Luis Alberto Romero

artículo publicado

1 de julio de 2017

Las organizaciones de derechos humanos se han convertido en una profesión

En la reciente edición de la Noche de la Filosofía, Luis Alberto Romero se refirió a “la memoria del pasado que duele, el de la dictadura y la violencia”, desde un enfoque opuesto a la corriente que transitó sin dique ni compuerta alguna en los últimos años dejando un ambiente crispado en el que los debates serenos ya no parecen posibles. Una apuesta arriesgada que, tal vez por respeto al marco en que se dio o porque los tiempos están cambiando, fue bien recibida.

“No puedo entender cómo alguien cree sensato prohibir que la gente investigue”, insiste, en diálogo con Infobae y como exponente de una profesión cuya razón de ser es mostrar las complejidades del pasado y hoy enfrenta un maniqueísmo que “bloquea lo que debe ser una conversación abierta en una sociedad”, colocando al otro “en el lado del mal irredento”; sus argumentos por lo tanto ya ni siquiera interesan. A contramano de esa mirada binaria, Romero cree que “cada uno en algún momento algo hizo para empujar un poquito la espiral de la violencia”.

¿Cómo salir de una situación que nos ancla en el pasado, nos bloquea porque “nos impide pensar en otras cosas”, ya que cualquier propuesta es descalificada por la acusación de “cómplice de los asesinos” hacia el que la formula?

Es el tema de esta entrevista con el profesor Luis Alberto Romero, autor, entre otros títulos, de Breve historia contemporánea de la Argentina. 1916-2010, integrante del Consejo de la Universidad de San Andrés y docente en la Universidad Di Tella y en FLACSO, tras muchos años de dictar cátedra en la UBA. También dirige la colección Historia y Cultura de Siglo XXI Editores.

— ¿Qué le pasa a un país para que el número de desaparecidos haya que fijarlo por ley?

— Es que hace tiempo que tenemos todo un problema con el tema de la memoria de los 70. Y por algún motivo en el último año esto eso se ha crispado de una manera insólita. Venía siendo un tema complicado, pero ahora de repente se convirtió en una especie de bastión que unos creen que el enemigo está dispuesto a asaltar entonces juran defenderlo con su vida porque saben que de ese bastión depende el futuro de la humanidad, como si fuera la batalla de las Termopilas en las Guerras Médicas. Sólo que del otro lado no hay mucha intención de asaltarlo, así que en realidad es un combate un poco extraño donde de un lado son muy, muy intransigentes, y el extremo de esa intransigencia es una cosa tan absurda como esa ley.

— Una ley de la provincia de Buenos Aires…

— Sí, que por lo que yo sé se presentó un día y se aprobó al siguiente. La ley dice que el Estado, el de la provincia, cuando hable del tema de los desaparecidos debe usar la expresión “30 mil desaparecidos”. Y “genocidio”. Supongo que para cualquier persona de sentido común es muy fuerte que el Estado saque una ley diciéndole cómo se debe hablar, porque el Estado incluye a la escuela, a los profesores, a los maestros, a los libros de texto, a los programas. Es una ley imprecisa, la reglamentación dirá cuál es el alcance, pero puede ser muy grande. Es una ley no meditada, nadie se sentó a pensar la aplicabilidad, las consecuencias. Es producto de una reacción entre emotiva y política, porque me parece que hay de un lado una emoción a flor de piel con el tema de los desaparecidos y el temor de que el gobierno modifique la política llamada de derechos humanos y por otro lado hay un grupo político que muy deliberadamente maneja esto como parte de su denuncia general contra Mauricio Macri, que según ellos dicen es igual a Videla. Entonces, si es igual a Videla, está en contra de los derechos humanos.

—¿Se puede llamar negacionista a quien dice que los desaparecidos fueron entre 12 y 15 mil?

— Eso está tomado de Alemania. Desde el comienzo del tratamiento público del tema de los desaparecidos se decidió de entrada que era igual que en Alemania. Cosa que es difícil en muchos sentidos, desde el número hasta la definición racial que tenían en Alemania, mientras que acá fue una cosa específicamente política, de modo que la palabra genocidio no cuadra y yo diría que es injusta para con los desaparecidos, no desapareceron por cuestiones raciales sino por sus ideas, sus convicciones. Y lo del negacionismo nunca lo pude entender para el caso alemán, con 6 millones de judíos y un trauma tan grande, mucho menos para este caso. No puedo entender cómo alguien cree sensato prohibir que la gente investigue. Que la gente vaya a ver si fue así, cómo fue así. Me parece absolutamente incompatible con una concepción liberal, no de la economía, sino de las ideas, el artículo 14 de la Constitución, la libertad de pensamiento. Es tomar algo que está en esa zona común de la memoria y la historia, que es investigable, y trasladarlo a la fe, a una verdad de fe. Son las verdades que un católico tiene, la Santísima Trinidad, etcétera; ahí están, no se pregunta qué es, se cree en ellas.

— Usted dice que este debate, tal como está planteado, no nos sirve. ¿A qué se refiere exactamente?

— No nos sirve porque los debates sobre la memoria y sobre el pasado son parte consustancial de la vida social, política, cultural y está bien que los haya y es muy importante y tiene que ver con nuestras posiciones respecto del presente. Pero hay un momento en que ese debate bloquea lo que debe ser una conversación abierta en una sociedad, al cristalizar las posiciones y al incluir cada uno al otro en el lado del mal irredento. Dividir las cosas entre buenos y malos es decir yo con ese no hablo, no le tolero nada, no voy a permitir que diga tal cosa, no me interesan sus argumentos. Ahí es donde hay un bloqueo. Y por el lugar que ocupa la cuestión en la Argentina, que no es un lugar menor, es central, está metido en toda nuestra discusión política, me parece que nos impide pensar en otras cosas. Porque de entrada cada proyecto se cataloga como “éste es cómplice de los asesinos”, según quién lo formule.

— Usted también dijo que no hubo inocentes en aquellos de la violencia…

— Le diría que es una opinión de historiador. Un historiador, cuando estudia algo, encuentra que las cosas son mucho más complejas que lo que supone dividirlas en buenos y malos. Y luego cada uno tiene razones por las cuales hizo ciertas cosas y si uno empieza a estudiar esas razones descubre que la responsabilidad de él es una parte, después viene lo que le enseñaron, la sociedad; después resulta que sus conductas no fueron todas iguales y que a veces fue más duro que en otro momento… En fin, que no hay blancos y negros sino grises. Esto lo dice incluso la gente que estudió el período nazi en Alemania: se mira lo que fue la vida cotidiana de la gente y llega a la misma conclusión.

— O en Francia bajo la ocupación.

— Sí, y en cualquier otra etapa de la historia porque además es casi evidente, si uno piensa en uno en el presente y en la gente que lo rodea, no hay buenos y malos. La naturaleza humana es lo suficientemente compleja como para que no pueda ser reducida a buenos y malos; eso es hacer una especie de violencia de la realidad, encasillarla. Lo cual, se entiende, tiene una función. Me estoy peleando con alguien y quiero conseguir amigos, eso me ayuda. Es el modesto aporte que podemos hacer los historiadores, cuando tomamos un poco de distancia, porque la profesión de historiador tiene esa tarea que es enfriar el tema y mostrar su complejidad. El aporte de mostrar que las cosas son más complejas. Por ejemplo, nuestra memoria sobre el drama de los 70 se fundó en 1983 con el documento Nunca Más que decía que había habido una cantidad de víctimas inocentes. Eso sabemos que formó parte de un cierto compromiso político; todo empezó en 1976. Los historiadores que miran para atrás y encuentran la continuidad me parece que hacen un buen aporte a desmitificar la cuestión de buenos y malos y a descubrir que cada uno en algún momento algo hizo para empujar un poquito la espiral de la violencia.

— Siempre digo que los actos de condena al golpe del 76 son raros porque muchos partidos o grupos que convocan son fuerzas que trabajaron para el golpe de Estado, de una u otra manera. El PC apoyó a Videla abiertamente, Montoneros y el ERP contribuyeron agudizando la violencia. 

— Indudablemente. El PC es todo un caso en sí mismo. Pero el movimiento de derechos humanos, que en mi opinión es una de las cosas más maravillosas que tuvo la Argentina en su momento, en verdad ya nació con esta especie de imbricación con la gente que había militado en las organizaciones armadas o en las cercanías y eso ocupó un espacio creciente. Y eso no tenía que ver con derechos humanos, eso tenía que ver con “la próxima lo vamos a hacer mejor”. En una época yo organizaba unas reuniones para discutir el tema de los partidos armados en la Universidad de San Martín e invitábamos a gente que investigaba sobre eso. Y rápidamente cualquier conversación derivaba hacia la pregunta de “en qué fallamos y cómo hacerlo mejor la próxima vez”. Una fantasía, pero que indica el estado de ánimo de un buen sector de los grupos de derechos humanos.

— En su ponencia en la Noche de la Filosofía, usted también señaló que el reclamo de justicia poco a poco se fue convirtiendo en la reivindicación de la lucha armada.

— Y sí, sí. Bueno, Hebe de Bonafini lo dijo casi desde el comienzo, y nunca nadie de su campo la desmintió, en privado decían cosas pero nadie salió a cruzarla cuando ella decía “vamos a empuñar los fusiles de nuestros hijos”. Es todo un tema el de las organizaciones de derechos humanos, porque está la cuestión de la confluencia con quienes venían de la militancia. El otro problema que tienen estas organizaciones es que se han convertido en una profesión, porque hay dinero, hay muchísimas cosas. Entones hay mucha gente que cuando defiende la intransigencia en los derechos humanos, en realidad está defendiendo su lugar de trabajo. Lo cual hace más complicado el problema: ya no es cuestión de convencer a alguien sino de decirle que la plata que el Estado ha gastado en esto ahora se va a usar en otra cosa.

— ¿Qué podemos hacer para ir superando este maniqueísmo estéril?

— Mire, hay una idea de largo plazo que a mí me parece clara y no entiendo por qué no se suma rápidamente mucha gente, aunque la verdad que cuando otra gente trató de formularla se encontró con reacciones violentísimas, de rechazo total. La idea clara es que, de un modo u otro, todos somos culpables pero también todos somos víctimas. Aun los que mataron a otros y terminaron muertos son también víctimas. Y que una forma de empezar una cierta elaboración de ese pasado es reconocer que todos fueron víctimas y recordarlos a todos juntos. Porque ahora el monumento a las víctimas tiene un toque faccioso, como las cosas que decía Ceferino Reato de que los que atacaron el cuartel en Formosa son víctimas y los soldados conscriptos que murieron por ese ataque son victimarios, no víctimas, porque es un mundo dual.

 Un único monumento para todos…

— Se simbolizaría en un único monumento. Es una idea magnífica que planteó Héctor Leis, un ex montonero, uno de los pocos casos de ex guerrillero que hizo públicamente una crítica muy radical de su experiencia. Además una persona inteligente y que estaba agonizando, todo contribuía a… él tenía una desesperación por ver algo antes de morirse. Pero la gente más afín con él, no hago nombres pero algunos son muy conocidos, reconocían que en este momento era imposible hablar con un familiar de un desaparecido y decirle el nombre de tu hijo va a estar junto con el del torturador.

— Cuando vino Ángela Merkel, una madre se acercó a hablarle de Darío Lopérfido… pero en Alemania hicieron lo contrario de lo que se dice: juzgaron a un puñado de jerarcas nazis, se reconciliaron, y gracias a eso Alemania es lo que es hoy.

— Sí. Aunque la historia de Alemania no termina ahí. Es cierto que inicialmente ellos bloquearon la revisión, de manera tajante, con una especie de pacto de omertá. Alemania se reconstruyó y cuando estuvo reconstruida ese cepo se levantó y se discutió mucho. Pero con menos encarnizamiento que nosotros. Ya no había muchos a quienes hacérsela pagar.

— ¿No está pasando acá algo similar? Porque muchos de los que tuvieron mayor responsabilidad ya están muertos.

— Sí, pero ahí arrastramos otro problema que es que los juicios fueron muy facciosos. Por lo que he podido averiguar, si un abogado neutral examina las sentencias, encontraría fallas muy gruesas en el punto “más allá de toda duda razonable”. La prueba que hay no alcanza. Y la otra cosa muy gruesa que se hizo es que el acusado debía demostrar que no había sido partícipe. Era condenable a menos que… Exactamente a la inversa de lo que es la tradición jurídica. Pero el episodio de la Corte muestra que es un problema muy, muy difícil de solucionar.

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Etiquetas: 30.000 desaparecidos, Historia y memoria, Memoria maniquea, Organizaciones de DDHH

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