Luis Alberto Romero

artículo publicado

24 de marzo de 2006

Las preguntas que nos debemos 30 años después

Treinta años después, la crítica pública de la última dictadura militar –el Proceso– y en particular del terrorismo de estado que éste instrumentó, ha sido completada. Una tarea fundamental en la construcción del régimen democrático se ha cumplido. De aquí en más deberíamos proponernos, en la construcción de la imagen del Proceso, dar un paso más y pasar de la denuncia de lo ocurrido a su comprensión.

En los orígenes, el Proceso fue demonizado. Esa imagen demoníaca –bastante distante de lo que había sido hasta entonces la percepción común- se construyó aceleradamente, en poco tiempo, entre el fin de la guerra de Malvinas en 1982 y la condena a las Juntas en 1985. Una banda perversa y poderosa se había ensañado con una sociedad inocente. Para exorcizar al demonio, la sociedad empuñó la imagen de la democracia, tan potente como aquel, pero buena y generosa. La panacea democrática constituyó la imagen invertida del Proceso.

Tal construcción imaginaria fue sustancialmente virtuosa. La democracia que se quería fundar –bastante diferente de la que el país había tenido en otros tiempos- para ponerse en marcha carecía de todo: de tradiciones, rutinas, dirigentes y hasta de ciudadanos, pues la mayoría de los argentinos de entonces era conmovedoramente ignorante de las reglas del juego democrático. A falta de otra cosa, la fe en sus virtudes y en su potencia constituyó la piedra angular de la construcción del régimen democrático que se iniciaba. Y la fe requería una imagen del pasado inmediato contundentemente negativa, ni demasiado fiel ni excesivamente analítica.

La memoria social –lo que se recuerda, olvida o tergiversa- tiene sus razones, que la razón comprende. Pero comprenderlas no significa satisfacerse con ellas. Tampoco, dejar de considerar las consecuencias no queridas e imprevisibles de acciones que originalmente fueron virtuosas. Hay una pregunta que hoy, treinta años después, ya podemos hacernos: ¿Fue el Proceso un demonio ajeno a nuestra sociedad, o una expresión, repugnante pero legítima, de nuestra cultura política?

El terrorismo de estado no surgió de la mente extraviada de algunos. Hay una cultura política de acumulación, compartida por todos quienes militaron en nuestra conflictiva vida política. Su construcción fue un proceso largo, pero con saltos cualitativos. Por ejemplo, autorizar o encubrir los fusilamientos clandestinos de 1956 por parte del gobierno presidido por el general Aramburu, o asesinar a este general en 1970, como carta de presentación en sociedad de Montoneros, uno de los partidos armados de entonces. Aceptar con relativa facilidad esos y otros asesinatos formó parte de la historia de naturalización de la violencia que le acaeció a toda la sociedad argentina y que posibilitó la acción brutal de los militares de 1976.

En muchos otros aspectos, el Proceso constituyó una versión, potenciada a extremos aberrantes, de elementos de larga gestación de nuestra cultura política. La concentración del poder en el vértice ejecutivo, la subordinación de la ley a un proyecto regenerativo, la auto identificación con la Nación y sus intereses superiores, y la exclusión y aniquilación del otro, catalogado como enemigo de la patria: todas esas malas pasiones hirvieron en el caldero argentino a lo largo del siglo XX, y unos y otros abrevaron en él.

Quizá por esa naturalización de prácticas largamente conocidas, la sociedad no rechazó al Proceso de modo masivo y unánime. Entre la resistencia frontal de algunos y la aceptación incondicional de otros, hubo una amplia gama de grises. Hubo quienes trataron de salvar lo que se podía, quienes no quisieron enterarse, quienes procuraron ayudar a los militares a salir del laberinto en que se habían metido, quienes aceptaron en general la represión pero denunciaron los excesos. Se trata de la condición humana: ni ángeles ni demonios. Las miradas románticas o maniqueas no ayudan a entenderla.

1983 fue el momento de la revelación del horror, y también el momento en que era necesario borrar los matices, leer el pasado en blanco y negro, auto exculparse y demonizar al otro. Para fundar la nueva democracia era necesario publicitarla: no solo era buena, sino también potente. No era cuestión de poner demasiado a prueba este supuesto, hurgando en los problemas que habría que enfrentar: esas circunstancias duras y rebeldes a la acción política que el Proceso había consolidado, como la deuda externa, el empobrecimiento y polarización social o la amputación del estado.

Pero a poco andar, la imagen buena y potente de la democracia –esa visión especular del Proceso, esencial para la construcción del régimen democrático- comenzó a resultar también un lastre. Se había prometido la panacea, y en realidad se iniciaba la travesía del desierto. Las realidades duras, transitoriamente olvidadas, estallaron como cargas de acción retardada -1987, 1989, 2001- y los daños fueron puestos en la cuenta de la democracia. Las generaciones nuevas, ajenas a la génesis del Proceso, y las más jóvenes, sin experiencia personal de la dictadura, evaluaron a la democracia por sus logros, medidos en relación con sus propias promesas.

En una suerte de movimiento pendular, a la ilusión siguió la desilusión, y esta fue tan fuerte como aquella. Sobrevino la pérdida de fe en la democracia, la aceptación de liderazgos irresponsables, la crítica de toda política, los impulsos regeneracionistas. Desde entonces es cada vez más difícil construir un régimen democrático: un mecanismo delicado que entre otras cosas necesita tiempo, rutinas, calma, confianza y responsabilidad.

Algo de esto tiene que ver con nuestras imágenes del Proceso y también de la democracia. A diferencia de 1983, hoy necesitamos –me parece- una mirada más comprensiva, menos maniquea, y sobre todo, menos ilusa respecto del pasado. Treinta años después, creo que ya podemos reconocer y asumir nuestra historia. Ese quizá sea el aporte que, a partir de ahora, a través de la conmemoración del Proceso, podríamos hacer a la democracia.

Publicado en Clarín

Etiquetas: Cultura política, Terrorismo de Estado, Violencia

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