Luis Alberto Romero

artículo publicado

10 de julio de 2013

La brecha social construye dos tipos de ciudadanos

Los argentinos discutimos hoy si queremos una democracia popular o republicana. Convendría agregar otra pregunta: qué democracia podemos tener, con los ciudadanos realmente existentes y con la sociedad que los produce.

La experiencia de la Ley Sáenz Peña de 1912 puede ayudar a entender dónde estamos parados hoy. Aquella fue una ley democratizadora, que se propuso construir la ciudadanía. Fue exitosa porque la acción estatal empalmó con la dinámica propia de la sociedad. Mientras la escuela pública formaba ciudadanos instruidos, la nueva sociedad –abierta, dinámica y móvil– generaba los estímulos y las capacidades para la participación democrática, que creció sostenidamente. A la vez, resultó plausible y verosímil el ideal del individuo ciudadano, capaz de establecer una relación entre sus intereses personales y el interés general, y plasmarlos en un voto razonado.

Las asociaciones civiles, que brotaron como hongos en la primera mitad del siglo XX, fueron muy importante para esta exitosa construcción. Las había de todo tipo: étnicas, mutuales, cooperativas, religiosas y muchas otras. No había barrio que no tuviera un club social y deportivo, una parroquia, una biblioteca popular y una sociedad de fomento. Las bibliotecas y sus conferencias contribuyeron a dar una dimensión más universal a los problemas locales. En las sociedades de fomento, los vecinos preocupados por el progreso del barrio llevaron sus iniciativas, aprendieron a presentarlas de manera comprensible y convincente; a discutirlas y confrontarlas con otras; a acordar, dirigir y ser dirigidos. También aprendieron a gestionar ante las autoridades, por ejemplo la colocación de un farol de alumbrado.

El fomentismo, que existió en todas las ciudades y tuvo su versión en el mundo rural, enseñó a mucha gente las prácticas que luego fueron herramientas para la política. Cuando los partidos políticos abrieron sus comités, los vecinos educados en el fomentismo encontraron en ellos su camino natural y construyeron simultáneamente sus carreras de vida y la democracia política.

La Argentina cambió mucho en las cuatro últimas décadas, y este tipo de prácticas y de ciudadanía sólo se conserva en una parte del país.

Allí los partidos conservan algo de sus estructura y la ciudadanía funciona lo suficiente como para que siga siendo verosímil. Pero la Argentina es hoy un país dividido en dos.

Las cosas son distintas al otro lado de la brecha social, en el mundo de la pobreza, que hoy incluye al menos a diez millones de argentinos.

El asociacionismo solidario persiste, impulsado por los problemas de supervivencia y por la cuasi ausencia del Estado. En todas las barriadas pobres hay comedores populares, merenderos, salitas de primeros auxilios y asociaciones barriales. Además de las parroquias están los “evangelios” y hasta los umbanda. El fútbol nuclea a jugadores, simpatizantes y barras. Ha surgido una forma muy moderna de asociarse: los piqueteros, que apuntan a la autoorganización de los pobres. Pero también se afirma otra, muy tradicional: la familia extensa, con un “padre padrone” y su compañera.

Estas asociaciones se parecen a las anteriores, pero difieren en cosas importantes.

No se trata tanto de individuos reunidos voluntariamente como de comunidades de pertenencia.

Y en lugar de horizontalidad hay jefatura, ya sea del referente, el “padre” o el “poronga”. Su “territorio” está acotado con precisión. Tiene la responsabilidad de proveer a las necesidades del grupo, y en una zona de legalidad imprecisa, debe regular sus conflictos. Podemos imaginarlos como los barones medievales, o simplemente como Tony Soprano.

¿Qué ciudadanos existen realmente en esta sociedad?

El Estado hace poco por educarlos o por afirmar la legalidad, pero interviene fuertemente en la vida comunitaria mediante subsidios, franquicias o licencias.

Al costado de la ley, deja hacer o impide. Esa prerrogativa, discrecional, es administrada localmente por el último eslabón de la cadena de funcionarios: el puntero.

Para los pobres una elección es el momento en el que el Estado se acuerda de él.

En su cálculo, perfectamente racional, lo que ha de obtener individualmente no se mezcla mucho con un “interés general” que dice poco en este mundo donde ni siquiera la policía es confiable. Aunque el voto se cambia por beneficios singulares, no se trata de un intercambio individual. No podría serlo.

El jefe, referente, padre padrone o poronga es el encargado de negociar su paquete de votos con el puntero.

No hay cuarto oscuro que impida saber si el acuerdo se ha cumplido. La ciudadanía individual, el voto razonado, la construcción del interés general a través del sufragio no son verosímiles, ni siquiera imaginables.

La brecha de la Argentina se expresa en estos dos tipos de ciudadanos. El momento actual es interesante, porque la fractura de la maquinaria, hasta ahora disciplinada, permite ver su funcionamiento íntimo.

Pero hay otra cuestión más importante. Más allá de la polarización del momento, no todas las propuestas buscan realmente modificar esta situación.

Algunos simplemente aspiran a hacer funcionar la máquina del sufragio en beneficio propio. Otros desearían cambiar las cosas, pero no saben bien cómo hacerlo.

No son muchos los que quieren cambiarlo y saben al menos cómo empezar a hacerlo. Ese es el debate que deberá plantearse después de las próximas elecciones.

Publicado en Clarín

Etiquetas: Ciudadanía, Pobreza, Sociedad democrática

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