Luis Alberto Romero

artículo publicado

17 de noviembre de 2017

Lecciones de Historia en el vértigo del cambio

Francis Fukuyama no acertó al vaticinar el fin de la Historia: siempre se suma un nuevo capítulo a su dilatado derrotero y quizás por eso es que el ya clásico libro Breve historia contemporánea de la Argentina (Fondo de Cultura Económica) tiene una nueva edición, aumentada y definitiva, en la que su autor, el historiador Luis Alberto Romero, despliega un arco temporal que abarca cien años (1916-2016). Allí recorre vicisitudes económicas, sociales y políticas de nuestro país analiza hechos centrales de los diferentes gobiernos, desde el yrigoyenismo hasta el kirchnerismo.

Texto de consulta obligada para estudiantes, fue publicadopor primera vez en 1994; en 2001 Romero le sumó un capítulo dedicado al menemismo. “En 1993 terminé la primera versión del libro, y concluía con el fin de la presidencia de Raúl Alfonsín. Hacia el año 2000, agregué otro capítulo sobre la década de gobierno de Menem. En 2012, escribí sobre el gobierno de los Kirchner, con alguna noción de que eso iba a terminar en 2010. Redondeé ese capítulo con los últimos cuatro años del gobierno de Cristina Fernández, que incluyo en esta edición. Ahora lo entiendo bien a partir de su final”, subraya.

Esta edición es “definitiva” porque –anticipa Romero– ya no habrá futuras reediciones.“Confieso que tardé en darme cuenta de la enorme importancia del ‘relato’ en el kirchnerismo, quizá por menospreciar a sus referentes intelectuales”, sostiene Romero. “Descubro el error ahora, cuando la estructura kirchnerista se derrumba pero el ‘relato’ no solo sobrevive sino que potencia su capacidad de movilización, y de intrusión y perturbación de los debates públicos. Sigo sin entender a los colegas que mantienen su fidelidad. Eso muestra mis limitaciones como historiador. En esta versión traté de recuperar este tema, y valorar la enorme capacidad artesanal que hubo detrás de una construcción que enlazó el tradicional revisionismo nacional y popular con el setentismo nostálgico y la versión sectaria de los ‘derechos humanos’. Los tres son más que cada uno por separado, y conservan una formidable capacidad para sumar, incluso a quienes no son kirchneristas. Creo que es hoy lo más pesado de la herencia del kirchnerismo, y me parece que se necesita una movilización de quienes han regalado ese territorio, incluyendo al gobierno. Me parece que es la más importante de las batallas pendientes”.

–“Los años pasan. La perspectiva del pasado cambia para todos, también para el historiador”, sostiene en el prefacio. ¿Qué ha variado en su mirada en este cuarto de siglo transcurrido desde la primera escritura del libro?

–Un libro se escribe, está hecho y ahí empezó su propia vida. Este libro se ha usado mucho y se sigue usando en enseñanza secundaria, cursos básicos de la universidad, y en esos casos, el autor termina convirtiéndose en una especie de servidor del libro, porque tiene que actualizarlo para que se pueda seguir utilizando. Por otro lado, mi propósito inicial al escribirlo era llegar al presente, para mostrar la historicidad del presente. De modo que dejarlo con 20 años de atraso contradecía la finalidad del libro. De ahí que entré en este camino de la actualización, y también pasé a descubrir sus inconvenientes. Concretamente, al leer lo que escribí diez años atrás encontraba que había un 30 o 40 por ciento que sobraba, referido a hechos que luego no fueron centrales. Uno va modificando el punto de vista, y eso es propio del trabajo del historiador: las preguntas que le hace al pasado provienen de cuestiones que le plantea el presente. Cuando escribí la base del libro, a fines de los 80 y principios de los 90, el gran problema del país era la democracia y todos los trastornos que había generado traerla en 1983. A partir de 2000, y sobre todo del ciclo de los Kirchner, mi gran pregunta tenía que ver con el Estado, su deterioro y su cada vez menor capacidad para establecer un orden institucional y administrativo sobre la sociedad.

–¿Cuál es su valoración del alfonsinismo? ¿Fue una decepción? De haberlo sido, ¿ese sentimiento cambió a lo largo del tiempo?

–Tengo una altísima opinión de Raúl Alfonsín y de lo que significó en el singular momento en que le tocó gobernar, que –reconozco– tiene mucho que ver con mis principios y valores. Creo que eso se nota en lo que escribí de su gobierno y hasta diría que en todo el planteo de la primera versión. Creo que dentro del amplio sector de los entusiastas de la primera hora hubo una decepción, que se evidenció luego de la Semana Santa de 1987. En buena medida se debió a una ilusión inicial excesiva, a una confianza desmesurada en la panacea democrática, que el propio Alfonsín compartía y transmitía. Con el tiempo todos aprendimos algo muy elemental: la democracia es una condición necesaria pero no suficiente, y la Argentina real, dura, contra la que chocó Alfonsín, no se podía modificar tan fácilmente. En lo personal, no me decepcionó él sino el país, esa vieja Argentina que emergió y se expandió desde 1989. Con el tiempo, muchos descubrieron la excepcionalidad de Alfonsín y la vigencia de los valores, simples si se quiere, de la democracia, el Estado de derecho, el pluralismo que él sostuvo y en buena medida realizó. Hoy, en esos temas estamos volviendo a Alfonsín, pero con más realismo respecto de otros que deben acompañar la democracia institucional.

–En relación a la administración del Estado, califica tajantemente al kirchnerismo como una cleptocracia. ¿En qué se funda esa valoración?

–Empecé en 2010, de manera muy sistemática, a escribir en los periódicos usando el concepto de cleptocracia, y me decían “qué valiente”, “cómo te animás”, porque había empezado a percibir que el núcleo del kirchnerismo no estaba tanto en su discurso sino en cosas que se empezaban a hacer cada vez más gruesas. Aunque, honestamente, las sabíamos desde 2005, cuando el ministro Roberto Lavagna habló de que la obra pública estaba cartelizada. El sabía lo que hoy todo el mundo sabe sobre la obra pública, pero fue un descubrimiento gradual. Había que refinar el concepto de corrupción porque no se puede mezclar la corrupción cotidiana, la del funcionario que cobra por un trámite que igual terminaría aprobando, con algo como lo que armó Kirchner con Julio De Vido, que fue un sistema muy funcional, de saqueo del Estado desde el gobierno mismo. No saqueadores prebendarios, que siempre hubo en la Argentina, sino instalados en la Casa Rosada. Y así es como apelé a esa palabra, el gobierno de los ladrones, como diría Elisa Carrió. Un sistema de gobierno consistente en robar, y creo que es una de las dos o tres cosas que singulariza al kirchnerismo.

–Señala que en 2005 fue posible encauzar un proceso que llevara al país a recuperar la dinámica social de épocas más prósperas, pero que eso no sucedió, y habla de “oportunidad perdida”. ¿Qué no se hizo que debería haberse hecho desde el Estado?

–Desde la década del 70 la Argentina vio crecer esa gran amenaza permanente que era la deuda externa, y fue acomodando su política a poder sobrevivir con esa deuda. Esto caracterizó al gobierno de Alfonsín, cuyas decisiones casi todas tuvieron que ver con achicar la deuda. Esto siguió en los 90, a pesar de la exitosa estabilización inicial de Menem, y finalmente estalló en 2001. Y luego tuvimos algo que una crisis genera, que es que después de provocar una miseria tremenda en muchos sectores, empieza a haber un rebote, un reordenamiento, un primer crecimiento, y allí ocurrió el milagro de la soja, y el país volvió a ser próspero, sobre todo el Estado, que empezó a tener superávits gemelos. Esa prosperidad produjo una reactivación, y uno imagina, porque lo que pudo ser siempre tiene algo de hipotético, que esta prosperidad, acompañada de una administración muy sabia como la que desarrolló Lavagna, primero con Duhalde, y luego en los primeros años de Kirchner, pudo haber sido un buen camino. Combinando las dos cosas, quizás la Argentina podría haber aprovechado ese ciclo virtuoso como lo hicieron muchos países latinoamericanos en la misma época. Y ahí es donde aparece el famoso giro de Kirchner: saca a Lavagna y le da al Estado y su prosperidad el uso clásico de la cleptocracia y la concentración del poder. Construye un kirchnerismo poderoso, un gobierno muy fuerte, y destruye la posibilidad de que la Argentina achicara esa cosa tremenda que era el mundo de la pobreza. Esa es la oportunidad perdida.

–Planteó que si Macri consigue normalizar el país es un logro más que suficiente. ¿En qué piensa cuando habla de normalización?

–Siempre mi idea gira alrededor del Estado, y junto con esto, alrededor de la pobreza, que es lo peor que tiene la Argentina, por esta cosa casi inmoral de que haya pobres, y segundo porque hay gente que reproduce y se beneficia con la pobreza, tanto desde la política, consiguiendo votos de manera clientelar, como de los infinitos negocios que se da en el mundo de los pobres: el trabajo esclavo, la Salada, etc. Revertir lo que era el país en 2015 requiere de una primera etapa, en la que estamos entrando ahora –después de dos años de ir en terreno inseguro y tratando de no desbarrancarse–, y es la de poner el país en caja. Es decir, la macroeconomía, el déficit fiscal, el sistema impositivo, eliminar elementos del gobierno autoritario que impedían el desarrollo de emprendimientos productivos, y volver a instalar el Estado en la vida social. Esta primera etapa no tiene color político porque es probable que en la Argentina se puedan ir armando distintos proyectos sobre a dónde quiere ir el país, si más mercado, más Estado, más equidad, más crecimiento, que son discusiones que se dan en el mundo pero que en la Argentina no pueden darse porque no tiene la base mínima. No tiene mercado ni Estado, hay que rehacerlos. Y en ese sentido, me parece que esa primera etapa del gobierno de Cambiemos, que ya ha recorrido un buen tramo, es una etapa de normalización. El país sigue dividido, y las elecciones todavía son muy reñidas, porque el modelo kirchnerista caló muy hondo, sobre todo por su relato, su capacidad de crear un mundo de mitos que contrastan con la realidad. Ese mundo no cree que el gobierno macrista sea de normalización. Yo creo que sí, que está preparando el terreno para que las discusiones, los desarrollos permitan en algún momento elegir un camino en una determinada dirección.

–Desde el kirchnerismo y sectores progresistas se acusa a Cambiemos de ser un gobierno neoliberal como el de Menem en los 90. ¿Ve elementos que validen esa percepción?

–Primero una aclaración: el gobierno de los 90 fue uno peronista. Lo que se denominaba neoliberalismo estaba bastante matizado. También aplicó políticas en otros sentidos, porque tenía que darle respuesta a quienes lo habían votado. Menem no era Margaret Thatcher. Hizo muchas cosas en favor de la clientela política, de los sindicatos, de las provincias amigas. En el caso de Macri, yo no puedo encasillarlo dentro del neoliberalismo. Una cosa que me llamó la atención de Macri, desde que entró en mi radar político en 2013, es su firme convicción en la necesidad de reconstruir el Estado. Uno que establezca las reglas de juego y que se ocupe de cuestiones indelegables como la educación pública, la salud pública y la seguridad. Eso no me parece que encaje en un modelo neoliberal y tampoco estatista. Y por otro lado, las políticas de ajuste –un término polémico que pone en la misma bolsa todo– lo cierto es que las ha aplicado de manera extraordinariamente prudente. No tiene nada que ver con lo que hizo Martínez de Hoz o Menem. Anduvo con pies de plomo, porque no tenía el poder para ir más ligero. También está esa premisa de decir, desde el universo kirchnerista y un poco más amplio también, “Macri, vos sos la dictadura”. Se le aplican postulados que son menos un razonamiento que una cuestión de fe, algo casi religioso. Si esto es neoliberalismo, yo ya no sé qué es el neoliberalismo.

–Con Cambiemos consolidado como fuerza política con los resultados favorables de las elecciones de medio término, y el peronismo envuelto en una crisis de liderazgo, vuelve a escucharse la idea de que el justicialismo puede desaparecer. ¿Cree que esta visión tiene asidero?

–No sé qué puede pasar en cien años, pero en un horizonte más o menos mediato, no creo que el peronismo desaparezca. Ha vivido transformándose, y si hay algo que lo caracteriza es esa enorme capacidad para reconstruirse, reinventarse, adecuarse a las nuevas circunstancias. En parte esto se debe a que la esencia peronista es una cosa mínima. No hay algo que aferre a la gente, una creencia, un mito, una ideología o una organización. De hecho la palabra “peronismo” no existe en términos políticos: no hay ningún partido peronista. Es una especie de entelequia que está flotando, que se expresa en formaciones políticas diferentes. Estamos asistiendo al comienzo de una reformulación del peronismo, que probablemente se apoye inicialmente en los gobiernos que han conservado, y que quizás encuentre, en un futuro más o menos cercano, eso no lo sabemos, un nuevo líder y una nueva consigna que entusiasme a la gente. En este momento, están pobres de consignas y, por otro lado, están los gobernadores que piensan que es la hora de colaborar y negociar con el gobierno. En este momento no hay una fuerza política importante que pueda llamarse peronismo, pero al mismo tiempo están los materiales para que alguien la rearme.

–Durán Barba define a Macri como representante de la nueva izquierda. ¿Qué opinión le merece esta aseveración?

–Jaime Durán Barba tiene una faceta no profesional, que es la de provocador, en el buen sentido de la palabra. Y creo que está diciendo algo que va en el mismo sentido que yo planteaba. Macri no es un neoliberal. Yo no sé si derecha e izquierda funcionan todavía como categorías políticas. Si lo hicieran, me siento de izquierda, aunque no quiero ser confundido con la izquierda kirchnerista, pero me siento afín con Macri porque veo en él la expresión de una corriente que en la socialdemocracia era muy característica: la combinación del crecimiento capitalista con la equidad social. Quizás con matices, pero en estos tiempos de crisis es difícil saber lo que es el matiz y lo que son las circunstancias. Pero sí, lo pondría, igual que Durán Barba, más cerca de la izquierda que de la derecha.

Por Carlos Maslatón

Publicado en Clarín

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