Luis Alberto Romero

artículo publicado

1ro de noviembre de 2011

La historia no se repite, pero a veces suele advertir

Afortunadamente, la historia no se repite. Si no fuera así, los argentinos deberíamos estar muy preocupados por la reciente reelección presidencial, pues los precedentes no son alentadores, ni para los reelectos ni sobre todo para el país. Veamos los casos.

Roca concluyó en 1886 una primera presidencia razonablemente exitosa. Los diez años siguientes fueron tormentosos, y en 1898 su postulación a un nuevo mandato tuvo un amplio apoyo. Roca pudo resolver adecuadamente la cuestión más difícil -el litigio con Chile- pero en otros ámbitos encontró sorpresivas resistencias. Los obreros organizaron huelgas duras, duramente reprimidas. Una reforma educativa, que revertía la ley 1420, fue ampliamente rechazada por los docentes y la opinión, que se movilizó para oponerse también a la renegociación de la deuda externa. La ruptura de Roca con Pellegrini, su socio de veinte años, inició una crisis política que en 1904 empantanó la sucesión presidencial. Roca terminó su período con poco prestigio, muy criticado, y su figura se eclipsó rápidamente.

En 1928 fue nuevamente electo Hipólito Yrigoyen, quien había gobernado entre 1916 y 1922. Con el 57% de los votos, más que duplicó los de su competidor. Fue un verdadero plebiscito, logrado desde la oposición y con la máquina gubernamental en contra. Pero de inmediato las cosas comenzaron a andar mal, y no solo por la crisis económica mundial. El presidente, anciano y con problemas de atención, no pudo controlar a sus partidarios, ya divididos por las expectativas de la sucesión. En marzo de 1930 sufrió un descalabro electoral en la Capital, tan contundente como su triunfo de 1928.  Poco después se produjo el golpe, que tuvo el apoyo de un extenso arco de fuerzas políticas y civiles, transitoriamente acordes en la urgencia de un cambio. El resto de la gente miró las cosas con indiferencia, aunque poco después, en 1933, una muchedumbre se reunió para llorar su muerte.

A fines de 1951 fue reelecto Juan Domingo Perón. Con el 55% de los votos, el doble que el segundo, fue otro plebiscito. De inmediato vinieron la muerte de Evita y la dura crisis económica. Perón la enfrentó con cambios de rumbo, que tensaron su frente interno. Empresarios y sindicalistas se enfrentaron por la cuestión de la productividad, los nacionalistas resistieron los contratos petroleros y el Ejército aumentó sus demandas. Pero además, Perón no era el de antes, quizá porque faltaba el celo vigilante de Evita. El “viudo inconsolable” -como decía la prensa de Apold- se entretuvo en diversiones inocentes, desatendió la gestión cotidiana y comenzó a cometer gruesos errores,  hasta concluir con el conflicto con la Iglesia, que desencadenó su ruina. Apenas cuatro años después de su plebiscito, otras multitudes se reunieron para celebrar su caída y derribar sus estatuas.

Perón tuvo un nuevo turno en 1973. Fue plebiscitado en Ezeiza y otra vez en la elección de setiembre, donde obtuvo el 61%. También lo fue, en cierto sentido, en su apoteósico funeral, en julio de 1974. Entre el retorno y la muerte transcurrió una extraña presidencia. Con amplio consenso, se le confiaron poderes excepcionales para resolver una crisis profunda. No bastó, y no solo porque estaba viejo. Probablemente hubiera podido manejar el conflicto interno, cuando decidió apoyarse en el sector tradicional y liquidar a la “tendencia revolucionaria”. Pero además, estaba la exacerbada puja  corporativa. Apostó a reconstruir la autoridad del Estado y a encuadrar los conflictos en el Pacto Social. El 12 de junio declaró su fracaso, en la Plaza de Mayo, y poco después murió. Lo que siguió es conocido.

En 1995 Carlos Menem fue reelecto. Además de lograr la aceptación de reformas profundas, cuyos efectos tardaron en notarse, consiguió reformar la Constitución y habilitar su reelección. Hasta lo benefició la “crisis del tequila”, que en vísperas del comicio mostró el abismo cercano, y logró un 50% de los votos. Pero de inmediato, los problemas comenzaron a acumularse: las crisis mundiales desnudaron la vulnerabilidad de la economía; estallaron conflictos sociales cada vez más violentos; la oposición encontró un discurso adecuado, combinando la crítica de la corrupción con la defensa de la Convertibilidad. Por último, la postulación de Duhalde para sucederlo dividió profundamente al peronismo. El prestigio de Menem cayó al piso, mientras la crisis económica avanzaba incontenible, y llegó al final de su mandato “pidiendo la hora”.

Digámoslo nuevamente: la historia no se repite. Es cierto que cada presidente reelecto creyó tener asegurado un futuro tranquilo, y no resultó así. Pero esta vez hay algo más que promesas. Repasemos las causas de las anteriores crisis. No tenemos un presidente anciano o distraído. Las Fuerzas Armadas no amenazan el orden institucional. La economía seguirá próspera y el frente externo está blindado. El Estado tiene amplio margen para mantener su política de subsidios, maneja con comodidad las disputas sectoriales y los conflictos sociales se van aquietando merced a las políticas de inclusión. No hay conflictos ni facciones en el frente gubernamental. La oposición carece de propuestas alternativas, pues la corrupción y la concentración del poder no preocupan mayormente. La sucesión es una cuestión lejana, y alguna solución habrá. En suma, el país puede encarar esta vez con optimismo la situación, otrora problemática, de un segundo mandato presidencial.

Publicado en Clarín

Etiquetas: 2011, Cristina Kirchner, Segundas presidencias

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