Luis Alberto Romero

artículo publicado

5 de noviembre de 2011

La muerte de Perón y el inicio del desguace del Estado poderoso

El 12 de junio de 1974 Perón habló por última vez desde los balcones de la Plaza de Mayo. Había pasado más de un mes desde la espectacular ruptura con Montoneros. De algún modo, ya había resuelto la cuestión política, pero la inquietud social era grande, sobre todo por la inflación y el desabastecimiento. Lejos del ánimo combativo del 1° de Mayo,  este 12 de junio Perón apareció en el histórico balcón, protegido por un vidrio blindado,  enfundado en su sobretodo, con frío  y visible malestar. La CGT, que había convocado una movilización para disuadirlo de su insinuada renuncia, se encontró con una severa admonición. Perón les reprochó duramente no cumplir con los compromisos asumidos en el Pacto Social. Ya había pasado el tiempo de gritar “la vida por Perón”, dijo; era la hora de asumir responsabilidades y de realizar sacrificios.

Probablemente ya era consciente de que ni la CGT ni la CGE, el otro firmante del Pacto, estaban realmente en condiciones de disciplinar a sus representados y garantizar el congelamiento de los precios y salarios. Poco después, el 1° de julio, Perón murió, y la escena del 12 de junio alcanzó toda su significación. Fue la última oportunidad que tuvo el Estado para controlar los intereses corporativos, que él mismo había ayudado a consolidar. Como el aprendiz de hechicero, fue víctima de sus propios conjuros.

Para comprender esa significación hay que reconstruir un conjunto amplio de circunstancias, que se remonta al menos a 1955. Algunos de los procesos concurrentes fueron la inflación, endémica y con picos críticos; el sindicalismo peronista, consolidado durante la proscripción y enfrentado desde 1973 con las responsabilidades del gobierno; la compleja herencia de los gobiernos militares, que combinaron la represión con inmensas concesiones a los intereses corporativos; la fuerte movilización popular, acelerada desde 1969, y alimentada por los proyectos revolucionarios y también por las ilusiones suscitadas por la vuelta de Perón.

En el marco de la Biblioteca Básica de Historia que dirijo, Marcos Novaro acaba de publicar su Historia de la Argentina, 1955-2010 (Siglo XXI Editores), donde reconstruye de manera admirable esta compleja trama, articulando la economía, la política y la sociedad. Novaro logra ordenar y sistematizar un universo denso y complejo, y presentarlo en términos muy claros. Sobre todo, presenta una opinión, una interpretación de cuestiones que de un modo u otro nos conciernen, y ofrece los elementos para desarrollarla, replantearla e incluso rebatirla. Aquí quiero desarrollar un punto de vista acerca de este episodio crítico y sus circunstancias, que sin ser ajeno al de Novaro, no coincide necesariamente con él.

El 12 de junio de 1974 forma parte de una historia de conflictos y negociaciones entre los gobiernos y las diferentes corporaciones. Se inició en 1955, o quizá en 1945. La debilidad o fortaleza de cada uno de los gobiernos, su mayor o menor legitimidad y también su coherencia interna fueron en cada momento decisivos. Pero más allá había una cuestión condicionante: el Estado, que es algo distinto de cada uno de los gobiernos que lo dirigen.

El Estado potente. En 1974 la Argentina tenía todavía un Estado potente. Desde principios del siglo XX su injerencia había ido en aumento, organizando, reglamentando y ocupándose, en principio, del interés general. De manera creciente, ese interés se asoció con la promoción de algunas actividades económicas. Con matices, se pensaba que eran deseables una industria sólida e integrada y una garantía de los intereses de los trabajadores, básicamente el empleo y el salario. De ahí la preocupación por promover actividades, asignar prioridades y conceder estímulos: protección aduanera, cambio preferencial, exenciones impositivas, créditos para las empresas, y distintas franquicias o monopolios para las organizaciones sindicales.

Desde 1955 hubo un deslizamiento de la promoción, en función del interés general, a las franquicias, concedidas a unos y negadas a otros, y de allí a los privilegios y a las prebendas, característicos por ejemplo de los regímenes de promoción industrial o regional. Las corporaciones de intereses –desde las grandes organizaciones patronales y sindicales hasta otras más específicas, como la Confederación Médica–, aprendieron  cómo presionar a los gobernantes para lograr las concesiones, y cómo instalar a sus hombres en las oficinas del Estado pertinentes, para orientar desde allí sus decisiones: los médicos en Salud Pública, los sindicalistas en Trabajo, la Iglesia en Educación, entre otros. Limitada su capacidad de acción y fracturada su unidad de propósito, el Estado se convirtió en el campo de combate y en el botín de los distintos intereses corporativos. Esto ocurrió con todos los gobiernos, civiles o militares. Hacia 1970 el gobierno militar concedió dos de esos grandes regalos: la Ley de Obras Sociales para los sindicatos y la promoción de la empresa Aluar para un grupo de empresarios y jefes de la Aeronáutica.

La inflación y el ciclo trienal del stop and go, con sus repetidas devaluaciones, fueron el marco de esta puja entre las corporaciones, en la que el Estado, potente e impotente a la vez, iba dejando jirones. La fuerte conflictividad social y política de comienzos de los años 70 le agregó una nueva dimensión. También generó un consenso acerca de que sólo un gobierno peronista podía desmontar una conflictividad que, de diversas maneras, también transcurría en el seno del peronismo.

Perón volvió al gobierno en 1973 con el apoyo tanto de sus partidarios como de una oposición dispuesta a sostenerlo institucionalmente, y que nunca retaceó su apoyo. Los problemas no estuvieron ni en el Congreso ni en la opinión pública sino en otros dos lugares: el peronismo y el Estado. Perón resolvió políticamente el primero de los conflictos: por pasos sucesivos minó las posiciones alcanzadas por Montoneros y finalmente lanzó su excomunión. Del resto se encargaría el comisario Villar. Visto en perspectiva, esta resolución fue más simple que la del otro problema, cuyo emergente en 1973 era la inflación y el desabastecimiento. Perón siempre fue un hombre de Estado y volvió a la Argentina con la idea de que la solución de su crisis intermitente pasaba por la reconstrucción de la autoridad estatal, devolviéndole la potencia que tenía a principios de los años 50. Esperaba conjugar su reconocido liderazgo personal con un principio de cohesión política –una cierta fusión del Estado con el movimiento– al que no había renunciado. Con la perspectiva de la comunidad organizada, empujó a todas las organizaciones empresariales hacia la CGE.

El pacto. El punto de partida fue el Pacto Social, un acuerdo para frenar la inflación regulando los precios y los salarios, firmado por el Estado con los dos grandes representantes corporativos de obreros y empresarios: la CGT y la CGE. Indudablemente, sobrestimó sus fuerzas y no advirtió la dimensión de la conflictividad y la imposibilidad de encuadrar distintos intereses. Quizá los dirigentes de la CGT fueron sinceros, pero los trabajadores tenían demasiados motivos para no cesar en sus reclamos, y hasta amenazar con llevarlos adelante sin sus dirigentes. Los empresarios, obligados a un acatamiento formal, tenían muchos recursos para sortear los compromisos. El reclamo de Perón, el 12 de junio de 1974, resultó patético: hablaba en nombre de una autoridad estatal que ya no existía.

Desde la muerte de Perón hasta el golpe del 24 de marzo de 1976 el conflicto se desarrolló hasta sus últimas consecuencias: con Celestino Rodrigo el gobierno peronista asumió las políticas más antipopulares y fue confrontado por su propio sindicalismo.

La dictadura militar dio su propia solución a la crisis del Estado y a la puja corporativa: además de la represión, redujo la asistencia a los sectores en pugna –retracción salarial, apertura económica– e inició la reducción del Estado, proclamando que así se agrandaba la nación. Fue sólo un comienzo, pero definió la tendencia que aún estamos viviendo. El de Perón fue el último intento de mantener en pie el viejo Estado potente.

Publicado en Perfil

Etiquetas: 1973, Decadencia del Estado, Pacto Social

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