Luis Alberto Romero

artículo publicado

Abril de 2014

La escuela, la pobreza, la inclusión y el mérito

En muchos terrenos, la Argentina tiene hoy que encontrar una respuesta a los problemas urgentes y a la vez adoptar un rumbo que mire al largo plazo. No es sencillo convertir esto en etapas de un mismo plan, pues a menudo son opciones que van en sentido contrario. Creo que es lo que le ocurre hoy a las escuelas en las zonas de pobreza, que deben elegir entre el camino de la inclusión o el del mérito.

La escuela de la Argentina igualitaria

Esa disyuntiva no se planteaba en la vieja Argentina, próspera, igualitaria y con un Estado potente. Más bien, eran dos aspectos de una misma política y de un mismo proceso de la sociedad. A fines del siglo XIX el Estado adoptó un rumbo educativo que sostuvo durante muchas décadas. El primer esfuerzo estuvo en la enseñanza básica y en la formación de los maestros. Luego se expandió la enseñanza media y la técnica y finalmente la universidad incorporó muchos estudiantes, combinando con dificultades la masificación y la excelencia.

Fue la educación de una sociedad nueva, abierta y democrática, que satisfacía las demandas de integración, ciudadanización y nacionalización de quienes llegaban al país moderno. En una sociedad babélica, la escuela primaria suministró un soporte básico para la nacionalidad: la lengua, la historia, la geografía y el civismo. También fue un ejemplo inmediato y tangible del Estado y de la convivencia ciudadana buscados: normas claras y firmes, autoridades responsables y formación del juicio razonable de cada uno.

La escuela pública, gratuita y excelente ofreció oportunidades iguales para todos. A la vez, fue exigente y demandó trabajo y dedicación. Pasar de grado, tener el sexto grado completo o ingresar en la escuela media eran logros importantes, y así fueron entendidos. Cotidianamente, la institución reconoció y premió el mérito, planteó metas difíciles, aspiró a que todos las superaran y  reconoció a quienes lo lograban. Los maestros fueron, ellos mismos, un ejemplo del mérito, sobre él que fundaban una autoridad reconocida por alumnos y padres.

La escuela fue la matriz adecuada para incorporar a los niños a una sociedad democrática y de oportunidades, singular en el contexto de los países cercanos. Abundaban ejemplos de los recién llegados o de sus hijos, que ascendían varios peldaños en una escala social sin cortes tajantes. Fue una sociedad democrática, que rápidamente erosionó los antiguos privilegios y afirmó que nadie era más que nadie. Fue una sociedad móvil porque cada uno pudo llegar hasta donde su talento y su esfuerzo lo permitían. Pero las diferencias no se cristalizaron, y el camino siempre siguió abierto.

Creo que esta versión, muy estilizada, es válida pese a las diferencias entre los distintos gobiernos. Pero desde los años cincuenta del siglo pasado se notó una pérdida de impulso del Estado; flaqueó su presupuesto, y su capacidad de gestión y control, precisamente cuando las demandas educativas se hacían más fuertes. Las flaquezas se notaron en la difícil inserción profesional de los graduados universitarios -la clásica imagen del arquitecto taxista-, y en la formación docente, que comenzó a retrasarse. Otro factor fue el avance de la sindicalización docente y la participación intensa de sus gremios en la puja distributiva, afectando -como ocurre con los servicios públicos- a los usuarios, los alumnos. No es casual que, en ese contexto, creciera la educación de gestión privada, sostenida en buena medida por un Estado cada vez menos capaz de gestionar sus escuelas.

Crisis social y crisis escolar

Desde mediados de los años setenta el país se transformó y entró en un ciclo de declinación. Lo expliqué en mi libro, La crisis argentina. Del siglo XX al XXI, y lo menciono brevemente ahora.

Padecemos una crisis estatal y una crisis social. Ni el Estado potente ni la sociedad democrática existen ya. El Estado soportó problemas propios, como su desfinanciamiento y el endeudamiento, pero además fue objeto de políticas sistemáticas, inauguradas por el célebre “achicar el Estado es agrandar la nación”, de la dictadura. Se redujeron los servicios públicos básicos -seguridad, salud, educación-, se desarmaron sus agencias y reparticiones,se desautorizó y descalificó  su funcionariado, y se achicaron los mecanismos de control. Desde hace mucho el Estado no puede sostener políticas universales y se limita a apagar los focos de incendio.

La sociedad integrada, móvil y democrática quedó en el recuerdo. La actual está cada vez más segmentada, con una clase media que se desgrana y resiste con dificultades, y un mundo de la pobreza voluminoso, segregado y que ha construido su propia organicidad, al borde o al margen de la ley. La prolongada desocupación corroyó la idea de que el trabajo es importante; el trabajo ocasional puede alternar con la delincuencia y la cerveza va dejando lugar a la droga.

La crisis golpea a la escuela por todos lados. La crisis estatal significa problemas presupuestarios, desmejora de la formación docente, agudización de la conflictividad sindical, debilitamiento de la gestión, es decir la réplica micro institucional de los fenómenos generales. El vuelco de muchos padres hacia las escuelas de gestión privadas -básicamente mejor dirigidas-, profundiza la segregación social de las estatales. Sus alumnos arrastran todos los males del mundo de la pobreza, desde la desnutrición o el ínfimo capital cultural hasta la indiferencia por el estudio o una singular idea de la norma y la ley. Sobre los docentes caen tanto los problemas institucionales como los de sus alumnos.

Qué hacer con el país y con la escuela

Trazar políticas para hoy y para dentro de diez años exige atacar simultáneamente los problemas del  Estado y la pobreza. Ambas cuestiones se cruzan en un punto: un Estado reconstituido debe tener agencias locales, que actúen directamente sobre un mundo hoy abandonado.  En cada barrio debe haber un policía, un fiscal, un hospital y una escuela. De todas esas instituciones, la que hoy está en mejores condiciones es la escuela, donde pese a todo sobrevive el núcleo de mayor institucionalidad.

Por eso, se viene delegando en ellas la atención de los chicos y adolescentes. En medio del pandemonio social y cultural, la primera reacción es sacarlos de la calle y ponerlos en la escuela. Alimentarlos, vacunarlos, contenerlos, desintoxicarlos. La prioridad es la inclusión, que es casi lo contrario de la antigua integración social.

Todo lo que se haga en ese sentido -por cierto urgente e imprescindible- va en detrimento de la función específica de la escuela: enseñar y enseñar a aprender. Las necesidades de la inclusión son subrayadas por directivas estatales más preocupadas  por la retención que por la calidad de la enseñanza. Si es necesario evitar que los chicos se vayan, hay que bajar requisitos o exigencias, pasar por alto las transgresiones, asimilar la violencia, relajar la institución para que sea inclusiva.. Finalmente, la escuela va en camino de reproducir en su interior los modos de ser de la sociedad en la que se inserta, hasta que termine perdiendo su capacidad para operar sobre ella y se limite a reproducirla.

A la hora de pensar en políticas no limitadas al presente existe otra alternativa: recuperar la dimensión educativa de la institución. Volver a la escuela y reconstruirla. Hay que reconstruir la normatividad, reivindicar la función del director y volver a tener docentes convencidos de la importancia de la instrucción, el trabajo y el empeño.

Sobre todo, hay que motivar el trabajo de los alumnos. La cola en la silla, se decía antes. Esto demanda reconocer el esfuerzo de cada uno,  premiar el mérito y poner en evidencia la falta de trabajo y dedicación. No se trata de consagrar la competencia, pero tampoco de ignorar la diferencia en el empeño. En la escuela, y en cualquier otro ámbito de la sociedad, la institución solo puede hacer una parte del trabajo: ayudar a ayudarse. La otra la debe hacer cada uno, como en los grupos de auto ayuda. El premio al talento, una idea clásica, sobre la que se construyó la escuela, hoy no está muy de moda. Pero en mi opinión es la única que puede invertir el sentido en el que gira hoy la rueda de la fatalidad social.

Son dos opciones. El camino de lo que hoy se entiende por inclusión quizá tranquilice las conciencias pero sin duda reproduce las condiciones sociales y culturales. El camino del mérito es una apuesta, muy costosa, de la que puede surgir una transformación. Combinarlas es difícil, pero esa es la tarea de los dirigentes políticos.

Publicado en Laberintos, Revista de la Asociación de Instituciones Educativas Privadas de Bs. As.

Etiquetas: Movilidad social, Pobreza

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