Luis Alberto Romero

artículo publicado

7 de enero de 2012

La Argentina de 1910: más justa e inclusiva de lo que se cree

“La verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.” La conocida fórmula puede aplicarse a los debates generados en torno del Centenario de 1910 y la evaluación de los logros de aquel país, confrontados con los del presente. Los historiadores profesionales destacan la espectacular transformación de entonces, cuando la Argentina se acercó a los primeros países del mundo. Los propagandistas del actual gobierno, en cambio, hacen el inventario de sus miserias e injusticias. Preocupados por exaltar los méritos del “modelo”, toman algunos hechos ciertos, los separan del contexto, ocultan otros, y construyen una bizarra imagen del país de 1910. Algo así como el engañoso avance de una película. Buenos marketineros, quizá, pero pésimos historiadores.

Equidad y bienestar. Roy Hora –un buen historiador– ayuda a poner las cosas en su sitio con su Historia económica de la Argentina en el siglo XIX, incluida en la Biblioteca Básica de Historia que edita Siglo XXI. Un aspecto interesante es la distinción que establece entre  “equidad” y “bienestar”. Los frutos del fenomenal crecimiento del país entre 1880 y 1914 no se distribuyeron de manera pareja, y la desigualdad entre personas, sectores sociales y regiones aumentó notablemente. Es la verdad, pero no toda la verdad: en esos años el bienestar de la mayoría de los habitantes del país mejoró de manera notable, y siguió mejorando el las décadas posteriores.

Tomemos el caso de los inmigrantes. Es posible contar, a la manera de Dickens, una historia negra de miserias y sufrimientos: largas jornadas, bajos salarios, mala vivienda, niños trabajando. Todo es cierto. Pero la cuestión es: ¿vivían entonces mejor o peor que en su patria de origen? Sin duda, aquí su trabajo estaba mucho mejor retribuido, tanto que a muchos les permitió volver a su pueblo con un buen patrimonio,  y a otros les posibilitó enviar buenas ayudas a sus familias en Galicia o en Calabria. Por supuesto que no a todos les fue igualmente bien. Pero en general tuvieron trabajo, así como la posibilidad de recurrir a los hospitales públicos –las epidemias se redujeron y la esperanza de vida aumentó– o a las escuelas, gratuitas y excelentes. Sin duda, mejores que en sus modestas aldeas de origen.

Lo mismo puede decirse de la equidad regional. La prosperidad se concentró en el Litoral, y particularmente en Buenos Aires. Pero algunas regiones del interior mejoraron su situación, como por ejemplo Tucumán. El Estado decidió promover la producción de azúcar, facilitando créditos y sobre todo cobrando altos aranceles al azúcar importada, que era mucho más barata. A costa del consumidor porteño, en Tucumán mejoró el bienestar. El Estado realizó otros gastos significativos en las provincias del interior, en parte por razones políticas, pero también de equidad. Por ejemplo, costeó parte de la enseñanza primaria, y toda la enseñanza media –escuelas normales y colegios nacionales–, y proveyó una mejor educación, y también empleos decentes para muchos. Algo parecido ocurrió con el empleo público, subvencionado también por el Estado nacional: en 1895 –anota Hora–, en Santiago del Estero había un empleado público cada 1.500 habitantes, y en 1914 se había elevado a uno cada 300.  Es cierto que todavía se estaba lejos de las proporciones actuales, por ejemplo en Santa Cruz.

Sarmiento y los chacareros. Un caso notable del aumento de bienestar es el de los chacareros. Existe una versión común acerca de las desventuras de los inmigrantes que no pudieron llegar a tener la chacra soñada para ellos por Sarmiento. ¿Habría sido posible? Quizá, pero habría sido en contra de la voluntad de los inmigrantes reales. Estos emprendedores agricultores, en pleno boom del trigo, en lugar de comprar una pequeña parcela, eligieron usar su capital para arrendar la mayor cantidad posible de tierra, obtener algunas buenas cosechas y hacer una diferencia apreciable. En un país en pleno crecimiento, ellos también hicieron su apuesta.

La Argentina del Centenario tenía sus eficaces mecanismos de inclusión. Surgieron de una virtuosa combinación del mercado y el Estado. Los panfletistas oficialistas actuales suelen machacar con una muletilla: se adoptó un modelo exclusivamente agroexportador, debido a una visión liberal y extranjerizante de los dirigentes, que condujo a la catástrofe de 1930. Indudablemente el centro dinámico de la economía estaba en las exportaciones: por entonces la Argentina pudo insertarse de manera virtuosa en la economía global, como lo ha vuelto a hacer recientemente. La diferencia entre ambos momentos de prosperidad excepcional reside en la generación que entonces hubo de encadenamientos que difundieran al conjunto de la sociedad los frutos del crecimiento. Esto lo hizo el mercado, pero también el Estado, que en ese sentido tuvo poco de “liberal”.

Contra lo que comúnmente se dice, entre 1880 y 1914 el sector industrial creció muchísimo. En parte porque la economía exportadora requería, por ejemplo, que se fabricaran bolsas de arpillera. En parte porque las ganancias de los empresarios locales se gastó principalmente en el país, en bienes producidos localmente. Por entonces, en el Brasil amazónico la fiebre del caucho dejó en Manaos un único recuerdo de aquellas épocas brillantes: el espectacular teatro de ópera. En la Argentina dejó a Buenos Aires, Rosario, Córdoba, Mendoza, Mar del Plata, que además de teatros tenían millones de personas que trabajaron, consumieron e impulsaron el comercio, los servicios y también la industria.

Los gobiernos, supuestamente títeres de la oligarquía exportadora, creyeron que tales industrias debían ser fomentadas y protegidas mediante aranceles aduaneros. Pero además, ese Estado “liberal” utilizó sus recursos para construir un sistema de salud pública que era el mejor de América latina y que superaba al de muchos países europeos. También los usó para construir un sistema educativo que formó habitantes capacitados y ciudadanos identificados con su nación. En las sociedades capitalistas, el mercado construye riquezas y las reparte de manera poco equitativa, pero el Estado puede introducir una cuota de equidad y elevar el bienestar. El del Centenario lo hizo.

Crisis global.
 La economía del Centenario, muy bien insertada en el mundo en 1910, sufrió los cambios provocados por la Gran Guerra y la crisis de 1929. Nadie se salvó de ellos. Pero de alguna manera, el país se recuperó antes que otros. Nunca llegó a tener un desempeño tan espectacular como el del Centenario, pero encontró algunas alternativas. La más importante, es sabido, fue el proceso de sustitución de importaciones. Este se desarrolló a partir de la base industrial existente, de un mercado interno sólido y arraigado, y de una sociedad capacitada y educada. Todo ello hizo la diferencia y explica que la Argentina de los años 30 haya evitado el invierno y entrado en una suerte de verano otoñal, que duró algunas décadas más. Hace falta contar otras historias posteriores –quizá lo hagan los continuadores de Roy Hora– para explicar cómo llegamos a la deplorable actual situación.

Publicado en Perfil

Etiquetas: Centenario, Chacareros, Estado y equidad

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