Luis Alberto Romero

artículo publicado

11 de agosto de 2019

La opción de la hora: ¿izquierdas y derechas? 

Izquierdas y derechas constituyen un par conceptual de larga tradición. Muchos creen en su utilidad y vigencia, sobre todo para separar a “nosotros” de “ellos”. No es mi caso hoy. Formado en la tradición de la izquierda socialdemócrata, reformista y progresista, puedo encontrar lejanos parecidos de familia con el Frente de Izquierda, pero no reconozco nada de ella en el kirchnerismo, calificado de izquierda por muchos. 

Es sabido que el origen de este par conceptual se halla en la Revolución francesa, y surgió de la ubicación física de los representantes en la sala de sesiones de la Asamblea y la Convención. Puede decirse, con una terminología de hoy, que separaba a moderados de radicales. Pero vale recordar que en el torbellino revolucionario se pasaba muy rápidamente de la izquierda a la derecha, y de allí a la guillotina, como ocurrió con los monárquicos moderados, los girondinos o los seguidores de Danton. Robespierre fue el primero que cortó cabezas a izquierda, los enragés, antes de afrontar él mismo ese destino. 

Durante la República francesa de 1848, quizá por prudencia, o simplemente porque así estaba diseñada la sala de las deliberaciones, los republicanos radicales se sentaron en los bancos superiores, fueron denominados “montañeses”, y después de su derrota no perdieron la cabeza.  

Luego la historia fue cargando de sentido a derechas e izquierdas, sobre todo en regímenes de bipartidismo y alternancia. En la Europa de la restauración separó a los monárquicos de los republicanos. En las repúblicas hispano americanas sirvió para distinguir a conservadores de liberales, aunque las diferencias solían ser sutiles: en Colombia -se decía- unos iban a la misa del domingo y otros elegían un día menos concurrido. 

La misma ambigüedad separó en Inglaterra a conservadores y liberales, hasta que la aparición del partido Laborista le dio a la distinción un sentido más moderno. En Francia y en los países católicos la línea pasó por el lugar de la Iglesia en el Estado laico. Pero en general, fue el socialismo de la II Internacional el que marcó la línea divisoria, hasta que la revolución soviética de 1917 dividió a las izquierdas y polarizó a las derechas en movimientos autoritarios, nacionalistas o fascistas, que absorbieron y liquidaron a los conservadores. 

En la entreguerra la polarización entre fascistas de distinta militancia y antifascistas variados fue el momento culminante de la dupla de izquierdas y derechas, que se diluyó en la posguerra, cuando todos los partidos, sin perder sus tradiciones, giraron hacia el centro. Hoy la dupla no parece muy útil, dada la aspiración general a auto ubicarse en el centro -con un módico matiz de centro derecha y centro izquierda- y enfrentar desde allí los asaltos populistas, cuya pertenencia a la izquierda o la derecha es tema de discusión.

Todo esa hace difícil armar, en cualquier lugar del mundo democrático, una clasificación en esos términos. En la Argentina del siglo XX han sido particularmente ineficaces para definir nuestros dos grandes movimientos políticos: el radicalismo y el peronismo.     

Como cualquier otra categoría histórica, izquierda y derecha han acumulado significaciones. Todavía se escucha descalificar a “fascistas” o “comunistas”. El enriquecimiento semántico, que hace las delicias de los historiadores de las ideas y particularmente de la historia conceptual, dificulta su utilización política. Quien las usa presupone algunas de esas caracterizaciones y deja que resuenen las otras, como sentidos armónicos, lo que les permite a la vez decir y no decir. 

Si seguimos apelando a la dupla derecha e izquierda es porque tiene una utilidad política: señalar que la política es, en el fondo, conflicto y lucha. Antes que Schmitt o Hitler, lo afirmó Max Weber, mirando a los lideres parlamentarios ingleses jugarse su investidura en cada voto de confianza.

Proclamamos los méritos del consenso; lo añoramos en un país con tan arraigada tradición facciosa, pero en verdad, para el acuerdo y la transacción solo hay algunos momentos. En otros se impone la definición entre una y otra opción. Es entonces cuando necesitamos caracterizarlas y nombrarlas con palabras claras.  

La Argentina está en uno de esos momentos, como lo estuvo, por ejemplo, en 2015 o 1983. Hoy la cuestión pasa por una serie de problemas clave: la institucionalidad, el Estado, sus capacidades y su relación con los intereses, el mundo de la pobreza o la cultura política intolerante. Todos tienen su historia, y no son atribuibles específicamente a un gobierno. Distinguibles en el análisis, no solo se condicionan recíprocamente sino que se entrelazan apretadamente en un verdadero nudo gordiano.

Vistas en conjunto, entrelazados, explican el extraordinario bloqueo de la Argentina. El país está mal pero podría estar mejor si desplegara plenamente muchas de sus capacidades, económicas y culturales. Sin embargo, no terminan de despegar, abrumadas entre otras cosas por un Estado ineficiente y costoso o por un clima cultural faccioso y autoritario. 

Es necesario desatar ese nudo gordiano. Pero en cada lugar hay grupos interesados en su perpetuación, porque se han constituido alrededor de ese problema o porque medran con él. ¿Por qué alguien como el “Caballo” Suárez, o su primo hermano “Vino caliente” Juárez abandonarían su lucrativo negocio, tan relacionado con el “costo argentino”? ¿Por qué un intelectual mediocre, que basa su fama y sus ingresos en la existencia de la grieta, ayudaría a cerrarla? 

Esta elección está resultando, al respecto, muy esclarecedora. Todos los defensores del statu quo, de los privilegios y prebendas que origina el estancamiento, se alinean detrás de un candidato. Ciertamente, están junto con muchos otros, con sus propias razones e ilusiones. Pero el centro de esa opción está en los que viven del statu quo y de su perduración. 

Frente a ellos, hay muchos que quieren salir de este estado de estancamiento, quizá para poder discutir los grandes rumbos de un país que hoy solo puede pensar en sobrevivir a las crisis. En los últimos cuatro años, un equipo de gobierno emprendió ese camino, hizo las cosas más o menos bien -o más o menos mal- pero intentó y sigue intentando romper ese equilibrio paralizante. 

No se si esto alcanza para caracterizar hoy a derechas e izquierdas. Pero en su más primigenia definición, las derechas trataron de mantener el statu quo -distinto en cada época- y las izquierdas quisieron cambiarlo. En ese limitado sentido, creo que la dupla puede expresar adecuadamente la opción de la hora.

Publicado en Los Andes

Etiquetas: Derecha, Historia, Izquierda, Macri, Peronismo, Statu quo

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