Luis Alberto Romero

artículo publicado

23 de octubre de 2013

La vuelta del nacionalismo arrogante y paranoico

Con Uruguay, son tiempos de banderas al viento y de ultimátums. Si Cristina estuviera hoy en la palestra, sin duda recordaría a Manuel Dorrego, prócer epónimo de la historia oficial y uno de los grandes enemigos de la independencia de la Banda Oriental. En 1814 asoló ferozmente su campaña para acabar con Artigas. En 1825 apoyó la guerra contra Brasil, para recuperar la provincia Cisplatina, y a principios de 1828, como gobernador de Buenos Aires, hizo un último esfuerzo para ganarla, cuando ya había un extendido consenso sobre la independencia de la República Oriental del Uruguay. A sus ojos la patria -una realidad de límites imprecisos por entonces- era despojada de una provincia legítimamente suya.

Ecos de esas ideas resuenan en las imprudentes palabras de nuestro gobierno en el conflicto por las pasteras, enredado por su pésimo manejo.

No fue una golondrina. En los últimos años la Argentina soberbia y paranoica, la “Argentina grande con que San Martín soñó”, está reapareciendo, en conflictos con Brasil, Chile y Paraguay.

Cada uno tiene su lógica, y en cada caso hay una torpeza específica. Pero tras todos ellos se adivina al “enano nacionalista”, siempre listo, cuando se frota la lámpara, para cubrir torpezas o disimular problemas más urgentes.

Nuestro viejo y desdichado nacionalismo se asienta principalmente en lo territorial; en la convicción de que existe un territorio esencialmente argentino, acechado por vecinos peligrosos, que quieren quedarse con lo nuestro. Un territorio que ya fue despojado en el pasado de porciones que le pertenecían legítimamente.

Los vecinos acechantes fueron Brasil y Chile. Brasil sucedió a Portugal, que desde el siglo XVI se llenó de sospechosos judíos expulsados de España, alentó el contrabando y comenzó a morder en la zona de las misiones jesuíticas. A los ojos de nuestros nacionalistas, fue el comienzo de un sostenido proyecto expansivo, respaldado por Gran Bretaña -protestante e imperialista- y sistemáticamente ejecutado por Itamaraty.

En cuanto a Chile -según la geopolítica, disciplina predilecta de los nacionalistas-, basta con ver su forma, su “loca geografía”, para entender el eterno expansionismo trasandino, del que participaron los mapuches del siglo XVIII, los anarquistas de la Patagonia rebelde o los migrantes recientes.

Estas ideas quizá parezcan fantasiosas, pero fundamentaron durante mucho tiempo las hipótesis de conflicto de las Fuerzas Armadas, aunque desde la década de 1950 los militares empezaron a preocuparse más por las fronteras ideológicas interiores.

En cuanto al territorio esencialmente argentino, el imaginario nacionalista siempre lo relacionó con el del Virreinato del Río de la Plata, que en 1810 heredamos de España. Quiénes somos “nosotros” es algo fácticamente impreciso, pero de existencia indudable para quienes creen en la Nación eterna.

En el imaginario nacionalista, fuertemente influido por el hispanismo, los argentinos perdimos el Paraguay, el Alto Perú, hoy Bolivia, y la Banda Oriental.

Esta idea fue natural para Dorrego y también para Rosas, quien se resistió a reconocer la independencia de los fragmentos separados. Así se contó la historia en nuestros libros de texto, generación tras generación. Esas palabras reaparecen cada tanto, incluso en textos actuales más correctos, que revelan cuán instalada está la idea en nuestro sentido común.

Hoy no suele haber ni agresión ni resentimiento hacia ellos. Más bien ensalzamos la generosidad y desprendimiento argentinos, al conceder a nuestras antiguas provincias el derecho a ser naciones soberanas.

Sólo esperamos, quizás, algo de agradecimiento y consideración. Levantar una inmensa chimenea enfrente mismo del lugar de descanso y recreación construido por la comunidad de Gualeguaychú, para recreo de vecinos y visitantes, es un gesto descomedido, propio de gente desagradecida.

Desde hace tres décadas, concluidas las cuestiones con Chile -donde otra vez fuimos generosos- el nacionalismo territorial ha concentrado su pasión irredentista en las Malvinas y en la Antártida. Desde entonces, también, la Argentina se sumó a un monumental proyecto de varios países sudamericanos: el Mercosur. Fue un emprendimiento casi contemporáneo de la fundación de la democracia institucional, y Raúl Alfonsín estuvo presente en ambos.

El acuerdo transformaba competencias y chicanas en colaboración y soluciones concertadas.

Sobre todo, ofrecía una salida para la cuestión central de la economía argentina: cómo desarrollar sus capacidades productivas más allá de las limitaciones de su mercado interno.

Desde hace unos años, el gobierno de los Kirchner ha ido poniendo trabas a ese proyecto, así como a otros con Chile.

Probablemente no hubo ni hay razones estratégicas y meditadas, sino una suma de decisiones coyunturales: la puja de Aerolíneas con Lan, el desequilibrio del intercambio comercial con Brasil, la cuestión de las pasteras con Uruguay, la destitución del presidente Lugo en Paraguay.

Problemas distintos, pero resueltos con un estilo común y muy conocido: apelar al viejo nacionalismo, arrogante y paranoico.

Apelar al imaginario de la “Argentina grande” y tratar a los vecinos como provincias díscolas o como enemigos constitutivos. Si atendemos a nuestro canciller, estamos al borde del divorcio con Uruguay, país al que, curiosamente, todos los argentinos respetamos y amamos.

Publicado en Clarín

Etiquetas: Conflictos con vecinos, Cristina Kirchner

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