Luis Alberto Romero

artículo publicado

9 de diciembre de 2015

La reveladora telenovela del traspaso

En la Argentina hemos tenido muchas transiciones políticas complicadas, tanto entre gobiernos civiles como entre militares y civiles. Pocos gobiernos se privaron de “pasar a planta permanente” a sus amigos políticos contratados. En algunos casos hubo “pesadas herencias”, que los nuevos gobiernos solían magnificar. Pero no recuerdo ningún caso en el que, luego de definido su sucesor, el gobernante tomara decisiones de magnitud tal que, como en el “éxodo jujeño”, dejaran al nuevo gobierno un país arrasado. Y jamás hemos tenido algo parecido a este episodio, grotesco pero muy revelador, sobre la transmisión del mando.

Repasemos la historia contemporánea. En 1916, cuando asumió Yrigoyen, portador de la regeneración democrática, todo se desarrolló normalmente; la única novedad fue la multitud que en la Avenida de Mayo arrastró la carroza, algo que pareció premonitorio de los nuevos tiempos. En 1922 Yrigoyen promovió a su amigo y discípulo Marcelo de Alvear, pero le impuso al vicepresidente, el fiel Elpidio González; podría comparárselo con Zannini, pero sería una ofensa imperdonable a aquel hombre probo. En 1928 Yrigoyen volvió al poder, desde el llano y plebiscitado, venciendo a un candidato radical antipersonalista, promovido desde el gobierno; Alvear apoyó esa combinación con reticencias, posibilitó el triunfo de Yrigoyen y le entregó el gobierno con la urbanidad que le era propia.

El general Uriburu, que no sentía afecto ni por Justo ni por sus ideas, no obstaculizó su elección y facilitó la transición sancionando en 1931 la polémica ley del impuesto a los réditos. En 1937 Justo no sólo eligió a su sucesor, Roberto Ortiz, sino que montó una elección fraudulenta para consagrarlo. En 1946 Perón era el candidato oficial del gobierno militar de 1943, en el que ocupó los más altos cargos; como Justo en 1931, antes de asumir les pidió a sus camaradas que se hicieran cargo de sancionar algunas leyes importantes.

A diferencia de los gobiernos militares de 1930 y 1943, el de 1955 no logró que triunfara su candidato. Arturo Frondizi se impuso luego de un acuerdo con el peronismo proscripto, y un sector importante de las Fuerzas Armadas pretendió que no se le entregara el poder, pero el presidente Aramburu hizo valer la “palabra empeñada” y el traspaso se produjo con normalidad. El pasaje de Frondizi a Guido fue muy complicado: un presidente depuesto por los militares y un titular del Senado que jura a hurtadillas ante un miembro de la Corte, para desesperación del general Poggi, frustrado presidente, que sin embargo aceptó la situación. Es uno de los casos en los que se hizo un esfuerzo por salvar las apariencias, y con ellas, el hilo de la legitimidad.

La transición de Lanusse a Cámpora en 1973 se pareció en muchas cosas a la de 1958. Un sector de las Fuerzas Armadas se resistía a entregar el poder al peronismo, pero Lanusse pudo completar una transición más que compleja, que incluyó la rehabilitación de Perón. Es uno de los casos más notable de respeto a las formas republicanas en una transición que no lo era. En los tres años siguientes hubo cuatro presidentes, una elección, un funeral y un proceso en el que hubo “pesadas”, “aprietes” y convenientes renuncias, pero todo se hizo con mucha preocupación por salvar las formas.

En 1983, terminó la última dictadura militar. Además de una herencia pesada, con la que todavía lidiamos, una semanas antes de la elección, los militares dictaron una ley de autoamnistía, que Alfonsín rechazó de plano, a diferencia del candidato justicialista. Maltrechos y divididos, los militares conservaban las armas, como lo recordaron en la Semana Santa de 1987. Algunos podrían haber intentado condicionar a Alfonsín, o al menos expresar su desagrado, pero no hubo nada, y Bignone se vistió de civil para entregar el bastón.

La transición de Alfonsín a Menem fue original. Se había previsto una transición de varios meses, pero estalló la crisis hiperinflacionaria, duplicada por la inestabilidad política, y Alfonsín renunció para forzar a un reticente Menem a hacerse cargo del gobierno por anticipado. No hubo nada especial en el traspaso de Menem a De la Rúa, salvo la herencia, cuyo peso real sorprendió a los gobernantes. El período entre la renuncia de De la Rúa -una historia en sí misma- y la asunción de Kirchner fue largo y complejo; desfilaron varios presidentes, ocurrieron muchas cosas entre bambalinas, pero más allá de algunas normas tensadas al límite, todos los protagonistas convinieron en sostener la legitimidad.

En un país cuya política fue espasmódica, tensa y facciosa, la ceremonia de transmisión del mando ha sido la parte más respetada de la vapuleada tradición republicana, quizá porque sus formas, rituales y símbolos remiten a otros que son muy viejos. En nuestra cultura occidental, llevan por vía directa a las monarquías medievales, y más atrás a la Roma republicana y a las polis griegas. Los antropólogos nos dicen que en cualquier sociedad humana el poder se ha organizado en torno de rituales semejantes.

Así fue, hasta hoy, con los Kirchner. Naturalmente, ni en 2007 ni en 2011 hubo palos en la rueda, pero sí algunas modificaciones al protocolo, como trasladar la ceremonia del espacio recoleto de la Casa de Gobierno al Congreso, con sus barras aclamantes. Son detalles menores, en un largo período de arbitrariedad, cleptocracia y faccionalismo. Estas novedades culminaron en 2011 cuando Cristina Kirchner se hizo colocar la banda por su hija. Amor de madre, dolor de viuda reciente, pero lo cierto es que una ceremonia pública se transformaba en una familiar.

Las singularidades de estos días son mucho más espectaculares, pues no se asocian con una reelección sino con el fin de un mandato y de un régimen. Desde el 22 de noviembre, con un presidente electo, hubo una catarata de decisiones y de nombramientos, más propios de quien inicia un gobierno, para culminar con las discusiones sobre el lugar y la forma del traspaso de los atributos presidenciales, el cetro y la banda. ¿Por qué?

En la conducta de Cristina Kirchner hay una dimensión psicológica que es conjetural: un especialista podría decirnos si su comportamiento se encuadra en los límites de la cordura, un concepto que es elástico pero no tanto. Otra dimensión tiene que ver con el carácter y también con el personaje que ella ha construido, que recuerda aquellos magistralmente interpretados por Tita Merello.

Más fácil de explicar es la idea del poder que Cristina y Néstor compartieron y que se expresa en este final. Los Kirchner actuaron convencidos de que el pueblo les daba todo el poder y a título personal, al punto de que lo público y lo privado eran una sola cosa. Así era Néstor -poco digno del procerato que se le viene confiriendo- y mucho más Cristina, no limitada por una percepción objetiva de la realidad. Una misma idea unifica su conducta con respecto al bastón presidencial y a los dineros públicos.

Un poder de este tipo sólo funciona cuando los gobernados aceptan ser los sometidos. Esto es lo más sorprendente de los 12 años que ahora concluyen, y lo que nos recuerdan estas últimas escenas. Cristina no ha sido un “pato rengo”. Las urnas le fueron esquivas, emerge un nuevo peronismo que busca sus dirigentes, pero quienes forman su círculo más cercano mantienen la sumisión y aceptan sus últimos dictados, cuando la ciudadela se derrumba. Ni Mussolini lo logró. En este aspecto, el retroceso institucional argentino es asombroso.

Es cierto que hace un año nuestras fantasías eran más terroríficas: quizás aparecerían bandas armadas sembrando el terror o se produciría un golpe de Estado de última hora. Todo eso se ha reducido a una sola incógnita, trivial y hasta divertida: ¿le pondrá la banda a Macri? Hasta el último momento, Cristina escribe el relato de la telenovela en la que vive y nos hace vivir. Mañana tendremos el desenlace, más divertido que importante.

Publicado en La Nación

Etiquetas: Historia de los traspasos presidenciales, Los Kirchner y el poder, Los símbolos del poder

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