torso desnudo y un viejo sombrero, transpirado, cantando a voz en cuello Bohème o Pagliacci. En Adrogué sólo era un jardín pequeño; pero también hacía transformaciones mayores, ayudado por dos albañiles, italianos y comunistas, con los que hablaba largamente de política y filosofía. Su vocación de parquista -eso era, más que jardinero- encontró la medida adecuada en Pinamar, donde hizo construir una casa en la punta de un médano, y luego transformó el médano en parque. Con una pequeña carretilla, que él mismo fabricó, una pala y un escardillo -a veces con mi renuente colaboración-, trasladó cantidades inmensas de arena, hizo terrazas y caminos, plantó cercos y plantas -luego de rebuscar por las calles el precioso abono animal que había de colocar en el fondo del pozo-, podó y regó, regó y podó. Una obra mayor en ese parque -una fuente, que dibujó Julio Payró, y un solario que la rodeaba, fruto de su propio ingenio- la hizo otro albañil italiano y fascista, que cantaba Traviata, con quien sostenía otras largas conversaciones sobre el arte, la vida y la política.
Por las tardes, después de la siesta, decentemente vestido, se sentaba en la galería o en una de sus terrazas, fumando su pipa -un whisky cuando caía el sol-, y con un libro, generalmente literatura medieval: Erec et Enide, Le Roman de la Rose, Il Novellino. De a ratos leía y marcaba con un lápiz. De a ratos, miraba el jardín, apreciando y juzgando. No sé si pensaba más en Chrétien de Troyes o en lo hecho durante el día y en lo que haría el día siguiente.
Más tarde, ya profesor, leyendo sus libros para enseñarlos, encontré la respuesta. Estaba en La revolución burguesa en el mundo feudal, y también en Latinoamérica, las ciudades y las ideas. El tema que persiguió toda su vida, obsesivamente, fue el de la mentalidad burguesa, su emergencia en el seno del mundo feudal y su expansión hasta la crisis del siglo XX. Encontró entre los burgueses, que emergían por entre los intersticios del mundo feudal y cristiano, una actitud nueva frente a la naturaleza, que dejaba paulatinamente de ser lo dado, misterioso y sagrado. Los hombres nuevos podían tomar distancia de la naturaleza y ponerse a cubierto de sus inclemencias. Con actitud técnica y profana, la transformaban de acuerdo con sus necesidades y a la vez penetraban en su secreto y explicaban sus regularidades, al margen de la contingente voluntad divina. Modificar la naturaleza y conocerla, para transformarla más eficazmente, eran expresión de lo que llamó “una rebelión prometeica”, ciertamente velada, pero que contenía in nuce todo el llamado mundo moderno.
Un jardín es un caso de esa apropiación de la naturaleza. Lo hicieron con su imagen los pintores, desde los jardines que asoman en la pequeña ventana de un cuadro de contenido religioso, hasta los paisajes, que, según decía, eran naturaleza ordenada y hecha comprensible por la razón. Las casas burguesas de las ciudades medievales, cuyo frente era un sobrio y sólido paño de muralla, tuvieron jardines íntimos y recoletos. También los tuvieron, pero públicos, los palacios dieciochescos, enmarcando su magnificencia. Finalmente los tuvieron las casas de gente sencilla y corriente, como mi padre, que hacía jardines y pensaba en ellos.
La relación entre la historia y la vida fue un tema que persiguió en todos sus trabajos. Se preguntaba cuál era el vínculo entre la vida histórica que fluye y el historiador que vive en ella y a la vez la observa, combinando razón y pasión. Víctor Massuh ha ahondado en esa relación, tensa y creativa. Diría que en su vida, en su jardín y en muchas otras partes, haciendo y observando, mi padre era capaz de fundir en un solo movimiento el hombre y el historiador.

Publicado en La Gaceta

Etiquetas: José Luis Romero

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