Luis Alberto Romero

artículo publicado

16 de marzo de 2012

Las Malvinas y el mítico territorio argentino

¿Son realmente argentinas las Malvinas? El debate actual impulsa a reflexionar sobre nociones sólidamente instaladas en una convicción construida durante cien años por la Escuela y el Estado. “Son argentinas”, responde la mayoría, de manera automática, remitiendo a una idea instalada acerca de una nación argentina que es eterna y está más allá de cualquier contingencia histórica.

No es una idea exclusiva de los argentinos. Desde fines del siglo XVIII, la desarrollaron Herder y Fichte y desde entonces, se convirtió en una de las grandes ideologías del mundo occidental. La nación esencial ha sido fundada en la raza, la lengua o la religión. Los argentinos finalmente la hemos asentado en el territorio, nuestro territorio, que al igual que la nación, existió siempre. Así, creemos que hubo indios “argentinos”, y en cualquier mapa, aunque se refiera al 8 mil antes de Cristo, dibujamos prolijamente las fronteras actuales. Si alguno de esos territorios no está hoy bajo la jurisdicción del Estado argentino, pensamos que debemos “recuperarlo”, redimirlo. El “irredentismo” es un componente esencial de este nacionalismo territorial, y condensa uno de sus rasgos principales: la paranoia. Alguien nos sacó lo nuestro y debemos recuperarlo.

Desde cuándo. La historia es convocada para suministrar los argumentos necesarios. ¿Desde cuándo existe realmente ese territorio? La explicación más sólida y convincente nos lleva al Virreinato del Río de la Plata. La Argentina es su prolongación, con excepción de algunas partes, que magnánimamente hemos cedido a sus habitantes: Bolivia, Paraguay, Uruguay. Esto constituye un problema y un desafío para los historiadores. ¿Cómo comenzar a contar una historia de la Argentina? ¿Cómo hablar de la etapa anterior a la constitución del Estado?

Raúl Fradkin y Juan Carlos Garavaglia enfrentaron esa cuestión en su libro La Argentina colonial, que integra la Biblioteca Básica de Historia editada por Siglo XXI. El título, que le permite ubicarse al posible lector, no refleja sus ideas, y casi las contradice: la Argentina no existía en la etapa colonial. Pero llegará a serlo en algún momento y parte de ese proceso transcurre en los siglos coloniales. Los autores se aproximan por pasos, relacionando el futuro territorio argentino con las regiones estrechamente ligadas, que hoy son otros países.

Estas tierras eran al principio la parte trasera del Virreinato del Perú. El interior se adosaba al Alto Perú, y el Litoral surgió de la expansión de Asunción, mientras que Buenos Aires era algo así como la puerta trasera. A fines del siglo XVIII, hubo un reordenamiento que convirtió a Buenos Aires en capital y puerto de un nuevo virreinato. Pero todavía la Argentina estaba lejos. Sobraban Bolivia, Paraguay y Uruguay, así como una buena parte de las misiones jesuíticas. Faltaba la Antártida, naturalmente, y la Patagonia, de jurisdicción dudosa. Las Malvinas cambiaban de mano varias veces, por ocupaciones de hecho o por alguno de los muchos tratados de paz negociados por la dinastías europeas, que en materia de territorios carecían de espíritu nacional.

Fradkin y Garavaglia siguen su historia hasta 1820. Todavía la Argentina está distante. A la crisis imperial de 1810 siguió una fragmentación política profunda, de la que surgieron muchas provincias, con una imprecisa aspiración a reunirse en un Estado. En 1816 el Congreso de Tucumán habló vagamente de “Sudamérica”: en rigor, no se sabía qué ocurriría con el Alto Perú, con la Banda Oriental, el Paraguay, y había dudas con las otras provincias artiguistas. Las cosas siguieron más o menos así hasta que, al cabo de un ciclo de guerras –impropiamente llamadas “civiles”–, las provincias acordaron constituir un Estado y darle una Constitución. Fue un acuerdo político. Hubo una aceptación consciente y deliberada de los habitantes para constituir un nuevo Estado. Luego, ese Estado usó la fuerza para integrar otros territorios –la Patagonia, Chaco, Formosa–, convertidos en territorios nacionales, hasta que la provincialización permitió su integración deliberada al contrato político.

Rousseau, no Fichte. Este recorrido, que va más allá de las propuestas de los autores, recuerda que en su origen el Estado argentino fue el fruto de un contrato político. La Argentina nació siguiendo a Rousseau y no a Fichte. Sobre él se construyó la nación, y entonces surgieron los relatos que le aportaron otros fundamentos, como el de Bartolomé Mitre, que habló de una nación preexistente. Pero el fundamento contractual, el acuerdo consciente y deliberado, existió.

La Argentina disputa hoy con Gran Bretaña por la soberanía sobre las Malvinas o las Falkland. Apela, entre otros, a argumentos históricos, como el del Virreinato. Es un buen argumento, pero no una verdad indiscutible. En tiempos del virreinato, los territorios no eran esencialmente de nadie. Circulaban, como Colonia del Sacramento, y la posesión era un argumento poderoso. Por otro lado, repudiar el pasado hispano, como se hizo con la Independencia, no es muy compatible con el reclamo de una continuidad territorial.

Los argumentos geográficos también son buenos, pero discutibles. Conviene enterarse de que muchos países no aceptan los criterios de la plataforma submarina, el mar epicontinental o las 200 millas costeras. Entre nosotros, son más eficaces que los históricos, quizá por la extraordinaria potencia ideológica, presentada como ciencia, de la geografía, especialmente de la geopolítica. Con ese fundamento, el Estado desarrolló una acción sistemática a través del Instituto Geográfico Militar. En materia cartográfica, su palabra es ley. Igual que con el Indec, quien dude de ella puede ser sancionado.

Sobre esas bases se construyó la ideología del nacionalismo territorial, fuente principal de nuestra conciencia nacional. Una conciencia que tiene una dimensión patológica y que alimenta nuestra soberbia y nuestra paranoia. Hemos oído mucho de eso, en boca de hannibales, ansiosos de carne de “apátridas”. Nuestros políticos necesitan a las Malvinas para sus discursos y las Malvinas están siempre allí para cumplir su doble función de unificación y descalificación.

La mayor utilidad de las Malvinas es que no las tenemos. Tanto, que hacemos lo necesario para no tenerlas nunca. Un territorio irredento, que debe ser recuperado, es lo mejor para unirnos en contra de un cierto enemigo nacional, que no necesariamente es extranjero. Allí están los apátridas, los cosmopolitas, los liberales. No hace falta decir mucho más para subrayar todas las nefastas consecuencias ideológicas y políticas de este discurso. Necesitamos reclamar unas Malvinas siempre distantes. Si las obtuviéramos, nuestro nacionalismo paranoico buscaría otro territorio irredento. Podría ser eventualmente Bolivia, Uruguay o Paraguay. Pero con seguridad lo será la Antártida, no bien salga a la luz que ese territorio, que en los mapas aparece como nuestro, figura en los mapas de muchos otros países. Nuestra paranoia nacionalista tiene el porvenir asegurado.

Publicado en Perfil

Etiquetas: Fronteras, Soberanía, Territorio

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