Luis Alberto Romero

artículo publicado

5 de marzo de 2006

La democracia y su sombra

Ensayistas e historiadores confluyen en “Argentina (1976-2006)”, un libro que analiza las proyecciones de la dictadura. Aquí se ofrece un adelanto

La imagen del Proceso se construyó apresuradamente, entre el fin de la Guerra de Malvinas en junio de 1982 y las elecciones generales de octubre de 1983, y se terminó de definir, compacta y monolítica, a mediados de 1985, con el juicio y condena a las Juntas militares.

Perder la guerra, luego de haber generado tantas expectativas e ilusiones, fue a los ojos de la sociedad, probablemente el mayor pecado de los militares. La situación no puede parecer extraña, de acuerdo con el precedente de tantas otras derrotas militares en el mundo. Pero en nuestro caso, ese fracaso tuvo consecuencias mayores que desnudar las falencias de los estados mayores, pues corrió el telón sobre un drama social más amplio, hasta entonces apenas entrevisto, y que había despertado relativamente poco interés. La guerra llevó a juzgar el régimen militar que venía gobernando el país desde 1976. La culpabilidad de los generales fracasados se convirtió, casi sin solución de continuidad, en la culpabilidad de los responsables del gobierno del Proceso. El sacrificio de los soldados de Malvinas, víctimas de la impericia de sus jefes, se convirtió en el sacrificio de las víctimas del Proceso, una figura que empezaba a construirse.

Simultáneamente, apenas terminada la guerra, y aflojado el control del gobierno dictatorial sobre los medios de prensa, comenzaron a descubrirse las huellas más visibles de la represión: enterramientos, lugares de detención y tortura, testimonios de sobrevivientes. En manos de una prensa que unió los réditos de la exhibición de lo macabro con la posibilidad de abandonar rápidamente el barco que se hundía, esa exhibición se convirtió en lo que se llamó “el show del horror”. En poco tiempo, todo estuvo expuesto y nadie pudo alegar que no sabía. Con esos elementos, pronto se conformó una imagen del Proceso.

Es seguro que las cosas habrían sido distintas si no hubiera mediado la derrota en la Guerra de Malvinas. Aunque trivial, la afirmación puede ayudar a destacar la artificiosidad de la imagen construida, que consistió en algo más que el simple descubrimiento de una verdad hasta entonces oculta. La caída catastrófica del régimen militar, que le impidió instrumentar algún tipo de salida concertada, también bloqueó otras narraciones posibles, donde los perfiles de los protagonistas probablemente habrían sido menos contrastados, y la representación de lo ocurrido en esos años, menos heroica.

Esas explicaciones alternativas habrían tomado nota de las interpretaciones esbozadas por algunos de los actores de esos años. Algunos habían naturalizado el discurso represivo, y admitían la necesidad de aplicar correctivos excepcionales para la violencia subversiva; otras hacían suyo el “por algo será”, y sólo cuestionaban la extensión en la aplicación de los métodos excepcionales más allá de lo estrictamente necesario; otros aceptaron como irreversible la dictadura, y se preocuparon por encontrar salidas para reconducir el gobierno hacia manos civiles.

Si hubieran llegado a plasmar, esas otras narraciones habrían tomado nota del eco más que relativo que hasta después de la Guerra encontraron las denuncias de los crímenes de la dictadura realizadas por las organizaciones de derechos humanos, arrinconadas por la propaganda oficial. Inclusive los hechos que en la narrativa victoriosa fueron luego considerados como preparación de la rebelión general de la sociedad contra la dictadura -por ejemplo, la huelga general y la manifestación del 30 de marzo de 1982, la reaparición en escena de los partidos políticos- podrían haberse integrado en otro relato, cuyo eje fuera quizá la progresiva asunción de sus responsabilidades por parte de cada uno de los actores de la sociedad.

Frente a esas versiones, eventualmente dubitativas, se impuso como verdad final una contundente versión del Proceso, construida en no más de dos años. El informe de la Conadep y su publicación sintética, “Nunca más”, y en seguida el enjuiciamiento de los principales responsables, y el fallo ejemplarizador de la Justicia terminaron de dar forma a lo que se convirtió en la versión oficial de lo ocurrido en los años de la dictadura. El objetivo político de la hora era lograr instalar rápidamente un juicio condenatorio y ejemplificador. Por ello, para la narración del pasado se eligió la alternativa maniquea. El Proceso fue la encarnación de una fuerza demoníaca, de una dimensión mucho más contundente que el otro demonio evocado, la violencia subversiva. El Proceso se abatió sobre una sociedad indefensa y sorprendida por tal acumulación de violencia y maldad.

Una mirada más atenta a los matices de la realidad, menos preocupada por juzgar que por comprender, quizás hubiera señalado que el Proceso real, es decir el proyecto llevado adelante por las Fuerzas Armadas y por grupos de civiles que adhirieron y los apoyaron explícitamente, distaba de tener la coherencia y sistematicidad con que se lo presentaba. Desde su origen mismo se advierte en esa experiencia la existencia de contradicciones, ensayos a tientas, y también subproyectos, tanto institucionales como personales, que pronto entraron en franca colisión. Se advierte en sus responsables errores de juicio y de percepción, limitaciones proyectivas y fallas en la visión acerca de los pasos ulteriores. En fin, saltan a la vista las limitaciones propias de cualquier proyecto humano.

Quizás también podría haberse señalado que la sociedad que recibió la acción punitiva de la dictadura era algo un poco más complejo que un conjunto de víctimas pasivas y resignadas. El Proceso se instaló sobre una sociedad conflictiva y combativa; muchos de quienes estaban enrolados en esos combates ya habían ensayado formas violentas en diverso grado para dirimir sus diferencias, y esto trascendía ampliamente al grupo que la versión oficial de los dos demonios definió como el segundo demonio. Entre quienes no participaron activamente, hubo muchos que aceptaron con naturalidad el recurso a los métodos violentos, incluyendo el terrorismo. En el otro extremo, el grupo que se alineó más o menos declaradamente con la acción de la dictadura no fue menor. Incluía tanto a quienes tenían sólidos motivos para ello -quienes resultaron los vencedores en el combate social librado en estos años- como a quienes adhirieron más en solitario a las consignas del orden, esos kappos que evocó Guillermo O’Donnell, en quienes encuentra el rebrote de una cultura política autoritaria muy tradicional.

Entre ambos extremos, entre la disidencia radical y la colaboración plena, no hubo -no pudo haber habido- una zona social neutra, ignorante o sufriente, sino una gama infinita de grises, de actitudes ambiguas, de transacciones, de pequeñas concesiones para sobrevivir o para posibilitar otras apuestas, de silencios reticentes o de adopción ritual de formas discursivas aceptadas, para poder introducir a través de ellas otros mensajes. ¿Consenso pasivo? ¿Resistencia sorda? ¿Realismo y visión de futuro? No hay fórmula que sintetice o agote este complejo mundo de la vida real durante una dictadura, que desborda los marcos de cualquier juicio valorativo contundente.

En cambio, la visión del Proceso construida durante la transición democrática fue categóricamente valorativa. No hubo lugar para los grises. El demonio subversivo fue escindido de la sociedad, que fue presentada en conjunto como víctima. El demonio represor fue idealizado: se trató de un régimen uno, homogéneo, casi abstracto. Cada una de sus acciones obedecía a un designio coherente y sistemático, y aún las que eran visiblemente incoherentes, o el fruto claro de disidencias internas, eran compuestas e integradas en un sistema, que resultaba más perverso aún por ser capaz de potenciarse en la aparente incoherencia. Se trataba de un sistema mucho más abstracto y conceptual en tanto no se sintetizaba en la figura -eventualmente humana- de un dictador. Fue la dictadura en estado puro, el sumo mal, el demonio en toda su potencia.

En el mismo acto en que se demonizó el Proceso, se construyó la imagen exactamente inversa: una democracia que, a priori y por definición, era buena y potente. Vencedora en un combate que en realidad no había librado, alimentada por la cultura de los derechos humanos, que hasta entonces solo había atendido esporádicamente, la opinión pública dominante construyó a lo largo de 1983 un actor político para la nueva democracia: la civilidad. De acuerdo con una concepción clásica -pueden adivinarse las palabras de “Que es el tercer Estado” de Sieyès-, la civilidad integraba a la sociedad toda, con excepción de una minoría indigna de ser tomada en cuenta: los responsables del Proceso. Diferentes partidos políticos expresarían la pluralidad de opiniones que circulaban en su seno, pero ante las cuestiones fundamentales de la democracia, las que hacen al interés general, la civilidad era una y unánime, votada al interés general e intrínsecamente buena.

Publicado en La Capital

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