Luis Alberto Romero

artículo publicado

1 de abril de 2000

La muerte del discurso político clásico

Dos rasgos caracterizaron el discurso político en el siglo XX. En relación con la dimensión racional de la práctica democrática, el discurso tiene la intención de convencer al oyente, de educarlo. En relación con la dimensión plebiscitaria, y pronunciado en el contexto adecuado, genera una identidad y una legitimación.

El primer rasgo tiene una genealogía larga. Los dirigentes de la Revolución de Mayo sintieron la necesidad de llegar al pueblo, explicarle lo que había sucedido y suscitar adhesiones. Recurrieron primero a los sacerdotes, expertos oradores, y luego a los doctores, para que combinaran argumentos y legitimaran decisiones, a menudo tomadas por caudillos iletrados pero poderosos. La imagen de Juan José Castelli arengando a los aborígenes en el Tiahuanaco sintetiza de manera expresiva la distancia que usualmente había entre oradores y oyentes.

Luego de 1852 el discurso político toma otro vuelo: hay un espacio de discusión, y decisiones políticas que están abiertas al convencimiento recíproco de los actores. Desde entonces se desarrolla la arenga política –Mitre o Balbín sobresalieron en esto-, el discurso parlamentario, sesudo y erudito –piénsese en Joaquín V. González, Lisandro de la Torre o Arturo Frondizi- o la conferencia, donde un maestro –Justo, Palacios- esclarecía a quienes ya querían ser esclarecidos. En todos los casos, oradores y oyentes compartían un código: la veracidad, la verosimilitud, el sentido.

Desde 1945, con la política de masas, se instala una variante un poco distinta: el discurso de masas. El escenario y las circunstancias fueron dibujados en la memorable jornada del 17 de octubre de 1945 y se mantuvieron durante más de cuatro décadas. Una masa asistente, que llega espontánea u organizadamente, y que representa el papel del “pueblo”. Un orador, que se dirige a ella desde los “históricos balcones”, mezcla de tribuna partidaria y asiento del poder. Un discurso que apunta en parte a la interpelación identificatoria –los “compañeros”, obviamente peronistas-, y en parte a la legitimación aclamativa de un líder en quien se ha delegado la conducción. Muchas veces Perón ocupó el palco, y combinó la arenga, la clase didáctica y el coloquio: la pregunta ritual al pueblo sobre la conformidad. A veces, pocas, se salió del libreto, como el 31 de agosto de 1955 o el 1º de mayo de 1974. Alguna vez –ese mismo 1º de Mayo-, el coloquio fue real, tenso y conflictivo. Pero siempre el acto fue una journée, como las francesas de 1789 a 1848: un hecho político de masas, con sentido en si mismo, en el que algo cambiaba.

Raúl Alfonsín, el único que ocupó legítimamente ese balcón luego de Perón, interpelando a los “conciudadanos” manejó las dos cuerdas del discurso. Es difícil encontrar una pieza oratoria más densa y transparente, más cargada de propuestas programáticas y de argumentos que el discurso de Parque Norte de diciembre de 1985, pronunciado para los cuadros del partido radical. Muchos colaboraron en el texto, pero hay una elección de redactores y de temas, de prioridades y acentos, síntesis personal hecha por un político que sin duda se hubiera lucido “en tiempos de la República”. Por otra parte, es difícil encontrar una escena más dramática y cargada de significados que la del domingo de Semana Santa de 1987: la tensa unidad de la civilidad, enfrentada con la corporación militar, la solidaridad de los representantes de todos los sectores, el discurso categórico del Presidente, su gesto audaz viajando en helicóptero desde la Plaza hasta el cuartel rebelde, la tensa espera, y el retorno, con la ambigua noticia sobre el orden doméstico. Fue una journée, sin duda, pero no alcanzó para definir el conflicto entre el gobierno constitucional y las Fuerzas Armadas. De alguna manera, se vieron los límites de la civilidad, como actor político, de la racionalidad y hasta de la política plebiscitaria. Poco a poco, la gente abandonó las calles, se desinteresó de los políticos y de sus discursos.

Lo de Alfonsín fue el canto del cisne del discurso político clásico. Carlos Menem tenía dotes para el discurso plebiscitario, como se vio en su campaña electoral, donde jugó a Jesús y anunció el salariazo y la revolución productiva. No dominaba en cambio el discurso del estadista: al dirigirse al Congreso en 1989, se limitó a repetir varias veces la invocación Argentina, levántate y anda. Luego, desechó la posibilidad de usar los balcones y se desinteresó de los discursos formales, en los que equivocaba las palabras, erraba en las citas y hasta confundía los libretos, y no le importaba. Finalmente, declaró que deliberadamente ocultó durante su campaña electoral lo que iba a hacer en el gobierno, para evitar la pérdida de votos: de muchas maneras, rompió el pacto de veracidad y credibilidad.

En cambio, se le reconoció a Menem una gran habilidad en otros géneros discursivos: el diálogo con los periodistas, la frase incisiva, la respuesta provocadora, la antítesis audaz, y hasta las conteadicciones tan gruesas que parecían deliberadas, junto con el cultivo de canales de comunicación novedosos –la entrevista periodística, la caravana-, quizá más adecuados para la cultura política real de la sociedad argentina, tan distinta de la de 1880, 1930, 1950 o 1983. Con una técnica de la que muchos se burlaban, obtuvo resultados políticos notables. Por otra parte, nadie pareció lamentar el abandono del discurso clásico. En 1999, en pleno auge de la Alianza, el candidato presidencial Fernando de la Rúa –un político clásico, convencido del valor del argumento, la razón y la docencia- sin embargo basó su éxito en un spot publicitario, cuidadosamente producido y largamente ensayado; con nuevas técnicas y lenguaje acorde con los tiempos realizó una operación política clásica: asumir el argumento del adversario –su aburrimiento- y cambiarle el sentido.

Hoy la oratoria es un género en desuso, y en las nuevas formas discursivas la imagen es decisiva. Quizá sean, simplemente, nuevas formas de hacer lo antiguo: al fin, Bartolomé Mitre, Alfredo Palacios o Juan Domingo Perón innovaron profundamente en un género clásico. Quizás esto refleje un cambio más profundo en la cultura política, un descreimiento en las capacidades de la argumentación y de la razón y en quienes, en principio, son los agentes de esa manera de entender la política: los políticos.

Publicado en Replanteo

Etiquetas: Alfonsín, Menem, Perón

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