Luis Alberto Romero

artículo publicado

25 de mayo de 2005

Las voces del Centenario

El segundo Centenario, que se avecina, invita a los balances y proyectos: dónde estamos, dónde deberíamos estar, dónde queremos estar. A la vez, nos confronta con balances y proyectos que en ocasiones parecidas hicieron nuestros antepasados. Es difícil comparar las preocupaciones actuales con las de los hombres de 1810, seguramente tan azorados por la crisis del Imperio hispano como esperanzados por la apertura a un mundo nuevo e imprevisible. La Argentina actual, en cambio, es bastante previsible. Mucho más cercanas son las inquietudes de los hombres del primer Centenario; compartimos sus angustias y en buena medida, para bien o para mal, somos los hijos de sus proyectos.

En 1910 la Argentina era un país pujante: una economía próspera y floreciente, una sociedad transfigurada por la inmigración, móvil e inclusiva, un estado potente, capaz de imprimir un rumbo al país. Para muchos, la Argentina estaba destinada a estar entre los primeros países del mundo. Se sabía que había mucho por hacer y mucho por corregir. No se vislumbraban aún las tormentas de la economía mundial, pero en cambio había clara conciencia de lo que se llamaba la “cuestión social”, y también de las carencias y limitaciones de la vida política. Los del Centenario fueron tiempos de discusión animada, ríspida y productiva, entre distintas voces, algunas tradicionales y otras nuevas, que reclamaban su espacio. En ese contexto abierto y plural, las propuestas de cambio fueron tomando forma.

Entre esas voces diversas sobresalió una de tono tan polémico como pesimista. Sostenía que en las décadas anteriores todo había sido mal hecho, inclusive lo que aparentemente funcionaba bien. La Argentina prosperaba –admitían- pero le faltaba contextura espiritual, identidad y unidad. La solución pasaba por fortalecer la esencia nacional, cualquiera que ella fuese: la raza, la lengua, la religión o el alma del pueblo. Este diagnóstico fue trascendente. Lo que empezó siendo el clamor de un grupo de intelectuales, en las décadas siguientes nutrió el lenguaje político, informó el diagnóstico de los problemas y perfiló las soluciones propuestas. En alguna medida, también sesgó las transformaciones y reformas de una Argentina que se iba haciendo más compleja. La democracia, por ejemplo, se desarrolló según una variante que fue más plebiscitaria que republicana; la reivindicación de la unidad nacional se tradujo en movimientos políticos que reclamaban con exclusividad esa representación, y en líderes que pretendían encarnar el pueblo. El mismo argumento fue luego usado, mutatis mutandis, por los gobiernos militares, que se proclamaron los garantes del supremo interés nacional y legitimaron así la eliminación de las disidencias. Ni unos ni otros encontraron resistencia eficaz en una cultura política profundamente trabajada por esa exigencia de la unidad nacional.

La Argentina actual se parece poco a la pujante del Centenario, o a la que en las décadas centrales del siglo XX supo alcanzar una suerte de dorada medianía. Si aquella era una Argentina vital y conflictiva, la de hoy está exangüe. Desde 1975 el estado comenzó a descalabrarse aceleradamente, el país se endeudó, la economía se desarticuló y la sociedad perdió su capacidad de integración. En esta historia de decadencia, la única novedad fue el surgimiento, en 1983, de un sistema político democrático, fundado por primera vez en una cultura política plural y preocupado por la institucionalidad republicana.. Pero las sucesivas crisis económicas –estertores de la Argentina exangüe- fueron debilitando la ilusión democrática inicial y corroyeron la confianza de los actores en las reglas de juego institucionales. Visto a la distancia, se nos aparece hoy como una flor exótica, o quizá como un clavel del aire, cuyas débiles raíces fueron aflojadas por vientos poderosos.

A los argentinos les costó entender de qué se trataba, y apostaron sucesivamente a nuevas ilusiones. En 2002, las reacciones iniciales combinaron la desesperación y la ira ciega con la fe ingenua en un nuevo principio. Pero finalmente, la mirada social llegó a ser aguda y constructiva, y la crisis presente se ubicó en el contexto de procesos mucho más largos. Quedó claro que la Argentina había desarmado una forma de organizar su economía sin llegar a remplazarla por otra. Que la vieja sociedad móvil e integrativa había desaparecido y que la pobreza y la desocupación serían por mucho tiempo sus características dominantes. Que el estado, tradicionalmente maniatado por los grupos de interés, había perdido casi toda su capacidad de acción autónoma, y no solo por el endeudamiento externo. Que las instituciones y el orden normativo estaban corroídos tanto por la convicción generalizada de que las sanciones eran improbables cuanto por la misma falta de fe en la legitimidad de la norma. Que la democracia, finalmente, hacía agua, por la carencia de fibra republicana de sus partidos, y sobre todo por la debilidad de una ciudadanía sin tradición y carcomida por el empobrecimiento social.

Todos estos procesos se entrelazaban de tal modo que al principio las únicas salidas imaginadas consistían en deshacer todo, volver al estado inicial de igualdad e inocencia y construir de nuevo la sociedad, el estado, la nación. Pero finalmente la madurez se sobrepuso al regeneracionismo apocalíptico. La crisis empezó a ser considerada también como una oportunidad, en tanto se operara sobre los distintos factores con la delicadeza de quien desarma una bomba. El default estaba en primer lugar, junto con la situación inmediata de pobres e indigentes. Pero luego el sistema político, las agencias estatales y la justicia, donde tanto la norma como el ejemplo deberían hacer retroceder la corrupción. Gradualmente, con poca declamación y discusiones infinitas, y sin que faltara la defensa de los intereses sectoriales, se fue constituyendo un cierto consenso acerca del orden de los problemas públicos.

La densidad de la reflexión de ese annus mirabilis parece similar a la de 1910. Desafortunadamente, no coincidió con un centenario que la consagrara, y va camino de convertirse en apenas un efímero momento de lucidez. El talante público hoy es otro. La notoria mejora en las condiciones inmediatas va aflojando la disciplina analítica y el reclamo corporativo ocupa el espacio de la reflexión colectiva. En torno del segundo Centenario, voces gubernamentales tratan de instalar un tema que fue característico del primer Centenario. El problema de la Argentina, nos dicen, está en la falta de un proyecto común en torno del cual sumar los esfuerzos: un proyecto nacional. Es posible que muchos llamen así, simple y sanamente, a aquellas políticas que llegan a ser compartidas luego de un debate amplio, y de una serie de acuerdos y transacciones. Pero las palabras equívocas traen los ecos de antiguos unanimismos integrales. Recuerdan una manera de entender el gobierno del estado y el manejo de la política que signó nuestra larga historia de políticas autoritarias y facciosas.

Aquellos viejos temas reaparecen en el discurso presidencial, particularmente sensibilizador dado su carácter ejemplar. El pueblo constitucional, una noción central de la recuperación democrática de 1983, va siendo desplazado por el pueblo nacional y popular. En nombre de la unidad del pueblo y de la nación, el pluralismo y el debate público son desplazados por la apelación a la unidad contra los enemigos. El equilibrio de poderes, piedra clave de la institucionalidad republicana, se ubica en la lista de las cuestiones meramente formales, que no deben trabar el ejercicio de una democracia calificada de real. Las formas complejas de la representación política son subsumidas por una apelación al plebiscito. Solo falta, para completar, que reaparezca el tema de nuestro destino de grandeza. Los ecos más nefastos del primer Centenario y su secuelas, que envenenaron nuestra vida política, resuenan en las vísperas del segundo Centenario.

Publicado en La Nación

Etiquetas: Crisis de 2001, El Centenario, Kirchner, Pesimismo y optimismo

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