Luis Alberto Romero

artículo publicado

19 de mayo de 2019

La historia: presente, pasado y futuro

En un hermoso texto, el historiador francés Marc Bloch definió el oficio de historiador de manera concisa e impecable: se trata de comprender el presente por el pasado, y el pasado por el presente. Leí la frase hace más de cincuenta años, y no se me ocurre una forma mejor de plantear el problema. 

Mucha gente estudia lo que ya pasó por curiosidad. Magnífico. Los historiadores tienen además otra aspiración: estudian el pasado porque les interesa el presente, y están convencidos de que pueden explicarlo. ¿Está justificada esa pretensión?

Los medios y las redes sociales nos bombardean con información sobre el presente instantáneo, y cuanto más nos dicen menos entendemos. Si eso nos preocupan, recurrimos a la columna periodística, donde alguien ordena los datos y esboza explicaciones. Es decir, agrega a la realidad una segunda dimensión.

La tercera dimensión la provee la historia. Cada suceso se ubica en el cruce de distintos procesos, algunos más acotados, otros de larga data, que le dan sentido. Las todavía recientes guerras en la península balcánica -Kosovo, Bosnia, Croacia- tienen que ver con la disgregación del estado yugoslavo, consolidado por el mariscal Tito luego de la Segunda Guerra Mundial. Pero ese estado había surgido en 1918, con la disgregación del Imperio Austro-Húngaro. Los virulentos conflictos de nacionalidades y etnias en el seno del Imperio, y la misma constitución de la idea de nacionalidad, propios del siglo XIX, son indispensables para entender como se llegó a las guerras recientes. También, quizá, convenga repasar la instalación turca en los Balcanes del siglo XIV, la expansión de poblaciones alemanas del siglo XIII, o los movimientos de los pueblos eslavos de la temprana Edad Media.

Es fácil repetir este ejercicio con cualquier otro tema que interese. El pasado encierra muchas de las claves para entender el presente en que vivimos, y la historia, como disciplina científica, posee una clave que le es propia: mirar el presente desde el pasado, como una película, que transcurre hasta el momento mismo en que nosotros, en nuestro presente, aparecemos como actores y protagonistas.

Miremos las cosas en sentido contrario. Frente al pasado, tenemos a nuestra disposición muchas películas: ¿cuál elegimos? Según lo que esté buscando, el historiador elegirá una u otra, iluminando  el pasado con su linterna aquí y allá. Elige por gustos personales, pero también influyen en él los intereses, las preguntas, las angustias de quienes lo rodean. En la elección de los temas hay siempre una combinación de decisiones individuales y de cambiantes demandas sociales.

Las preguntas están siempre renovándose. La conciencia ambiental ha estimulado la “historia ecológica”: cómo trataron nuestros antecesores la dotación de recursos naturales de la humanidad, que hoy sabemos finitos. Hace cincuenta años, en una época revolucionaria, estudiábamos los movimientos sociales, ya fuera en Rusia, Francia o el Imperio Romano. En el siglo XIX, en plena formación de las nacionalidades y de consolidación de los estados, se preguntaban en qué momento, como y contra quien había surgido la patria. 

Muy diferentes, obedecen a una preocupación común. Le preguntamos a la historia quiénes somos, y en que circunstancias vivimos, de dónde venimos, y quizá, a dónde vamos. Y lo hacemos porque queremos hacer algo con nuestras vidas. Interrogamos al pasado desde nuestro presente y pensando en nuestros proyectos. Con mayor o menor profundidad, según las épocas y la capacidad de ilusionarnos. Pero el doble movimiento existe siempre: del presente al futuro y al pasado.

La inquietud que mueve al conjunto de la gente y a los historiadores es la misma, pero la manera de responder es diferente. El pasado es de todos, y cada uno tiene derecho a reconstruirlo del modo que más le guste: hay quienes prefieren las versiones míticas, las religiosas, las que justifican una posición política, las que atenúan los problemas, las que convierten procesos complejos en simples, las que encuentran siempre a los buenos y a los malos. La conciencia histórica de una sociedad es construida por muchos: novelistas, profetas, psicoanalistas, políticos, periodistas o gurúes; lo hacen a su manera y está bien que así sea. 

Los historiadores también lo hacen, a su modo. Procuran ser rigurosos, siguiendo las reglas de su oficio. Saben que no hay verdades absolutas, pero se ajustan a los criterios de verdad válidos para su tiempo. Tienen simpatías, intereses y pasiones, pero aprenden a controlarlos y a declararlos. Sobre todo, aprenden a aceptar la crítica de sus colegas, siempre atentos a deslices, simpatías, proyecciones. Si bien no alcanzan la verdad última –que no la hay- construyen, con esos límites, un conocimiento verdadero. ¿Es también útil?

La historia es la maestra de la vida, dijo Cicerón. Durante mucho tiempo se buscó en ella lecciones sobre cómo enfrentar los problemas: al fin -se pensaba-, la naturaleza humana es inmutable, y lo que fue válido en el pasado también lo será en el presente y el futuro. Hoy nadie espera de la historia lecciones específicas, ni tampoco predicciones puntuales.  

Y sin embargo, la vieja fórmula encierra una verdad más profunda. Quien se interesa por la historia se pregunta por si mismo y por sus circunstancias, pues quiere vivir y actuar. Quizá quiere acomodarse a esas circunstancias, quizá pretende modificarlas, poco o mucho. ¿Nos ordena la historia cómo actuar? No. No hay una “ley de la historia” que demuestre que el mundo marcha hacia la democracia, el socialismo o la redención. El sentido que le daremos a nuestras acciones lo elegimos nosotros y depende de nuestros valores, de aquellas cosas en las que creemos. 

Pero el conocimiento de la historia nos pone en situación, nos muestra las opciones y las limitaciones. Nos explica cómo fue la película hasta el momento en que nosotros mismos nos convertimos en protagonistas, y nos invita a actuar, sin libreto definido. Para cada uno de nosotros las posibilidades no son infinitas: vivimos en nuestras circunstancias. Pero dentro de esos márgenes de determinación, las maneras de continuar la historia son distintas, y la obra tiene final abierto. 

La historia nos muestra cuáles son nuestras posibilidades, nos invita a asumir nuestras responsabilidades y nos deja ante la acción. Nuestros hijos o nuestros nietos nos verán, como parte de una película ya definida, que ellos recibirán abierta. La historia, siempre renovada, mantiene constante su invitación a pensar, juntos, el presente, el pasado y el futuro.

Publicado en Los Andes

Etiquetas: Historia y acción humana, Historia y periodismo, Historia: pasado y futuro, Las preguntas al pasado, Utilidad de la historia

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