Luis Alberto Romero

artículo publicado

03 de Abril de 2020

La pandemia aumentó las posibilidades de que Fernández de la “patada histórica”.

Entrevista de Irene Benito

Luis Alberto Romero (Buenos Aires, 1944) está intrigado. Este historiador célebre, que a su vez es hijo de otra figura ineludible de su disciplina, José Luis Romero (1909-1977), no oculta su curiosidad por conocer cómo sigue -o cómo termina- la película que generó la covid-19. El intelectual certifica que la Argentina nunca enfrentó una combinación de retos como la que forman el coronavirus, la pobreza, la recesión, la inflación, el incipiente default y las consabidas debilidades institucionales. En paralelo a esa suma de calamidades, Romero advierte un punto de inflexión en la dependencia del presidente Alberto Fernández de la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner. Para explicarlo acude a la metáfora del puntapié: “el ha venido retrocediendo frente a las presiones del grupo que lo llevó al poder, pero la pandemia aumentó sus posibilidades de dar la ‘patada histórica’”.

Ensayista, columnista, catedrático, conferencista e investigador con prestigio internacional: ninguno de estos méritos apagan la capacidad de asombro de Romero, ni su generosidad para reflexionar sobre las preguntas que la época formula y cuya respuesta aparece difusa. Por teléfono, el intelectual advierte que, pese al estado generalizado de expectativa, no es seguro que algo vaya a cambiar hacia adelante, a menos que los protagonistas de esta historia así lo quieran.

-Como estudioso del pasado, ¿qué le sugiere este momento?

-Una cosa es pensar como historiador: hubo otras pestes que se superaron y muchas veces no dejaron ninguna huella. La gripe española de 1918 fue más mortífera que la actual y no hay temas de la historia asociados con ella, que, por otro lado, también tuvo carácter internacional. No necesariamente dejan marcas. Pero la experiencia de las cosas cambia cuando le tocan a uno. No es seguro que la covid-19 vaya a producir grandes transformaciones. Lo que está claro es que la gente que vive uno de estos episodios tiende a creer fervorosamente que el mundo será mejor después; que todos vamos a ser solidarios y responsables, etcétera. Otros creen que el mundo va a ser peor y que se irá al tacho… Eso también forma parte de la historia: la expectativa que abre el acontecimiento, que nos hace pensar de repente que la historia es transparente, y no sólo la que se estudia, sino también la que uno experimenta, y que aparece la ocasión de introducir un cambio, de acelerar o sacar a flote algo. Es entonces cuando la gente se pone a pensar qué cosas le gustaría y qué puede hacer para que sucedan: esto se llama oportunidad. Obviamente no todas esas cosas se van a concretar, tal vez ninguna de manera plena, pero estamos en una situación parecida a las vísperas. Creemos que podemos hacer algo: es bastante raro porque la gente suele vivir sus circunstancias como dadas e inevitables, y de pronto, se abren otras oportunidades. Es la magia del acontecimiento.

-Usted suena cauto…

-Hay mucha gente pensando en cómo va a ser el mundo después de la pandemia y en cómo le gustaría que fuera. Como historiador, le diría que no soy muy optimista respecto de que habrá grandes cambios, pero la realidad es que aquellos ocurren cuando los actores los creen posibles y ponen en marcha la acción. Recientemente publiqué un artículo un poco absurdo acerca de qué oportunidades abre esta crisis para fortalecer la democracia republicana, que es mi preocupación. Tal vez esto sea estirar un poco la expectativa…

-Cuéntenos: ¿qué avizora usted en el horizonte de la democracia republicana?

-En el país curiosamente la emergencia sanitaria vino empalmada con una gran incógnita sobre cómo iba a ser la política después de las elecciones de 2019: por un lado, qué sucedería en el frente que ganó y cómo dirimiría sus diferencias internas, y, por el otro, qué destino había para el 41% que no votó a los ganadores. Para esa parte yo tengo muy claro que hacen falta propuestas: los partidos políticos que formaron Cambiemos no están en este momento en un estado brillante para la formulación de estrategias, y alguien tiene que sacar el tema y ofrecer un sentido para ese 41%. Ahí hay una base para hacer algo y llenar el espacio: es donde pienso que esta idea de intensificar la relación entre democracia y sistema republicano tiene alguna perspectiva. Luego está la otra gran incógnita respecto de qué va a pasar con el Gobierno. Nosotros vemos que, en general, subió la popularidad de los oficialismos. Y esto encuentra a la Argentina en un momento en el que hay un presidente muy débil, que llegó con votos que no eran de él y cuya dueña es una vicepresidenta con designios no muy claros. El escenario que halló Fernández cuando se hizo cargo de la presidencia cambió mucho por la pandemia: de repente se le dio la posibilidad de construir una imagen más fuerte, nadie sabe hasta dónde. Y estamos buscando indicios sobre si ese fortalecimiento proseguirá o si cederá: hay allí una historia abierta que la pandemia ha cambiado.

-El pasado demuestra que la obtención de capital político propio autoriza a prescindir de los socios que lo proporcionaban…

-Eso se llama “la patada histórica”, que es sacarse de encima a quien lo llevó al poder. Lo hizo, por ejemplo, (MiguelJuárez Celman con (Julio A.Roca. Es un clásico: casi diría un paso lógico para gobernar en un esquema presidencialista. Evidentemente, Fernández no está en condiciones de dar la patada, pero, a partir de la covid-19, aumentaron las posibilidades.

-Si la “patada histórica” es la constante, ¿por qué una y otra vez se cree que no sucederá?

-Es llamativo, sí. En las coaliciones de partidos políticos, como lo fue Cambiemos, hay reajustes y precisiones. Pero en el mundo del peronismo se trata de personas: la lideresa y el Presidente. Según mi opinión, creo que finalmente el poder se unifica: no me parece que pueda tener dos caras durante mucho tiempo.

-El virus, entonces, recuerda que siempre puede pasar algo capaz de alterar los planes.

-Los historiadores tenemos una especie de tendencia a buscar las causas de lo que ocurre y caemos un poco en la inevitabilidad, sobre todo porque indagamos en lo que ya pasó. También se puede pensar que un acontecimiento cambia completamente las circunstancias y que lo que hubieran sido causas dejan de ser importantes frente a las que genera ese nuevo acontecimiento: una ruptura crea y trae novedades. La llegada de (DonaldTrump a la presidencia de Estados Unidos fue algo sorpresiva, pero, a partir de que él está a la Casa Blanca, el mundo funciona y se reacomoda a ello. La Revolución Francesa tiene sus causas, pero, a partir de su producción, es un mundo que ya genera sus propias causas. Lo mejor es un poco y un poco: un poco de proceso y un poco de ruptura. La pandemia está ocurriendo, puede que se reabsorba y puede que genere algo novedoso. En el medio está la acción de los seres humanos. Las cosas no ocurren solas: las discusiones y las propuestas van a ser muy importantes para que este acontecimiento deje huellas o no.

-El virus encuentra a la Argentina en una situación de zozobra económica. En los grandes trazos, parecería que el contribuyente está agotado. Tenemos recesión, inflación, pobreza, incipiente “default”, además de cuestiones sistémicas como el déficit de credibilidad de la Justicia… ¿Tiene antecedentes semejante combinación de circunstancias negativas?

-Todo eso junto, no. Lo que me pregunto ahora es si eso es una suma de factores negativos o si, como sucede en las matemáticas, menos por menos da más, es decir, lleva a un resultado positivo. No descartaría la idea de que nuestro hundimiento económico quede mezclado con el hundimiento general del mundo y que, bueno, por ahí pasamos inadvertidos. ¿Dónde se esconde un elefante? En una manada de elefantes. Esta confluencia impresionante de cuestiones estructurales y coyunturales me desconcierta y, a la vez, me interesa: quiero ver cómo termina.

-En cuanto a las instituciones públicas de control, ¿qué opina del repliegue del Congreso de la Nación y del Poder Judicial durante la crisis sanitaria?

-Si consideramos este ciclo de nuestra historia democrática, podemos que ver que entre 1983 y 1989 hubo un perfil democrático muy definido y hasta original. A partir de ahí encontramos un retroceso permanente hasta llegar al extremo de los Kirchner. Esta situación de concentración del poder en el Presidente no es nueva, pero existe la necesidad obvia de que alguien tome las decisiones más urgentes. Fernández tiene una especie de carta de crédito: lo dejamos actuar para que nos saque adelante durante un tiempo, pero esto tiene un límite, y comienza a aparecer la impaciencia para que el Congreso y la Justicia funcionen. En la Argentina esto es inquietante por la experiencia de Gobierno concentrado e inconsulto, que lleva a interrogarnos si no será que aquello está volviendo, a caballo de la pandemia.

Publicado en La Gaceta, Tucumán.

Etiquetas: Alberto Fernández, Coyuntura política, Cristina Kirchner, gobierno e instituciones, Pandemia

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