Luis Alberto Romero

artículo publicado

29 de mayo de 2020

La violencia, esa herramienta predilecta

El secuestro y asesinato de Aramburu es uno de esos hechos que, por su inmenso impacto, configuran un nuevo escenario político.

No es que faltaran antecedentes y causas. Desde 1966, Onganía transformó la crónica inestabilidad política del país en una rotunda polarización social contra “la dictadura y el imperialismo. A fines de los años sesenta, una “primavera de los pueblos” agitó los imaginarios. Para los disconformes e ilusos, todo era posible. La realidad perdía su opacidad, se volvía transparente y podía ser drásticamente transformada. Bastaba con que el pueblo tomara el poder y aniquilara a sus enemigos.

Esta ilusión sobrevoló especialmente entre los jóvenes que se politizaron. Unos venían de algún grupo de la izquierda radicalizada; otros, como los fundadores de Montoneros, de la militancia católica tocada por la ola posconciliar. Unos estaban fatigados de buscar a la “clase obrera”; otros querían encontrar pronto al “pueblo de Dios”. Todos optaron por zambullirse en el peronismo, con la ilusión de imprimir su sello en ese conjunto magmático.

Primero florecieron los grupos armados. Algunos siguieron el modelo cubano de la guerrilla rural; otros optaron por una guerrilla urbana en la que el foco armado se escondía en la multitud. Más allá de un pelaje político variopinto, había dos coincidencias: el poder estaba al alcance del fusil, y el “para qué” se vería después.

En 1969, el Cordobazo abrió otra perspectiva para la ilusión revolucionaria. De allí surgieron los sucesivos “azos” citadinos y también el sindicalismo combativo o “clasista”. Algunos, como A. Tosco, imaginaron que era posible canalizar todo eso en un movimiento político electoral.

Todos miraban al peronismo. Qué es lo que agrupaba a esa mayoría multiforme era un enigma; pero estaba clara la “bronca” hacia todo lo que oliera a Revolución Libertadora, y la esperanza en el retorno de Perón, unido a la idea que Roberto Cossa puso en boca de un personaje de la obra teatral “El avión negro”: “que no jodan a los negros”.

A principios de 1970, políticos y militares impulsaban una alternativa liberal a Onganía: el general Aramburu. Tejiendo acuerdos, en mayo el general frecuentaba el Círculo del Plata, un cenáculo plural regenteado por Marcelo Sánchez Sorondo y Juan Manuel Abal Medina, donde Fernando, su hermano menor, atendía un pequeño puesto de libros. A fines mayo la tertulia fue sacudida por una insólita noticia: el joven Abal Medina encabezaba un grupo denominado Montoneros, que había secuestrado y luego asesinado a Aramburu.

En todo el peronismo hubo una explosión de júbilo: el “ajusticiamiento” colmó los anhelos de revancha y justicia. La aceptación del asesinato, que implicó su legitimación política, fue un nuevo jalón en el largo desarrollo del espiral de la violencia.

Montoneros ganó pronto una fama que excedía su modesto desempeño militar inicial. Sus primeros dirigentes, formados en la militancia católica, aportaron la tradición que había nutrido el nacionalismo católico de los años ‘30 y 40: la justificación sacrificial del asesinato y la glorificación de la muerte en combate. Pero la gran novedad consistió en su declarado acatamiento incondicional a Perón y el desplazamiento del conflicto social y político hacia el antiguo eje de peronismo y antiperonismo.

Perón aceptó el apoyo y los sumó a su vasto frente, en calidad de  “formaciones especiales”. Según el léxico castrense, tenían libertad para el manejo táctico, inclusive la traducción y adaptación de las palabras de Perón. La utilidad recíproca  disimuló las tensiones entre ambas partes, que solo salieron a la luz con Perón en el poder.

En 1972 Montoneros dio un gran salto con la organización de la JP, que integró a diversos grupos de acción legal -desde estudiantes hasta “villeros- con sus especificidades pero con un sólido encuadramiento político y militar. Ganaron las calles y desplegaron una notable capacidad de movilización, que solo encontró competencia con la que, apresuradamente, montó el peronismo histórico. Rápidamente, los reclamos algo utópicos de la “primavera de los pueblos” habían devenido en una guerra civil dentro del peronismo, de la que pocos quedaron fuera. En ella, Montoneros usó abundantemente el asesinato estratégico, un recurso al que también apelaron sus contrincantes.

El conflicto había vuelto a cambiar de eje. El enemigo -los “gorilas”- eran no solo la dictadura militar y sus socios sino la dirigencia peronista tradicional, y lo que se dirimía en la lucha era la sucesión de Perón, o quizá la regencia.

¿Para qué quería Montoneros encabezar el peronismo y llegar al poder? De los objetivos solo se hablaba en términos vagos y tan genéricos como el “socialismo nacional”. Todo lo absorbía la lucha, que llevó a Montoneros a fortalecer su organización militar y finalmente a conducir a su vasta hueste al gran sacrificio final.

Tales las consecuencias, apenas mediatas, de su acto fundacional: el asesinato de Aramburu. ¿Hubo alternativas para este final anunciado, del que la Organización fue solo uno de los responsables? Tanto Lanusse como Perón las buscaron, y ambos fracasaron. Finalmente la violencia terrorista, signada por el asesinato de Aramburu, se convirtió en la herramienta predilecta de todos los actores del drama.

Luis Alberto Romero

Publicado en Clarín

Etiquetas: Asesinato de Aramburu, Guerrilla urbana, Montoneros, Onganía, Peronismo

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