Luis Alberto Romero

artículo publicado

29 de mayo de 2013

La “patria santacruceña” es un modelo de acumulación

Sucesivas “patrias” jalonan nuestra historia reciente: la “metalúrgica”, en el anterior gobierno peronista; la “financiera” con Martínez de Hoz; la “contratista”, sucedida en los noventa por la “privatizadora”.

Desde hace diez años nos domina la “patria santacruceña”, una “denominación de origen”.

Para algunos, las patrias tenían referencias a clases o fracciones de clase, y se podía teorizar sobre la existencia de modelos sociales de acumulación. Desde otra perspectiva, referían a grupos organizadas para obtener prebendas del Estado, sobornando a sus funcionarios.

La “patria santacruceña” es algo diferente, tan simple y obvio que costó llegar a entenderlo.

Para verlo es necesario suspender momentáneamente las discusiones sobre el progresismo gubernamental y la república perdida. Si se pone un paréntesis en estas dos cuestiones distractoras, queda claro que estamos ante un modelo de acumulación, en el sentido más directo, simple y personal del término.

Un modelo en el que las decisiones políticas se toman principalmente para posibilitar el flujo de recursos estatales hacia las arcas de quienes gobiernan.

La conciencia de lo obvio suele llegar de manera circunstancial. En mi caso, fue un grabado del pintor flamenco Peter Bruegel, “La avaricia”, que forma parte de su serie “Los pecados capitales”. Es un cuadro abigarrado, con distintas escenas referidas al ansia de dinero. En el centro, una señora elegantemente vestida, sentada junto a un gran cofre, mira distraídamente a dos personajes, medio hombres y medio animales, que lo llenan con grandes tinajas llenas de monedas.

La “patria santacruceña” se ensayó en una provincia marginal y se trasladó luego a toda la nación, portada por los “pingüinos”. Su adecuación a circunstancias tan diferentes habla de una compleja artesanía, y también de una ingenuidad colectiva generalizada. A diferencia de las otras patrias, ésta arraiga en la política. No en toda la corporación sino de un grupo mínimo: dos personas que forman una sociedad política y familiar. En un círculo cercano, una decena de asociados privilegiados, funcionarios o empresarios, ejecutan las tareas prácticas. En un tercer círculo, una corte de empresarios prebendados hacen negocios, como siempre los hicieron.

Es una patria chica, más bien una “familia”; pero a diferencia de la de Mario Puzo, está fundada en los votos ciudadanos.

Analizadas con una lógica normal, las políticas de la “patria santacruceña” son cambiantes, coyunturales y contradictorias. Pero se vuelven comprensibles y coherentes si se las considera dentro de este modelo, fundado en el manejo de la caja estatal y la construcción de poder.

Luego de una acumulación originaria -hecha al amparo de la resolución 1050- se invierte dinero en la política, se construye poder, y con él se hace más dinero.

Comúnmente se habla de “corrupción”, pero la palabra es demasiado genérica, ignora formas y grados, y diferencias cuantitativas que se hacen cualitativas. La frase “corrupción hubo siempre”, que la naturaliza, es letal para la comprensión.

En un nivel básico, la corrupción se parece a la propina o a la comisión del intermediario. No está bien, pero es como el aceite del motor; sin él, no funciona. Un segundo grado son las “cajas negras” de la política: fondos de orígenes oscuros que se utilizan para los gastos de la política, para financiar a los dirigentes cuando están fuera del gobierno o completar los sueldos de los funcionarios.

En Europa son un escándalo. En la Argentina, apenas un pecado menor.

Luego está la corrupción de los funcionarios que facilitan la acción de los grupos prebendados o depredadores. La escala es mayor, el carácter delictivo es más claro y el perjuicio es más grande.

Aunque “siempre la hubo”, en la Argentina viene creciendo desde los años setenta, en coincidencia con la desarticulación del Estado y su captura por los grupos prebendarios.

Es el caso de la “carpa chica”, de Menem, que apasionó a Horacio Verbitsky. Hubo grandes lucros personales pero no llegó a ser un sistema.

Con la “patria santacruceña” hay un salto cualitativo, por su magnitud y organización. Ya no es la corrupción de los gobernantes, atribuible a un corruptor, sino un sistema de expoliación organizado por ellos mismos. Su magnitud alcanza cifras de nivel macroeconómico y sus efectos sobre la vida social son contundentes.

Cada política estatal contribuye de alguna manera al expolio.

Tal el caso de las estatizaciones, las obras públicas o los subsidios.

La cuestión deja de ser principalmente ética para convertirse en un desastre social, como en el caso de la Tragedia de Once: no sólo evidenció la cadena del latrocinio montada sobre los subsidios al transporte sino que puso en evidencia el criminal deterioro de los ferrocarriles.

Quienes crean que se trata de un problema menor, normal o sólo ético deben reflexionar sobre los 51 muertos del 22 de febrero de 2012.

Diez años de “patria kirchnerista”, ratificada en dos elecciones es sin duda algo que desanima. Lo único alentador es que este sistema voraz no ha llegado a ser estructural. Depende de una cúpula política, surgida de elecciones.

Cuando concluya el período de la actual gobernante, puede derrumbarse y desaparecer. Siempre que quien la suceda evite la tentación de mantenerla en beneficio propio.

Publicado en Clarín

Etiquetas: Corrupción, Kirchnerismo

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