Luis Alberto Romero

artículo publicado

27 de abril de 2013

La libertad y la ley

“Nosotros elegimos cómo morir”. Eso dijo uno de los judíos que hace sesenta años se sublevaron en el gueto de Varsovia contra los nazis que los llevaban al campo de exterminio. Me topé con ellas en ocasión de una breve intervención en nuestro Museo del Holocausto. Me sorprendió la forma absoluta y desnuda con que la libertad se manifestaba, casi en su grado cero. Donde no hay alternativa a la muerte, todavía se puede elegir.

“Elegir cómo morir” habla de la libertad, una idea poderosa. Las ideas les hablan a la razón, a los sentimientos y a las pasiones, y tienen una gran capacidad para impulsar las acciones. Quizá por esa combinación de pasión y movilización muchas ideas tienen dos rostros, uno humano y otro terrible. No es el caso de la libertad, siempre humana, en tanto se recuerde que el límite de su ejercicio se encuentra en la libertad del otro.

Como muchas ideas, la libertad tiene su tradición en el pensamiento griego y en el romano. Pero la tradición se interrumpió con el derrumbe del mundo antiguo, y solo se recuperó cuando los humanistas del Renacimiento se interesaron por los textos clásicos.

Entre el mundo antiguo y la modernidad, el cristianismo construyó una gran cultura, apoyada en una sociedad señorial y feudal. Aquel cristianismo fue ecuménico e intolerante por definición y poco amigo de la diversidad. Fundamentó la existencia de una sociedad estable, creada por Dios, en la que cada uno tenía un lugar y una función predeterminada. Una comunidad. Se interesó por la libertad, pero debió articularla con la providencia divina, una empresa difícil que lo llevó a fórmulas algo contradictorias: el hombre hace libremente lo que Dios previó que hiciera.

Desde el siglo XI, en una brecha que dejó ese mundo cristiano y feudal comenzaron a aparecer los individuos. Fue el gran tema de José Luis Romero. Lentamente al principio y más rápido después, algunos rompían con su comunidad de origen y ensayaban vivir su propia aventura, generalmente en las ciudades, que estaban creciendo. Sin grandes ideas que sustentaran su práctica, las fueron construyendo a partir de su experiencia. Cada uno se descubrió sujeto de sentimientos intransferible y de una razón que lo igualaba a los otros. Sobre todo, se concibió dueño y responsable de su destino.

En las ciudades aprendió a luchar por sus libertades, plurales y concretas, casi franquicias: “Yo quiero estar exento de pagar este impuesto que pagan los otros”. También aprendieron a fijar las normas bajo las que querían vivir en la ciudad, surgidas de la discusión y el acuerdo. Fue su primera experiencia de un contrato colectivo, social. Constituyó su primera experiencia de una ley fundamentada en la razón humana.

Saltemos al siglo XVII, a Inglaterra especialmente. Allí ya se habla de la libertad, singular y abstracta. Incluyó algunos principios tan fundamentales e irrenunciables que se los llamó “naturales”, propios de la condición humana. El derecho al cuerpo y a la vida, a los bienes surgidos de su trabajo, a las creencias y la religión.

La libertad religiosa y la tolerancia llegaron después de casi dos siglos en los que, por la división de la cristiandad, cada gobierno quiso imponer una única fe entre sus súbditos. La libertad civil y la política encontraron su primer fundamento sólido en la Declaración de Derechos de 1688. No es un texto grandilocuente –algo ajeno a la tradición inglesa–, pero deja claro que la ley es la única garantía de los derechos personales. Que la defensa de la libertad reside en el gobierno de la ley.

Lo que siguió es menos lineal. La Revolución Francesa formuló un texto de valor universal, la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano. Hoy lo suscribiríamos, tal como en 1789, quienes creemos que la democracia debe asociarse a la ley y a la libertad. El mismo valor tiene su afirmación de la igualdad. Pero, a diferencia de la libertad, contiene dos variantes, dos rostros y en los años posteriores a 1789 fue la base de una experiencia explosiva, que llevó al terror. Un gran derrape, al decir de François Furet.

El XIX fue el gran siglo liberal. El de los códigos, que posibilitaron la igualdad ante la ley y de las constituciones. Todas contienen artículos similares al 14 de nuestra Constitución, de salvaguarda de los derechos. Todas afirman la soberanía de la ley. Todas, aun las monarquías, incorporan, de un modo u otro, las formas republicanas de gobierno. También fue el siglo de la emancipación de los judíos.

El siglo XX, llamado el de la barbarie, tuvo una fuerte impronta antiliberal. Las ideas de individuo y de libertad retrocedieron ante la afirmación del principio de la comunidad unánime. Los totalitarismos –del nazismo al estalinismo– arrasaron con la libertad en nombre de ideas tan grandes como bifrontes: el pueblo, la nación y hasta la democracia. Se las encuentra también en nuestra última dictadura, pobre de grandes fundamentos ideológicos. Una de las grandes lecciones de esa nefasta experiencia fue la renovada valoración de los derechos humanos –una forma de mencionar a la libertad– luego de varias décadas en las que estuvieron desprestigiados, arrinconados por otras ideas fuertes, como la revolución, el pueblo y su proyecto.

Aquello que recuperamos, iluminados por el ejemplo de Madres de Plaza de Mayo, hoy está nuevamente en retroceso. Eso nos ayuda a entender que la libertad nunca está definitivamente consolidada. Decir que ya está afianzada y que se puede pasar a otra cosa, es terriblemente riesgoso.

Cuando se llega al extremo, es la hora de quienes luchan por ella y eventualmente eligen morir para salvar lo último de la dignidad humana, como los héroes de Varsovia. Pero las sociedades están formadas por gente común, como yo, que no ambicionan morir por la libertad sino, simplemente, vivir en libertad. Protegerse bajo sus murallas. La única muralla que protege a la libertad es la ley. Donde la ley es cuestionada, así sea por una mayoría, la libertad está amenazada. Es prudente defenderla mientras se esté a tiempo.

Publicado en Río Negro

Etiquetas: Ley, Libertad

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