Luis Alberto Romero

artículo publicado

23 de diciembre de 2014

La dialéctica de la mala gestión y la corrupción

De cómo la ineficiencia no es una consecuencia indeseada sino una condición sine qua non del sistema corrupto.

¿Qué es lo peor del kirchnerismo? ¿La corrupción o la pésima gestión? Hace poco, un empresario veterano, que también es historiador, me dio la respuesta.

En su breve paso por la obra pública, le oyó al ministro De Vido explicar que para el Gobierno había empresarios “amigos” y otros sólo “conocidos”. A los “amigos” el Gobierno les anticipa 15% del total de la obra adjudicada, en lugar del usual pago por tramo ejecutado.

De ese monto, dos terceras partes aproximadamente vuelve a los mismos funcionarios que adjudicaron la obra, a través de un sencillo sistema de facturas y cheques.

Luego de esta transacción inicial, el Gobierno no exige el cumplimiento de la obra, y ni siquiera lo estimula. Los funcionarios técnicos desaparecen de escena, y los administrativos hacen saber que, para el futuro, los pagos correrán igual suerte que los de cualquier acreedor del Estado.
En muchísimos casos la obra no se hace. El empresario se queda con el 5% anticipado, y los funcionarios que manejan la operación mantienen su capital de giro, disponible para iniciar de inmediato una similar. Eventualmente, hasta puede haber una segunda licitación, y hasta una segunda inauguración.

Parafraseando una frase de Mussolini referida a los soldados desertores, “obra que no se hace, sirve para otra vez”. Claro como el agua para cualquiera que transita esos ámbitos, pero no para el ingenuo historiador que, por deformación profesional, analiza separadamente la mala gestión estatal y la corrupción.
Es cierto que ambas historias fueron diferentes. Los gobernantes de la década de 1880, aunque en algunas cuestiones fueron extraordinariamente corruptos, también tuvieron una gran capacidad para desarrollar políticas constructivas de largo plazo, como lo fueron la educativa, la sanitaria, la ferroviaria, la vial, la petrolera o la de información estadística.

En cada caso hubo una agencia estatal largamente construida, y un núcleo siempre renovado de profesionales expertos -educadores, ingenieros, médicos sanitaristas- entre quienes se transmitía y ampliaba el saber acumulado.
El Estado funcionó más o menos bien hasta hace cuarenta años, cuando fue una de las víctimas de la crisis general del país. Desde mediados de los años setenta, la consigna de achicar el Estado encubrió la supresión o jibarización de muchas dependencias, la dispersión de sus funcionarios expertos, su remplazo por representantes de intereses privados y la descalificación general de la burocracia y sus normas.

Basta observar la educación, sus logros y la calidad de sus agentes, para advertir la medida de esos cambios.
La historia de la corrupción, por su parte, requiere de alguna precisión para no terminar hablando de Hernandarias, Juan Larrea y el ADN argentino. Es imposible imaginar un Estado que funcione sin algo de lo que corrientemente se llama corrupción.

Pero hay casos en que ésta deja de ser un elemento marginal y se convierte en central, como la Old Corruption de Inglaterra en el siglo XVIII o el spoil system norteamericano.

Ya hubo corrupción en las buenas épocas de nuestro Estado, pero con la crisis desencadenada en los años setenta se produjo un salto cualitativo, en parte por la degradación de los códigos burocráticos y en parte porque el nuevo equilibrio social aumentó el poder del sector empresario depredador.
Los militares de la dictadura aprovecharon su turno con las obras del Mundial e YPF, que compartieron con la “patria contratista” y la “patria financiera”. Con Alfonsín prosperaron los “capitanes de industria”, y con Menem los beneficiarios de las privatizaciones.

En todas estas operaciones hubo mucho dinero para aceitar los procedimientos y estimular a los funcionarios dueños de la imprescindible firma. En los años noventa, esta situación se sintetizó en la frase, quizá apócrifa, de “robo para la Corona”, y en la imagen de la “carpa chica”, con resonancias weberianas, de poderosos gobernantes patrimonialistas turcos.
En ambos aspectos, el kirchnerismo realizó el pasaje a una fase superior. La corrupción de los noventa, que pareció el non plus ultra, pasó a ser el ensayo juvenil de la gran obra de la madurez: el montaje de un aparato sistemático de expoliación del Estado organizado por un grupo de sus gobernantes.

Fue un verdadero triunfo de la política, como muchas veces dijo Néstor Kirchner de su gobierno. De modestos perceptores de “retornos” pasaron a ser los organizadores de un sistema dirigido a la apropiación de la empresa beneficiada, o de una parte. Otra dimensión del sistema consistió en transferir el activo financiero al exterior.

Si se mira lo que hicieron Putin y los suyos en la Rusia post soviética, podemos pensar que esta historia no ha terminado, y que esa fortuna podría contener la base para una futura reconstrucción del poder que hoy parece llegar a su fin.
Desde el punto de vista de la gestión, la acumulación de fracasos, como en la energía o los transportes, sólo en parte puede atribuirse a la falta de capacidad de un gobierno discrecional, apegado a los golpes de efecto y preocupado por desparramar subsidios, luego traducidos en votos.

La destrucción institucional sistemática, desde el “Congreso escribanía” hasta los “fiscales de la patria” permitieron el desarrollo ilimitado del gobierno discrecional, capaz de hacer desastres allí donde extiende su mano.
Lo más original y verdaderamente admirable de este gobierno es la síntesis dialéctica que ha hecho de estas dos historias, la corrupción y la mala gestión.

Esta última es, en buena medida, deliberada pues es una de las condiciones del régimen de acumulación montado. Como me explicó mi colega empresario, la obra pública no debe ser hecha porque los recursos para pagarla en realidad están destinados a proseguir con la calesita de las licitaciones.

Los subsidios al transporte son necesarios para expoliar a los usuarios a través de los concesionarios, y así sucesivamente. Es difícil imaginar una combinación más ingeniosa y a la vez mas terriblemente perversa. Sin duda, los Kirchner tienen ganado un lugar en la historia.

Publicado en Los Andes

Etiquetas: Corrupción, Kirchnerismo, Mala gestión, Menemismo

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