Luis Alberto Romero

artículo publicado

28 de noviembre de 2020

La idea de populismo. Dilemas para la democracia del siglo XXI

El mundo vive un “momento populista”. Quizá porque ciertos recursos políticos se han popularizado entre fuerzas políticas muy diferentes. O más probablemente, por el uso abusivo de una palabra de moda, que además porta una carga valorativa grande. Por otra parte, suele considerárselo un fenómeno original del siglo XXI, aunque es evidente que cada uno de sus rasgos está presente en la política de masas desde finales del siglo XIX, en combinaciones siempre singulares.

El libro de Pierre Rosanvallon (1948) El siglo del populismo  ayuda a poner algo de claridad. Profesor del Collège de France, ha dedicado su vida a estudiar la historia y la teoría de la democracia, en Francia y en el mundo. Lo hace definiendo estrictamente su objeto: una historia conceptual de la política, con referencias mínimas a la historia política y sin ninguna concesión a la historia social.

Rosanvallon construye un método para explicar la dinámica interna del proceso de las ideas, cuyo principio motor encuentra en sus propias tensiones y contradicciones. Estas generan equilibrios transitorios e interrogaciones problemáticas que impulsan nuevas soluciones, nunca definitivas. Desde ese punto de vista, la democracia no es un régimen definible, sino un proceso abierto, en constante reformulación, con desafíos que a veces fortalecen sus raíces y a veces las ponen en peligro, y con una historicidad de final abierto. En este punto, la investigación del académico se desliza con naturalidad y sin tensiones a la propuesta del ciudadano.

Desde 1976 publicó muchos libros. Extensos, los dedicados a la historia de la democracia francesa. Más breves, de frecuencia anual, los dedicados a los problemas contemporáneos, como el estado providencia, la contrademocracia, el buen gobierno y hoy, el populismo. Pero en realidad, toda la obra de Rosanvallon es el testimonio de un único pensamiento en proceso. En cada nuevo libro recapitula lo hecho y avanza en un tema nuevo: una versión provisoria, con las debilidades de los brotes tempranos, que en algunos casos llegarán a ser ramas vigorosas.

Rosanvallon observa en nuestro siglo una revitalización de la demanda democrática y, a la vez, una insatisfacción que desestabiliza el proyecto democrático. Fruto de esa tensión es el populismo, que revoluciona la política del siglo XXI, reformulando la democracia y a la vez amenazándola.

Sus orígenes están en las contradicciones, las “aporías” de la democracia, analizadas largamente en sus obras previas: la dificultad para encontrar una versión verosímil del abstracto “pueblo soberano”; la tensión entre el principio representativo y el anhelo de un ejercicio directo del poder popular; la tensión generada por la promesa igualitaria de la democracia, para muchos incumplida; la sustitución del poder impersonal de la ley por el del “hombre-pueblo”, el líder que encarna y conduce. Ninguno de estos temas es original del siglo XXI, pero hoy la agudización de una cierta “inestabilidad democrática” hace que confluyan y se potencien en el “populismo”.

Vivimos en una “atmósfera populista”, nos dice, que exige una conceptualización del fenómeno, para poder someterlo luego a una critica democrática. Para ello construye un “tipo ideal”, basado en algunos teóricos -Mouffe, Laclau, y un menos conocido J.L. Melenchon- y en algunas experiencias francesas, como la de Marine Le Pen. De los cinco rasgos con que define el tipo populista, cuatro corresponden, en espejo, a su teoría de la democracia: la unidad del pueblo, la democracia directa y polarizada, la soberanía de la mayoría, el líder. Uno es novedoso: las emociones y las pasiones.

Este tipo ideal en elaboración todavía tiene debilidades. Necesita de un conocimiento más circunstanciado de las experiencias populistas, que son muy diversas. Debería distinguir mejor entre movimientos que luchan por el poder y regímenes en acción. Salvo la inagotable cantera francesa, los precedentes históricos resultan insuficientes. Sobre todo, dicen poco de pasiones y sentimientos.

De ellos habla, por ejemplo, Carl Schorske, en su clásico “Viena fin de Siglo”, donde estudió el célebre “trío vienés” de 1890-1910: Schönerer, Lueger y Herzl. Los tres encajan en el tipo ideal populista. Fueron los artífices de una nueva política basada en la movilización popular mediante consignas antiliberales, la agitación de los sentimientos y la acción de tono elevado y violento. En esa atmósfera vienesa se formó Adolf Hitler, que admiró a los dos primeros; es posible que ella nutriera las especulaciones algo posteriores de Carl Schmitt, un autor que inspira a los populistas de hoy.

El gran ausente en este tipo ideal es el fascismo italiano. En “El culto del Litorio”, Emilio Gentile señaló la importancia del jefe, la fe en la gente común y en el “colectivo armónico”, la dimensión épica, los mitos y rituales, todos componentes de una religión política. Loris Zanatta subraya siempre la filiación de los populismos en una matriz fascista y, antes que eso, católica. ¿Cómo no pensar en Mussolini cuando se habla del pueblo unánime o del líder carismático?

La crítica al populismo que propone Rosanvallon no está destinada a ilustrar a los ilusionados populistas sino a reforzar las convicciones de los ciudadanos racionales. Ellos no deben negar, sino aceptar la legitimidad del disconformismo subyacente, y luego encontrar en el repertorio democrático nuevas formas, que profundicen la relación entre el pueblo soberano y su gobierno, como las que sugirió en “La contrademocracia”. Solo así pueden eludirse los abismos propuestos por el populismo. Sobre todo porque cuando se convierte en régimen tiende hacia la “democradura”: una democracia que se va haciendo dictadura, de la que menciona ejemplos que nos tocan de cerca.

Sin embargo, su propuesta subestima el quinto factor, percibido por Schorske, Gentile y tantos otros: las emociones y las pasiones que sustentan las propuestas iliberales y anti republicanas. Para los ciudadanos racionales es difícil competir con el populismo a menos que encuentren la manera de encarar una “batalla cultural”. Se trata de disputar la hegemonía en el terreno del imaginario y el sentido común, dominados por sentimientos y pasiones. Nuestra experiencia cercana nos enseña que es indispensable encontrar la forma de hacerlo.

Luis Alberto Romero

Pierre Rosanvallon: El siglo del populismo, Historia. Teoría, Crítica. Tr. De Irene Agoff. Buenos Aires, Manantial, 2020.

Emilio Gentile: El culto del litorio. La sacralización de la política en la Italia fascista. Tr. De Luciano Padilla López. Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2007, 299 p.

Carl Schorske: La viena de fin de siglo. Política y cultura. Tr. de Silvia Jawewrbaum y Julieta Barba. Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2011. 336 p.

Publicado en La Nación, Ideas

Etiquetas: fascismo

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