Luis Alberto Romero

artículo publicado

25 de mayo de 2010

La Argentina en sus centenarios

No es fácil comparar la Argentina de 1910 con la de 2010. Son países demasiado distintos. Sin embargo, puede intentarse, si no una comparación, al menos una confrontación del estado de ánimo predominante.

En 1910 dominaba un talante optimista, presente sobre todo en los discursos oficiales o en los versos de los poetas, como Darío o Lugones. Pero también había un pensamiento pesimista, menos manifiesto quizá, plasmado en notables ensayos, como los de Joaquín V. González, Agustín Alvarez o Carlos Octavio Bunge.

Los optimistas señalaban, en primer lugar, el espectacular desempeño de la economía, que en pocas décadas había colocado al país en el pelotón de punta del mundo. También subrayaban el éxito en la nacionalización de las masas de inmigrantes. Habían posibilitado la gran expansión económica, pero configuraban un conjunto social inestable y algo babélico, que fue integrado al país y a la nación principalmente por obra de la escuela pública. Desde el punto de vista institucional, la Argentina había llegado a tener un estado consolidado, con fronteras definidas y agencias estatales eficientes. También tenía un sistema institucional ajustado a la preceptiva republicana. Más aún, se aprestaba a coronar su desenvolvimiento institucional con la reforma electoral que consagraría la “república verdadera”.

A los pesimistas no les faltaban argumentos. Les inquietaba la creciente presencia de las “razas extrañas”, y sobre todo la debilidad del sentimiento nacional, y responsabilizaban a una educación que juzgaban “cosmopolita”. También les preocupaba la proliferación de los conflictos sociales. Los atribuían a los “extranjeros anarquistas”, y dudaban entre encauzar los conflictos con instituciones como el Código del Trabajo, o lisa y llanamente reprimir o expulsar a los revoltosos, como con la Ley de Residencia. Finalmente, la democracia encerraba también acechanzas, pues advertían que el sufragio universal quizá no trayera la ciudadanía racional sino las masas turbias y amenazantes, según la imagen de Le Bon, y sobre todo la demagogia.

Optimistas y pesimistas coincidían en un punto: aunque había nubarrones, era posible prevenir la tormenta, e introducir las reformas necesarias para encauzar los conflictos. Esa tarea le correspondía a un Estado que -no lo dudaban- tenía la fuerza institucional y la autoridad moral para hacerlo.

El segundo centenario

Cien años después, los optimistas son pocos, y predomina el pesimismo. Con razón, tanto si se compara el país actual con el de 1910 ó, más simplemente, con el de 1960, un país que entre otras cosas tenía pleno empleo. Menciono ese año porque, en mi opinión, la Argentina cambió sustancialmente, para peor, en algún momento en la década del setenta, iniciando una declinación sostenida que constituye el telón de fondo de cualquier balance actual.

Es sabido que desde los años setenta la economía tuvo un giro copernicano. Mucho se destruyó -por ejemplo el pleno empleo-, mientras que lo nuevo no termina de emerger. No obstante, hoy parece que el mediano plazo puede ser promisorio. Pero es dudoso que esa bonanza alcance para disolver el núcleo duro de miseria e indigencia de nuestra sociedad. Aunque la pobreza se originó en el desempleo, hoy se reproduce con una lógica propia, muy difícil de revertir.

En 1983 recuperamos la democracia, a contrapelo del proceso general de decadencia. Pero la democracia realmente existente tiene problemas serios. En una sociedad de pobres, hay pocos ciudadanos. En los comicios, los gobiernos pueden construir los resultados, presionando a las autoridades subordinadas y repartiendo beneficios individuales. Las instituciones republicanas que nos ilusionaron en 1983 hoy han derivado en el viejo caudillismo, con el poder institucional concentrado en el vértice presidencial. El nacionalismo integral y unanimista que caracterizó la cultura política del siglo XX, aunque atenuado, conserva su nefasta fuerza discursiva.

Pero el punto central de nuestra decadencia se encuentra en el retroceso del estado. Desde 1976, salvo los años de Alfonsín, ha habido una política sostenida para degradar las normas e instituciones estatales y tronchar sus agencias de control. Los discursos justificatorios fueron distintos y opuestos, pero el resultado fue el mismo: achicar lo esencial del estado y expandir su capacidad prebendaria, que permitió sucesivamente el enriquecimiento de distintos sectores.

Hoy no existen los consensos de 1910, ni las políticas de estado ni los proyectos nacionales. No hay entre nuestros estadistas alguien equivalente a Joaquín V. González. Nuestra capacidad de discutir el futuro se agota en las elecciones de 2011. Esto es otro aspecto de la crisis del Estado que, como decía Emile Durkheim, es el lugar en donde la sociedad piensa sobre sí misma. Esta es, a mi juicio, la principal diferencia entre los dos Centenarios.

Publicado en El Día

Etiquetas: Bicentenario, Centenario, Sociedad

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