Luis Alberto Romero

artículo publicado

15 de julio de 2014

La sociedad civil respira sólo si tiene autonomía

Debate. Diputados votó casi por unanimidad que el pañuelo blanco de las Madres sea emblema nacional. Es otro gesto que marca cómo el Estado ha ido avanzando sobre iniciativas de la sociedad, para subordinarla.

El pañuelo blanco de las Madres de Plaza de Mayo está a punto de convertirse en un “emblema nacional”. Así lo votó, casi por unanimidad, la Cámara de Diputados.

Pronto quizá tengamos el Día del Pañuelo.

Treinta años atrás, todos nos habríamos alegrado con esta consagración legal de una lucha ciudadana que encabezaron las Madres. Hoy creo que las cosas no son así.

Es difícil abstraer el pañuelo y separarlo de Bonafini o de Schoklender.

Los diputados han comprado mercadería deteriorada. Se tentaron con una manzana ya comida por el gusano, y con la podredumbre a la vista.

¿Cómo se llegó a esto?

Por la trayectoria de Madres, y por su carácter emblemático, casi sacro, que conservan pese a todo.

Desde 1983, Madres comenzó con la intransigencia contra democrática y pasó a la apología de la violencia. Luego Néstor Kirchner las tentó, les dio un lugar en su movimiento, en el Estado y en el relato y las sumó a una gran operación de corrupción gubernamental. Hoy, quienes quieran defender la antigua causa de los derechos humanos deberán crear otras organizaciones y buscar otros símbolos.

Hay otro problema, más profundo, que excede a este gobierno y a Madres, y explica la casi unanimidad de los diputados. Reside en una manera de entender el Estado y su relación con la sociedad, que se construyó en el siglo XX y hoy arraiga firmemente en el sentido común, incluso en el de sus críticos. Se trata de un i deal de Estado orgánico, no republicano, que aspira a integrar y organizar a todos los sectores de la sociedad.

Cuando surge un interés o un movimiento de opinión vigoroso, se crea una Secretaría o Ministerio para fomentarlo quizá, pero sobre todo para encuadrarlo y subordinarlo. Es el ideal del Estado católico, el fascista y el comunista, cada uno a su modo. También el de la Comunidad Organizada de Perón.

Durante la dictadura, el movimiento de los derechos humanos llegó a ser una poderosa expresión de la sociedad civil. Nunca Más fue su Testamento. Pero el gobierno democrático, que hizo tantas cosas por consolidar la soberanía de la ley, decidió crear una Secretaría de Derechos Humanos. No puede dudarse de su buena voluntad, pero también hay que examinar los supuestos de su decisión. ¿Era necesaria?

¿No bastaba con dejar a la Justicia hacer su trabajo, simplemente juzgando con ecuanimidad?

¿Era conveniente crear una suerte de competidor para el movimiento de la sociedad civil?

¿No hubo acaso un exceso de Estado, que preparó el camino para un exceso de gobierno?

Los buenos propósitos de 1984 se convirtieron en la voluntad manipuladora de 2003, desarrollada por un gobierno que se apropió de la causa de los derechos humanos e instrumentó las organizaciones, la memoria y la propia justicia.

Madres fue corrompida y convertida en un apéndice del movimiento gobernante. El secretario de Derechos Humanos Eduardo Duhalde reinterpretó Nunca Más en clave setentista. Las instituciones de la memoria se convirtieron en fuente de empleo para la militancia gubernamental y en productoras de una versión del pasado reciente adecuada al relato oficial y a la nueva “doctrina nacional”.

Más aún, en el manejo de los juicios de “lesa humanidad” el gobierno ha extendido su larga mano sobre la Justicia, con fiscales militantes y jueces presionados. Lo que debió haber sido el arca de la alianza del Estado de Derecho se convirtió en una operación donde los acusados, condenados de antemano sin distinción, fueron rodeados de un elaborado festival mediático y sometidos, antes y después, a condiciones de detención que parecen más propias de la venganza que de la justicia.

Los derechos humanos están siendo manipulados, desnaturalizados y hasta violados por el gobierno, y esto corroe la base del Estado de derecho.

¿Quién habla desde la sociedad ? ¿Cuál ha de ser la voz autónoma y autorizada, la Amnesty local que defienda los derechos humanos, rectamente entendidos? ¿Cómo contradecir los dichos de una organización como Madres, todavía amparada por su historia? Su símbolo, el pañuelo, acaba de ser convertido en emblema nacional, con el apoyo casi unánime de los diputados. Al igual que en casos anteriores, como el de YPF, la manipulación discursiva del gobierno ha sido magistral. Ni Perón habría logrado una síntesis similar entre Estado, gobierno, movimiento y doctrina.

A principios del siglo XX Émile Durkheim, fundador de la sociología y eminente republicano, sostuvo que el Estado -sus oficinas, sus funcionarios, sus gobernantes- es el lugar donde la sociedad puede pensar sobre sí misma. En su opinión, Estado y sociedad deben ser esferas articuladas pero independientes. Para ello, la sociedad civil necesita su propio proceso de reflexión y sus voceros, que participen en las deliberaciones del Estado pero conservando su capital más importante: la autonomía.

Hoy la Argentina debe reconstruir su Estado, literalmente pulverizado, pero también tiene que impulsar la organización y expresión autónoma del mundo asociativo, que afortunadamente es denso, diverso, laborioso y creativo. Es el momento para que la sociedad civil reconstruya aquella unidad de propósitos y valores que tuvo durante la dictadura.

Debe retomar la bandera de los derechos humanos, sin duda, pero también ha de sumar otras, vinculadas con los problemas de la hora, como la corrupción y la transparencia. Y además, debe estar atenta para que ningún gobierno se apropie de sus organizaciones y emblemas.

Publicado en Clarín

Etiquetas: Estado, Pañuelo blanco, Sociedad Civil

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