Luis Alberto Romero

artículo publicado

7 de diciembre de 2019

Las elecciones de 1989, otra cara del peronismo

El 14 de mayo de 1989 se celebró una elección presidencial en la que se impuso el candidato justicialista Carlos Menem, con el 48% de los votos, contra el 37 % que obtuvo el radical Eduardo Angeloz. La normalidad con la que transcurrió fue lo excepcional de esta elección: por primera vez desde 1916 un presidente traspasaría el mando al candidato del partido opositor.

Hubo otras circunstancias excepcionales. La candidatura de Menem surgió de una elección interna directa e inobjetable, con concurrencia masiva -la única en la historia del peronismo-, en la que sorpresivamente el riojano derrotó al favorito, Antonio Cafiero. Por otra parte, la elección presidencial se desarrolló en medio de una devastadora hiperinflación, desencadenada en enero de 1989, que continuó luego del comicio y llevó al presidente Raúl Alfonsín a adelantar cinco meses el traspaso del mando.

La perspectiva de un gobierno peronista, las promesas de campaña de Menem y la falta de definiciones sobre su política de gobierno agudizaron la crisis, provocaron el adelantamiento de la entrega del poder y crearon el clima de expectativa que rodeó sus anuncios, luego de asumir. Se trataba de un programa económico completamente inesperado, de corte liberal y extraño a la tradición del peronismo, que sin embargo lo aceptó, con pocas objeciones. Muchas cosas de estas elecciones reclaman una explicación. Para discutirlas, el Club del Progreso y la Universidad de San Andrés convocaron al politólogo Marcos Novaro y a Carlos Corach, un político que ocupó un lugar destacado en el gobierno de Menem. Sus coincidencias son tan interesantes como sus diferencias.

Nuevos liderazgos

Corach señaló la importancia que tuvo para el peronismo la constitución del liderazgo de Menem, el primero desde la muerte de Perón en 1974. En ese lapso, el peronismo fue dirigido primero por un liderazgo sindical, conducido por el metalúrgico Lorenzo Miguel. Ese tipo de conducción, eficaz antes de 1983, sufrió la derrota ese mismo año y fue remplazada por otra, dirigida por los gobernadores peronistas electos, que convocó a las elecciones internas. Luego del triunfo de Menem, y como es norma en el peronismo, el nuevo líder convocó a la unidad, produciéndose convergencia de todos los sectores y el alineamiento tras la nueva jefatura; el mismo Corach -así lo subrayó-, que había sido un dirigente importante del grupo de Cafiero, fue convocado a puestos de responsabilidad por Menem.

Novaro subraya otro aspecto, menos amable: la hiperinflación de 1989 y 1990. Originada en la dilación de la necesaria reforma y ajuste del Estado, que Alfonsín no encaró, la “hiper” fue agudizada por Menem, que echó leña al fuego con sus propuestas de campaña -“el salariazo”- y luego con su pertinaz silencio, que acentuó la desconfianza de “los mercados”. El 9 de julio, para sorpresa de todos, anunció un programa que significaba convertir la “coalición distribucionista” que lo llevó a la victoria, en una “coalición reformista”, que asumió el programa del ajuste y la reforma e integró al proyecto a los grandes grupos empresarios. Reconciliaba así al peronismo con la democracia y con el capitalismo, tema en el que Novaro encuentra una de las claves del problema argentino.

Corach reforzó la idea del liderazgo de Menem, basado en la búsqueda de la pacificación y los consensos en toda la sociedad, que ejemplificó con los abrazos con Isaac Rojas y Álvaro Alsogaray y la designación de ministros provenientes del grupo Bunge y Born. El consenso -señaló el experimentado político- es algo que primero se paga y después se cobra. Y para pagarlo son necesarias espaldas anchas, como las que suministra el liderazgo peronista.

La reforma de la Constitución en 1994 fue, para Corach, un buen ejemplo de las reformas acordadas y consensuadas: en cada cuestión, cada parte cedió algo. Otros aspectos importantes del proyecto reformista fueron los indultos, el fin drástico de los golpes militares, la política exterior de apertura al mundo y las reformas económicas. Aunque Menem no habló de ellas antes, ya las tenía pensadas -aseguró-. Inicialmente no tuvieron éxito -como lo muestra la hiperinflación de 1990- pero el presidente persistió en su decisión, cambió el equipo de expertos encargado de desarrollarlas y finalmente logró éxitos notables, como acabar con la inflación.

Limitaciones

Novaro coincide en la potencia de esa transformación, que apuntaba correctamente a atacar el problema nodal argentino y reconciliaba al peronismo con el moderno capitalismo. Pero señaló sus limitaciones, que hicieron efímero el éxito, como se vio en 2001. Para mantener la “coalición distribucionista” y convencer a sus apoyos políticos, pagó precios muy altos, no justificados -siguiendo la metáfora de Corach- con lo que cobró luego en términos de reformas sustentables.

Los fondos provenientes de las privatizaciones de empresas estatales, y otras masas de ahorro acumuladas, le permitieron repartir recursos y conformar a diferentes sectores con tratamientos especiales, muy costosos. Mantener el precio del dólar relativamente bajo hizo más fluido el mercado interno, alivió el costo de las transformaciones, pero desalentó la búsqueda de mayor competitividad empresaria. En realidad fue un ajuste sin grandes costos y una transformación limitada por las concesiones a los sectores interesados. Cuando los recursos se agotaron -en el momento en que planeaba su reelección-, retomó los mecanismos clásicos -emitir moneda y congelar el tipo de cambio- y comenzó a preparar la crisis que estallaría en 2001. La reconciliación del peronismo con un capitalismo sano y vigoroso había fracasado.

Interrogantes

Corach y Novaro coinciden en la importancia de haber transformado el viejo “movimiento peronista” en un partido institucionalizado y consistente, capaz de contener la diversidad de tendencias internas y de asegurar al gobierno la gobernabilidad sin salirse del marco institucional. Hasta 1994, el giro de 180 grados en sus políticas solo había alejado del partido a ocho diputados, que comenzaron a organizar el Frente Grande. Parecía que el peronismo se adecuaba a la democracia de partidos.

¿Había cambiado el peronismo? Para Corach, el llamado ” menemismo” solo fue una fase histórica del movimiento, al que caracterizó como esencialmente democrático e institucional, señalando que fueron sus adversarios los que, en diversas ocasiones, recurrieron a recursos extra institucionales para sacarlo del poder. No duda de que entonces y ahora su acción siempre se enmarco en los límites de las instituciones republicanas.

Para Novaro, las cosas fueron un poco diferentes. Aún durante la revolución menemista, en términos de cultura política, el peronismo siguió considerándose “el” partido del Estado y no una parte de un sistema democrático competitivo. Para los peronistas de entonces, como los de ahora, gobernar el Estado es algo natural y apropiado, mientras que el gobierno de una fuerza opositora es una anormalidad, una expropiación de la voluntad del pueblo. No le faltan razones para creerlo, dado su eficacia electoral, su capacidad para usar electoralmente los instrumentos estatales, su control de los sindicatos, de la calle y del discurso.

Después de 1983, mientras las normas institucionales conservaron la fortaleza originaria, el peronismo se comportó como un partido institucional. Cuando estas se hundieron, durante la crisis de 2001, reaparecieron sus características más profundas. También aquí -señala Novaro- se advierten los límites de la reconciliación del peronismo con la democracia.

Publicado en La Nación

Etiquetas: Alfonsín, Conducción peronista, Corach, El salariazo, Elección de 1989, Menem, Novaro, Reformas de los noventa

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