Luis Alberto Romero

artículo publicado

13 de diciembre de 2018

La mitología juvenil con y sin Perón

A fines de 1971 en Mar del Plata fue asesinada una joven estudiante, Silvia Filler, durante el ataque a una asamblea estudiantil realizado por militantes de Tacuara. La respuesta fue el asesinato del líder nacionalista por los grupos de izquierda y peronista, e inmediatamente, la muerte de cinco de éstos por sus enemigos. Ese año, precisamente, Perón habló de la “juventud maravillosa”, romántica, desinteresada y heroica.

Sobre esta apelación se construyó un mito, que aún está activo y opera. Los mitos son indestructibles pero, como Aquiles, tienen su talón: el estudio que, sine ira et studio, reconstruya la trama social y cultural en la que surgió y desenrede sus hilos, uno a uno. Esto hace la historiadora Mónica Bartolucci en su sensible e incisivo estudio sobre la movilización y peronización de un grupo de jóvenes estudiantes de Mar del Plata, entre 1958 y 1972.

Su punto de partida es original: la movilización de los estudiantes secundarios en 1958 con motivo de “la laica o la libre”. El conflicto ganó la calle, polarizado entre un frente liberal de izquierda, donde sobresalían los jóvenes del partido Comunista, y otro católico y nacionalista, donde tenía protagonismo Tacuara.

Estos jovencitos de 1958 crecieron, vivieron las experiencias transgresoras de los sesenta, tomaron contacto con otros mundos políticos e ideológicos, y se acercaron al peronismo, especialmente durante la conflictiva elección de 1962. Por esos años encontraron en las dos nuevas universidades -la Provincial y la Católica-, el medio para desarrollar y dar forma a sus impulsos inciales. Unos se relacionaron con grupos peronistas revolucionarios ; los que venían de Tacuara se vincularon con la policía y el matonismo sindical. Procesaron sus experiencias en el agitado contexto del país: la resistencia a Onganía, el Cordobazo, las primeras acciones de la guerrilla. En 1971, luego de la muerte de S. Filler, ingresaron definitivamente en el mundo de la violencia. Hasta ahí los acompaña la autora.

Mónica Bartolucci, profesora de la Universidad de Mar del Plata, había estudiado la historia de un grupo de empresarios constructores locales, que hacia los años sesenta había dado cima a su aventura del ascenso. Luego estudió el huidizo tema de la “juventud” de los “sesenta”, siguiendo el rastro de algunos de los que iniciaron su politización en 1958. Por entonces, en una ciudad pequeña, todos se conocían y frecuentaban los mismos clubes, cafés, lugares de diversión y facultades. Muchos integraron “barritas” de adolescentes, despuntaron afectos y rivalidades, y se enfrentaron con sus padres. Los separaban de ellos las prácticas transgresoras de esos años, y también sus nuevas convicciones peronistas, que chocaban con el antiperonismo cerrado de la generación mayor.

Rompiendo el cascarón, estos jóvenes universitarios transitaron por mundos nuevos, aprendieron el abecé de las ideologías, tomaron de aquí y de allá y armaron su propia combinación, inestable y en permanente redefinición. Algunos se enrolaron en los partidos de izquierda. Quienes eligieron el peronismo optaron por un mundo menos menos ceñido a los libros y más emocional y difuso. Seguramente leyeron su Cooke o su Hernández Arregui, pero más les importó la discusión con sus compañeros -mate de por medio- y la conversación con algunos prestigiosos referentes mayores, capaces de inclinar hacia una u otra corrientes a jóvenes con identidad política aún maleable.

Sus relaciones se extendieron, armando y rearmando redes con amigos y amigos de los amigos, unidos por la común fascinación peronista. La estudiantil era una de las muchas redes que se formaban en sindicatos, parroquias o barriadas, en contacto con las más antiguas de los viejos militantes de la “resistencia”. Una figura clave era el mediador, partícipe de muchos grupos diversos, a los que iba vinculando, charla y mate de por medio. Por ese camino, uno de estos jóvenes llegó a tejer un Movimientio de Bases Peronistas marplatense, extenso, diversp y activo, que llamó la atención de las organizaciones nacionales.

Finalmente, se desarrolló la violencia. Lo verbal y lo gestual ya estaba presente en 1958, partiendo el campo en “zurdos” y “fachos”. Luego se le fueron agregando las armas, objetos casi eróticos, portadas y exhibidas antes de saber qué uso tendrían. Luego del asesinato de Silvia Filler -un hito en esta historia- “bajar” a un enemigo se hizo habitual. Desde entonces, también, cada grupo buscó el amparo de una organización más grande. Los de Tacuara recurrieron a los sindicatos -por allí andaban Rucci y un joven Hugo Moyano- y los peronistas revolucionarios fueron atraídos por alguna de las “orga”. Para estos jovenes peronistas había llegado la hora de elegir. FAR, FAP y Montoneros representaban distintas alternativas, tácticas y estratégicas, y la discusión fue intensa. Para fines de 1972 cada uno había elegido su camino, y entraba en la historia nacional.

La investigación de Mónica Bartolucci tiene grandes méritos. El primero es haber construido, a partir del concepto epocal de juventud, un actor histórico consistente, acotado pero representativo de algo más general. La solidez se apuntala en el cruce de dos testimonios de naturaleza diferente. Por una parte, los relatos de vida, los recuerdos de un grupo de protagonistas, seguramente tan sugestivos como imprecisos y necesitados de una critica rigurosa. Para ello se apoya en una masa documental extraordinaria: los reportes de la policía local y de los informantes infiltrados, prolijamente reunidos en la Dirección de Inteligencia de la Provincia de Buenos Aires, y hoy convertidos en archivo público por la Comisión Provincial de la Memoria.

Con estos elementos la autora reconstruye la vida, las redes de relaciones y los caminos políticos e ideológicos, trasponiendo a la experiencia de personas concretas los grandes temas de esta historia, desde el impacto de Cuba hasta la aparición de las organizaciones armadas. Se mueve con seguridad entre lo social, lo cultural, lo político y lo ideológico, lo articula y lo presenta de un modo que presenta al lector a gente real, que vive y actúa.

Lo más importante es que narra una historia. Con las dosis adecuadas de distanciamiento y empatía reconstruye un proceso que hoy conocemos sobre todo a partir de versiones subjetivas o militantes. Incluye lo que -a mi juicio- son los dos componentes básicos de una reconstrucción historiográfica difícil.

El primero es la percepción de la espiral de violencia que caracterizó esta historia, en la que cada acción de una parte fue replicada con una dosis mayor de violencia, pasando del matonaje mínimo de las barritas juveniles a la hecatombe final. Esto es decisivo a la hora de explicar comprensivamente, y también cuando se trata de establecer responsabilidades. Es una historia sin inocentes.

El otro es saber contar el crescendo de la violencia, de un modo similar al de un director de orquesta que interpreta a Rossini o Bolero de Ravel. Lo esencial está en graduar el crescendo, sostenidamente y sin saltos, desde el pianissimo inicial hasta el tutti final. Para hacerlo se necesita capacidad para percibir el matiz y, sobre todo, talento para escribirlo con las palabras justas y los adjetivos medidos.

El análisis de Bartolucci es esclarecedor y sugestivo. Su libro, además, es un producto literario destacado. Más allá del mundo académico y de sus reglas, esto lo que un lector espera de un historiador.

Publicado en Revista Ñ

Etiquetas: Juventud, Mar del Plata, Memoria, Peronismo revolucionario, Tacuara, Violencia

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