Luis Alberto Romero

artículo publicado

Diciembre de 2001

Las Instituciones y la Crisis

“El mundo es un infierno en pequeña escala”, escribió en 429 San Agustín: “esta vida es la ira de Dios”. No le faltaban razones. El obispo de Hipona había sabido del saqueo de Roma por el visigodo Alarico en 410, y en ese momento su ciudad era asediada por los vándalos de Genserico, que ya gozaban de merecida fama. La civilización verdadera, la de Cicerón o Séneca, se derrumbaba delante de sus ojos. Y sin embargo, en ese mismo momento, en las ruinas del mundo romano, se estaba produciendo el nacimiento de una cultura cristiana nueva y esplendorosa, de la que el mismo Agustín sería reconocido como uno de los Padres. Para los historiadores, esta limitación de la conciencia de los actores es un tema clásico; también debería ser un motivo de reflexión para los propios actores. Hay que admitirlo: quienes viven la crisis y están sumergidos en ella entienden poco de lo que pasa; rara vez desde el fondo del precipicio se alcanza a vislumbrar lo nuevo que está naciendo. La experiencia de nuestro siglo nos lo confirma ampliamente. Las desesperadas palabras que se usaron en 1901, en ocasión de la conflictiva conversión de la deuda externa, podrían haber sido dichas hoy; y sin embargo, ahora pensamos que la Argentina del Centenario fue brillante y esplendorosa. La crisis de 1930 quedó asociada con la imagen del Discépolo de “Cambalache” o “Dónde hay un mango, viejo Gómez”. Pero en realidad la crisis fue corta, y relativamente benévola para la Argentina; sobre todo, las reformas desarrolladas desde 1933 por Federico Pinedo crearon las bases institucionales y materiales para un nuevo tramo del crecimiento argentino, basado en la industria y el mercado interno, y prepararon el Estado de Bienestar que administró Perón. Inversamente, los años iniciales de su presidencia, la “fiesta” de 1946 a 1949, en lugar de consolidar ese despegue, como creían sus contemporáneos, iniciaron lo que Tulio Halperin llamó “la larga agonía de la Argentina peronista”. Muchos -yo mismo- asociamos las reformas económicas de Krieger Vasena en 1967 con el triunfo del capital monopolista y el fin de todo posible desarrollo económico nacional. Sin embargo, hoy sabemos que entonces se iniciaba el último gran impulso del capitalismo en la Argentina, que hacia 1973 estuvo más cerca que nunca de la “punta” tecnológica del mundo. Por último, creímos que la reestructuración económica de Menem y Cavallo a principios de los noventa era “cirugía sin anestesia”. No advertimos las dosis masivas de esa anestesia, aplicadas tanto a los grandes grupos económicos, que debían consentirla, como a los directos perjudicados, y extendida a todos quienes podían obstaculizar el proyecto reeleccionista. Solo hoy, a la hora de pagarlo, conocemos verdaderamente el costo de esa anestesia masiva.

En suma, quizás en el momento entendemos poco, como San Agustín, y el futuro nos depara nuevas perspectivas. Me parece que es una reflexión de alguna utilidad, ante la crisis de hoy, cuyo primer balance ciertamente no podría ser más negro y desesperanzado; que alienta fácilmente a las salidas desesperadas, pero que reclama también un poco de frialdad y prudencia. Un balance más amplio de la crisis, que mire tanto el pasado como el futuro, debe sin duda incluir una dimensión menos negra: hoy en la Argentina funciona una democracia que ha hecho del pluralismo un valor. Se trata de una verdadera novedad en nuestra historia política contemporánea. Hemos conocido dos movimientos profundamente democráticos –el radicalismo y el peronismo-, pero escasamente republicanos, y convencidos ambos de ser la encarnación de la Nación. Discursivamente al menos, los adversarios ocupaban el lugar del enemigo del pueblo, que debía ser excluido, expulsado, lo que le dio a la política un tono fuertemente faccioso. Los gobiernos militares, intercalados entre las experiencia democráticas, profundizaron este rasgo de nuestra cultura política: el Ejército y la Iglesia se identificaron con la Nación católica, condenaron a sus enemigos al campo de los apátridas y potenciaron un nacionalismo autoritario y excluyente que consolidó el aspecto más negro de nuestra cultura política. De ahí que, entre tantas calamidades, no podamos sino apreciar el eclipse de ese nacionalismo excluyente, el nuevo pluralismo democrático y la convicción compartida acerca de la intangibilidad de los derechos humanos. Es algo. Una parte de la historia previa a 1983 parece cerrada. Otras historias continúan, sin solución de continuidad, como el sostenido desarme del Estado, la desaparición de controles para el capitalismo y la consecuente polarización de la sociedad. Todo ello abre otro género de interrogantes, y el primero, acerca de la misma democracia. Las épocas en que podíamos ver en ella una panacea pasaron. Hoy se nos aparece precaria y débil, en una sociedad que se desarma, e insuficiente para proveer por si sola de soluciones a la crisis. Por otra parte, el retroceso del nacionalismo esencialista nos recuerda que una comunidad política necesita un cierto cemento que la mantenga unida, una idea de nación. Los ciudadanos que han acordado vivir bajo un mismo orden legal deben compartir valores más amplios que un código o una constitución, y más sustanciosos que el fútbol. Ernest Renan decía que la nación es un plebiscito cotidiano. ¿Cómo estamos votando cada día, mientras asistimos, como Agustín, al derrumbe del mundo conocido? ¿Qué queremos conservar de él, con vistas al que vendrá y apenas atisbamos? En medio de la crisis todos nos sentimos compelidos a actuar, a votar en ese plebiscito, a impulsar un cierto rumbo para nuestra comunidad política. Las elecciones nos resultan insuficientes: debemos manifestarnos cada día. Quienes podemos comparar esta urgencia militante del día con experiencias anteriores encontramos una diferencia importante: hoy no sabemos exactamente dónde están el bien y el mal, o más exactamente, quien es el malo. Tampoco lo sabía, en realidad, Agustín: buena parte de esos bárbaros que arrasaban la civilización romana ya eran cristianos. Otrora, los militares nos aclaraban fácilmente las dudas: bastaba con estar en contra de ellos. Hoy no es tan fácil: las fuerzas del mercado, que giran locamente, mueven a todos pero rara vez se encarnan en actores concretos. La militancia de urgencia, de tiempos de crisis en los que no vemos claro, que nuestra conciencia nos exige, choca con este problema: contra quién. También con otro: cómo luchar de una manera que sea positiva y no disolvente; una manera que permita renovar cotidianamente el plebiscito en que se funda la nación: votar por la afirmativa y no por la negativa, por la reconstrucción y no por la disolución. Criticar a un presidente, un ministro o un dirigente político es una cosa; criticar las instituciones o la política misma es otra, tan peligrosa como un bumerán, pues lo único que puede controlar la rueda loca del mercado son instituciones públicas sólidas. La Universidad es una de ellas. Devolverle el peso perdido a esas instituciones es una lucha larga, seguramente con varias batallas y algunas derrotas. En ese punto se impone la frialdad y la prudencia. Debemos preguntarnos cuánto es lo que queremos poner en juego en cada combate, y cuánto elegimos preservar para las próximas batallas, que quizá sean las de nuestros hijos, cuando lo nuevo que se está construyendo en esta crisis empiece a aparecer. Todos los que pertenecemos a la comunidad universitaria hemos puesto mucho esfuerzo para construirla, y no lo hemos hecho mal. Hemos votado por ella en muchos plebiscitos cotidianos: clases, exámenes, reuniones, ponencias, concursos. Todavía nos sirve, y mucho, y les servirá a quienes vienen detrás de nosotros. Como hizo Agustín con su iglesia, en un mundo que para él había dejado de tener sentido, nuestra obligación es cuidarla.

Publicado en Criterio

Etiquetas: Crisis de 2001

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