Luis Alberto Romero

artículo publicado

6 de diciembre de 2008

La historia bajo la lupa

Entrevista a Luis Alberto Romero
Por Esteban Brizuela 

 

En la segunda mitad del siglo XX, hubo dos historiadores que se convirtieron en los referentes de lo que se conoció como la renovación historiográfica de los años sesenta. Uno de ellos aún vive: estamos hablando de Tulio Halperín Donghi. El otro,José Luis Romero, murió en 1977.

Siguiendo los pasos de su padre, Luis Alberto Romero decidió dedicarse a esa labor- que no pocas veces se parece a la del artesano- que consiste en hurgar las huellas del pasado, para luego observarlas y estudiarlas.

Así como José Luis fue un referente de toda una generación de historiadores, Luis Alberto lo es actualmente para todos aquellos que eligen esta carrera. Ha escrito una buena cantidad de libros y artículos y ha colaborado notablemente en el impulso que tuvieron los estudios históricos con posterioridad a 1983.

Romero estuvo hace pocos días –y por primera vez- en Santiago del Estero. En la última conferencia del ciclo “Argentina y el mundo”,  que organiza La Fundación Cultural y La Fundación Hamburgo, fue el encargado de disertar sobre los 25 años de democracia en el país.

Aprovechando esta circunstancia, LA COLUMNA dialogó con él de diferentes temas: el cuarto de siglo de vida democrática, el nacionalismo, la construcción de relatos sobre el pasado y la divulgación histórica.

 

L.C.: Sabemos que en los procesos históricos existen cambios y continuidades. En estos 25 años de democracia ¿cuáles son los cambios y continuidades que usted percibe en relación con la última dictadura militar?

Romero: Yo me pondría en 1984, en la idea fundacional de ese año: una democracia institucional, basada en la soberanía de la ley, el pluralismo, la discusión racional, la representación política y las instituciones republicanas. Esto era una ruptura, y la gente de mi edad creyó entender que después de la experiencia militar, esta ruptura era posible.  Ahora, gradualmente, las cosas están pareciéndose a como eran antes del 84. O sea, nosotros no tenemos una dictadura militar, pero tenemos un congreso que vota un presupuesto y simultáneamente le dice al presidente, “usted haga con esto lo que quiera”: lo cumple o no, acomoda las partidas, etc.  Y se pueden agregar muchos ejemplos. Hugo Quiroga tiene una frase muy linda: “la Argentina es un país en emergencia permanente”. Por lo tanto, siempre estamos en crisis, y siempre necesitamos esa concentración de poder que los presidentes reclaman. Con esto, no quiero decir que nos estamos pareciendo a la dictadura porque sería una injusticia, pero….

 

EL NACIONALISMO Y LOS RELATOS DEL PASADO

L.C.: Un articulo suyo se titula “Un nacionalismo para la democracia”. ¿Considera que deberíamos ser más nacionalistas los argentinos, aún cuando este concepto haya tenido connotaciones sumamente nocivas en el pasado (antisemitismo, autoritarismo, exacerbación de pasiones)?

Romero: El nacionalismo, para el historiador, tiene esta característica de ser un objeto enormemente plástico, que no se define tanto conceptual como emotivamente. Entonces, hay nacionalismo para las cosas más variadas: un nacionalismo liberal, un nacionalismo republicano, un nacionalismo de construcción de estados. Nosotros, en la Argentina del siglo XX, tenemos un nacionalismo-en mi opinión- muy enfermo que sostiene la idea de una nación homogénea y unánime, con alguien que decide cuál es el centro de esa unanimidad y pone a gente adentro y afuera. Por ejemplo, la Iglesia Católica dice “la Argentina es una nación católica”, y los que no somos católicos pasamos a ser ciudadanos de segunda. Esto creo que también lo hizo el Ejército, y lo hicieron a su manera tanto el radicalismo como el peronismo. Si miramos lo que ocurrió en la Guerra de Malvinas, queda clara la dimensión enferma de esto.  A mí como ciudadano, me gusta cuestionar esa idea y destruirla. Por ejemplo, me gusta decir que no es cierto que los argentinos tengan derechos inalienables sobre las Malvinas, mejor preguntémosle a sus habitantes qué quieren hacer. A la vez, una comunidad política- esto nos enseñan los libros- alguna cosa se cuenta a sí misma sobre por qué estamos juntos. No puede existir una comunidad sin ese relato que explique la unidad, ni una familia, ni una sociedad de fomento, ni un grupo de historiadores. El grupo de historiadores del que formo parte, nos contamos una cierta historia: de dónde venimos, hacia dónde vamos. De modo que la Argentina necesita un relato, no basta con des-construir uno: hay que pensar cómo se construye el otro. Y ese relato puede ser virtuoso. Ahora, nosotros estamos acostumbrados a la idea de que los relatos se construyen, que no son reales y que cada uno lo lleva para su lado. Pero pensemos en un relato virtuoso, que ponga el acento no en la homogeneidad sino en la diversidad.  

L.C.: Uno de los relatos sobre nuestro pasado que se escucha a menudo, sugiere que el último proyecto nacional fue el de la Generación del ochenta. Sin embargo, usted cuestiona este consenso.    

Romero: En la década del sesenta, estábamos muy acostumbrados a los planes nacionales de desarrollo, a la planificación, y con esa idea mirábamos el pasado y buscábamos en qué momento existió una agencia que se ocupara de planificar el desarrollo, e imaginábamos que los hombres del ochenta se juntaban y elaboraban un proyecto. Basta mirar lo que pasó para comprobar que había unas peleas espantosas, y no tenían la menor idea de que estaban haciendo un proyecto. Muchos de ellos se consideraban enemigos mortales, aún cuando hoy y vistos en perspectivas, estaban diciendo lo mismo. Yo creo que los proyectos son así, una decantación de conflictos, no una proposición homogénea. En realidad, es lo que queda después que la gente discutió, porque es buena la discusión.     

L.C.: Sigamos con esto de la manera en que miramos el pasado. Comparando la sociedad argentina con la brasileña, hay una característica que nos diferencia, y es nuestra permanente recurrencia a la historia para explicar el presente. En cambio, no sucede esto en Brasil.     

Romero: Bueno, tenga unas ideas en borrador sobre este tema. Creo que hay una diferencia muy grande entre la sociedad argentina democrática del siglo XX y la sociedad brasileña, que lentamente salió de la esclavitud. La sociedad brasileña hasta hace poco- y quizá hoy todavía- tenía una porción grande de gente que no tenía participación en los debates públicos. Los debates sobre la nacionalidad son principalmente debates de elites. Hay un historiador brasileño, Murilho de Carvalho,que dice que la forma más adecuada de gobierno para Brasil habría sido una monarquía, y no una república. En cambio, en la Argentina, todas estas cuestiones casi desesperadas sobre la identidad, me parece que están relacionadas con el hecho de que es una sociedad en la que todo el mundo está integrándose y preguntándose cuál es su lugar. Porque esto de ser una sociedad democrática no significa que todas sea color de rosas. (Alexis de)Tocqueville y (Francois) Furet  analizan la democratización de la sociedad en el siglo XIX y ven ahí cosas muy duras, por ejemplo, la idea de que la mitad más uno se impone a la mitad menos uno. Nuestras pasiones nacionalistas se entienden por ese lado y tienen que ver con que hay mucha gente opinando, y si ahora se han atenuado, no es porque seamos maduros sino porque estamos más “latinoamericanizados”.

L.C.: Por último, usted es muy critico de los libros de divulgación de autores como Felipe Pigna y Pacho O’Donell. En cambio, algunos de sus colegas prefieren no opinar, o bien decir: “es preferible que lean eso antes que nada”.   

Romero: Bueno, pienso las dos cosas. Considero que por un lado siempre es bueno leer, más ahora que está en decadencia el hábito de la lectura. Pero, creo que en algún lugar hay que decirle a los lectores: esto que están leyendo no es exactamente historia, es política del pasado. Si los autores lo declararan, sería más saludable todavía.                                              

 

PRODUCIR EL VOTO

L.C.: Una de las cuestiones clave en los procesos democráticos es el sufragio. ¿Cuál es su opinión con respecto a la calidad del voto en Argentina, teniendo en cuenta que muchos hablan del “voto cautivo”?

Romero: Una cosa en la que estoy pensando últimamente es que en esta Argentina es fácil producir el voto. Los que gobiernan pueden cada dos años hacer que los electores voten en el sentido de confirmar a los que están. Y esto creo que es más fácil en una sociedad empobrecida, donde el asistencialismo sirve para generar voto. Kirchner ha llevado al extremo este mecanismo. Actualmente, un 40 % de la sociedad argentina puede conducir el sufragio a la legitimación de los que están. En la sociedad dinámica y pujante de los cuarenta y los cincuenta eso no hubiera funcionado.

Publicado en El Liberal - Santiago del Estero

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