Luis Alberto Romero

José Luis Romero, historiador ciudadano, por Luis Alberto Romero

(Conferencia en el acto de incorporación a la Academia Nacional de la Historia. 13 de setiembre de 2016)

Agradezco en primer término a los colegas académicos que hoy me reciben, con quienes espero compartir interesantes conversaciones, y también las muchas actividades con que la Academia cumple su servicio a la comunidad.

Agradezco también las generosas palabras de Cristina Seghesso, algo exageradas, diría, pero que atribuyo sobre todo al mutuo afecto que nos tenemos.

Quiero recordar también a Ezequiel Gallo, maestro primero, amigo ahora, quien hizo mucho para que yo estuviera hoy aquí; que habría deseado estar él también, y a quien pronto contaré los pormenores de este evento.

El azar, o quizá la providencia, ha querido que ocupe el asiento que fue de Enrique Zuleta Álvarez, con quien me unió una amistad tardía, pero intensa y singular. Nos conocimos en un consultorio médico, como corresponde a personas de edad, y desde entonces mantuvimos, durante tres años, un intercambio epistolar, que primero él escribía y al final dictaba. Tenía la generosidad de comentar alguna de mis notas periodísticas, y luego seguíamos conversando de política, que el alternaba con una crónica vívida de los males que lo aquejaban, que soportaba con una entereza ejemplar.

Un día descubrí que era platense, que había vivido en el mismo mundo que mi madre y mi padre, que había conocido y admirado a las mismas personas, como Pedro Henríquez Ureña, que conoció a Rafael Gutiérrez Girardot, a Francisco Ayala y a muchos más. En algún momento descubrí que, por los Álvarez, era pariente de Azul Costa Álvarez, compañera de estudios y amiga de mi madre, que con el tiempo devino en abuela de Amado Boudou, una historia que contaba con el colorido que imaginarán quienes lo conocieron.

Por entonces comenzó a mandarme sus libros, y varios textos inéditos, que quería completar y publicar. Descubrí que -contra todos mis prejuicios- coincidía con casi todas sus opiniones, que en él eran además experiencia acumulada de historiador y de hombre. La última de sus lecturas, que me recomendó, fue Séneca, a quien sin duda leeré.

 

***

 

Quiero hablar de un aspecto de la obra y la vida de José Luis Romero: de su obra de historiador y su vida de ciudadano, dos aspectos entrelazados, en tensión pero, de alguna manera muy personal, integrados.

Sabemos que no es una relación sencilla. Que si se la piensa es algo así como la cuadratura del círculo. Marc Bloch en su Apología para la Historia sintetizó el problema: el trabajo del historiador consiste en comprender, y no en juzgar. Bloch lo escribió hacia 1941 o 1942, poco antes de ingresar en la Resistencia y ser fusilado. Pudo haberse ido de la Francia ocupada, pero eligió lo propio del ciudadano: el compromiso y la acción. Sin embargo, es difícil encontrar una huella de todo esto en su Sociedad feudal o en Los reyes taumaturgos.

En cambio, es fácil ver esta relación en la obra de José Luis Romero. Como historiador, fue hombre de una idea, que desarrolló a lo largo de su vida; casi diría que organizó su vida alrededor de esta idea. Como ciudadano también tenía una idea, ordenada por un juicio moral acerca de lo que debía hacerse, y de lo que él quería hacer. Lo singular es cómo empalmaba ambas cosas, cómo el trabajo riguroso del historiador lo conducía a lo que entendía era la encrucijada decisiva del presente; entonces, elegía uno de los caminos, aquel en el que su juicio moral en definitiva coincidía con lo que llamaba la curva profunda del proceso histórico.

Durante mucho tiempo esta convergencia me pareció natural, hasta que encontré, por experiencia propia y ajena, que muy pocos historiadores lograban esa integración. Hace poco encontré una referencia orientadora sobre su modo de pensar en los escritos Isaiah Berlin, cuyo estilo intelectual me resultó muy afín con el suyo. Estudioso de la filosofía política de la Ilustración y el romanticismo escribió:

“…cada filosofía política responde a las necesidades de su tiempo, y solo es posible comprenderla por completo a partir de los factores relevantes de su época”. Pero a la vez -y retomo la cita- “para nosotros  es inteligible en la medida -mucho mayor de lo que muchos relativistas querrían afirmar- en que compartimos experiencias con las generaciones previas”.

Por un lado, Berlin alude a la comprensión del historiador que recorre un mundo pasado extraño y diferente, tratando de comprenderlo en sí mismo; por otro, refiere al reconocimiento de algo de ese pasado -lo que Raymond Williams llamó la tradición activa- que está presente en su persona, no ya de de historiador, sino de hombre integral.

En su opinión, en el siglo XVIII se inicia un conflicto entre la Ilustración y el Romanticismo. Aunque se identifica en general con la Ilustración, encuentra en el poeta alemán Schiller y en el romanticismo temprano una idea cautivante: los hombres no descubren los valores, no se limitan a descorrer los velos de la razón, sino que los crean, en la acción antes que en la reflexión. Berlin une así tres cosas: la comprensión, el juicio y la acción. José Luis Romero señaló en Sarmiento, una de las figuras sobre las que solía proyectar sus propias ideas, esa misma tensa complementación entre lo que, en esa ocasión, denominó “la necesidad” y “la libertad”.

Trataré de mostrar cómo funcionó esto, en su trabajo de historiador y  en su acción ciudadana, y cómo lo resumió en sus ideas maduras acerca de la relación entre los hombres, su pasado, su futuro y ese instante fugaz que cada subjetividad denomina presente.

 

 

II.

Como historiador, José Luis Romero fue hombre de una idea. Una idea de lo que quería estudiar y una idea de lo que llamó “la vida histórica”, a la que me referiré al final

Su objeto comenzó siendo acotado y terminó cercano a la desmesura. Dedicado inicialmente a la historia griega y romana, se convirtió en medievalista. Hacia 1948 ya había encontrado su tema: “los orígenes del espíritu burgués”, algo que finalmente denominó, al aparecer su libro en 1967, “la revolución burguesa en el mundo feudal”. Por entonces redondeó su proyecto, que le insumiría lo que estimaba el resto su vida activa, hasta los ochenta años: una historia de la cultura occidental, de las burguesías y de las ciudades, desde su origen hasta la crisis contemporánea, y paralelamente un estudio sobre la vida histórica y la relación del hombre con el pasado. De esto solo concluyó su libro sobre Latinoamérica y casi concluyó el que continuaba La revolución burguesa…, Crisis y orden en el mundo feudo burgués. Paralelamente escribió muchas cosas sobre la Argentina, movido por inquietudes algo diferentes -se nota por ejemplo en las diferencias de terminología- pero en el fondo por la misma idea de la historia y particularmente de la historia occidental. El cuadro de su proyecto inconcluso puede en un par de libros y en muchos textos circunstanciales, como un sugestivo artículo sobre la ópera barroca.

En todos ellos se va conformando una idea sobre el sentido de la historia de Occidente, y de la gran curva del proceso que podía imaginar. En el prólogo de  La revolución burguesa en el mundo feudal, escrito en 1966, advierte que, “aunque se ocupa de una época distante, este libro ha sido pensado para comprender el mundo actual, o mejor, el oscuro proceso en el que se elabora y constituye la situación de nuestro tiempo”. Y se pregunta si los movimientos sociales del siglo XX suponen “un viraje fundamental” o si son solo “nuevas formas” del mismo proceso, consistentes en “la consumación de ciertos principios”. ¿Cuáles eran? la universalización del humanismo burgués, encarnada en su presente en  la democracia liberal y en el socialismo. Aunque prudentemente ubica esta última idea en el orden de las opiniones, está seguro de que empalma, no con el futuro contingente, pero si con el profundo, lo que llamaba la gran curva del proceso.

En otras ocasiones recurrió a esa distinción entre opinión y análisis histórico riguroso. En una época que todavía no conocía los beneficios del “juicio de los pares” y el arbitraje, se limitaba a recomendar rigor intelectual y honestidad, consistente ésta en declarar las propias convicciones, como hizo en la conclusión de Las ideas políticas en Argentina, o cuando calificó a toda su obra sobre la Argentina como el trabajo de un ciudadano. Mi impresión, confirmada por Ruggiero Romano, es que nunca dudó de la licitud de empalmar el análisis con la previsión y el consejo histórico, con la salvedad de preguntarle a la historia por lo profundo y no por lo contingente.

José Luis Romero no dudaba de que el suyo era un trabajo riguroso, empírico y científico, que distinguía contundentemente de las “filosofías de la historia”. Su característica más saliente -la que siempre me impresionó más- es un radical historicismo, en el sentido de entender cada cosa en su contexto y en sus circunstancias y en no perder nunca de vista, más allá de las incitaciones del presente, que el pasado es una cosa diferente.

Su toma de distancia respecto de las filosofías de la historia tiene otra dimensión. La convicción de que, por muy fuerte que sea la influencia del pasado vivo, nada está escrito. La historia ya vivida conforma el mundo de la necesidad, pero allí comienza para cada actor, individual o colectivo, el momento de la acción y de la libertad, el momento en que cada uno puede cortar el nudo gordiano. De ahí su interés preferente -me remito otra vez a Romano- por los momentos de la creación, del surgimiento de lo nuevo en los entresijos de lo vivido, desde el surgimiento de la mentalidad burguesa hasta las distintas formas del disconformismo anti burgués que siguió con atención en su madurez.

 

Creo que esta capacidad para empalmar sin conflicto el rigor historicista y la búsqueda del sentido expresaba la consustanciación entre la historia que quería hacer y la propia vida, no solo en el momento del compromiso ciudadano, del que hablaré luego, sino en lo cotidiano, en cada momento de su existencia.

Encuentro esto reflejado en algo que escribió sobre Alejandro Korn, que fue uno de sus modelos de intelectual y de persona. El texto es de 1939, cuando tenía treinta años, ya tenía una hija y frecuentaba en La Plata, que era el de su esposa y el de su hermano Francisco.

“(En Korn) Esta experiencia de la vida provenía de su atenta y constante preocupación por lo histórico. Antes que filósofo era hombre y lo apasionaba su íntima esencia, observándola a un tiempo mismo con la lupa del erudito y la pupila del hombre apasionado y vivo. Vida histórica le ofrecía su contorno social y vida histórica buscaba en la lectura asidua. De una y otra fuente recogía una enseñanza palpitante y su reflexión incansable tejía con ella un cañamazo de amplia trama, dentro de cuyo orden cabría la eterna fluctuación de la vida”. Aquí habla de si y de su proyecto, en unos términos muy similares a los de 1976.

Esta confluencia entre la historia y la vida viviente explica, entre otras cosas más profundas, una cuestión algo pedestre: el problema de las fuentes con las que trabajaba. En su etapa de historiador de la antigüedad y de medievalista pudo manejarlo dentro de los cánones de la profesión, pero esto se le fue haciendo más complejo a medida que se ampliaban sus intereses y se hacían más evidentes las limitaciones de su trabajo artesanal.

A medida que sus ideas maduraban, la necesidad de información básica con  que nutrirlas se transformó en voracidad, que frecuentemente resolvía con un buen diccionario. Pero la verdadera solución, que ya había percibido en 1939, era convertir su experiencia cotidiana en una fuente, como decía que hacía Sarmiento, un historiador nato, “agudamente sensibilizado para la percepción de lo contingente y de su grandeza”.

Un ejemplo de esto es su relación con las ciudades, que visitaba metódicamente, exprimía y absorbía, munido de una guía y de un mapa. Los frutos pueden verse en un libro cuya densidad excede las fuentes que pueden ser mencionadas.

Agrego dos aspectos de su vida cotidiana. Pese a que era metódico con su trabajo, dedicaba un tiempo enorme a la jardinería, y otro tanto a la sociabilidad. Sobre lo primero he escrito un par de veces y no lo repetiré: su pasión de jardinero parquista y su relación con las ideas sobre la experiencia y la naturaleza, propias de la mentalidad burguesa.

Sobre lo segundo, la mayoría de quienes lo recuerdan destacan ese goce de la conversación y el interés por lo que el otro decía. En Adrogué tenía muchos amigos, gente muy distinta, interesados en la política, el fútbol, las carreras o las mujeres. Otro grupo eran los trabajadores, en una casa permanentemente en obra; recuerdo bien a dos albañiles comunistas, a un  carpintero socialista, a otro albañil, italiano y fascista.

Hay un texto muy curioso, de 1946, sobre “el alma popular”, firmado con seudónimo, que puede verse en el sitio web José Luis Romero, donde exhibe una sorpresiva experticia en cómo se juega al fútbol y en cómo se baila el tango. Creo que conocía ambas cosas más que nada de oídas. Luego de leer ese y otros textos sobre la sociedad, la sociabilidad y lo que llamaba las ideas espontáneas en la Argentina caí en la cuenta de que en cada una de esas conversaciones había exprimido literalmente a su interlocutor, absorbiendo sus experiencias, sus modos de pensar, sus ideas de la vida y del destino del hombre. Que ese tiempo perdido era, en realidad, tiempo de investigación, de búsqueda e interpretación de fuentes.  Que tras la actitud relajada de quien se toma un descanso había una cabeza que no dejaba nunca de pensar como historiador, y que todo formaba parte del mismo proceso de experiencia y reflexión del que habló refiriéndose a Korn y a Sarmiento.

 

III.

José Luis Romero fue un historiador ciudadano. Fue lo que en su tiempo se llamaba un intelectual comprometido, un ciudadano vigilante que en ciertos momentos decidió actuar con intensidad. Quiero señalar cómo entendía ese compromiso intelectual, y en que circunstancias, por qué y para qué entro en la liza, por así decirlo.

El tema del compromiso está siempre presente en sus textos, unido al de “conciencia alerta y vigilante”, impulsada por “un imperativo moral”. La “filiación histórica del presente” era el punto de partida de la “inexcusable acción” “la acción inevitable y perentoria”.

No recuerdo que haya escrito explícitamente sobre ese principio moral y su imperativo, de raigambre kantiana, pero lo manifestó proyectándolo en otros intelectuales, que consideró paradigmáticos. Sarmiento, de quien señaló que entendía la “historia profunda”, fue a la vez “un infatigable militante, movido por un inexcusable sentido del deber”. De Alejandro Korn, subrayó muchas veces su compromiso militante, consistente “en lucha y en acción”; en particular, recordó muchas veces su personal compromiso con la Reforma universitaria y desde 1930 con el partido Socialista. En Alfredo Palacios -con quien lo unió una relación estrecha desde adolescente- subraya su doble carácter de universitario y de político, y la unidad de su pensamiento, su acción y su conducta.

Todos ellos pertenecían  a algo que a veces llamó la “aristocracia intelectual”,  contrapuesta a las elites sociales, crecientemente ilegítimas. Era una aristocracia reunida en las universidades, el ámbito natural de esa militancia intelectual, que en América Latina tenían la irrenunciable misión de ocuparse de las cuestiones públicas. La política, que formaba parte de la vida universitaria, consistía en pensar en los problemas del país y en sus soluciones. Se trataba de una línea riesgosa, entre Scila y Caribdis, que defendió de diferentes maneras según las circunstancias.

En 1945, en tiempos de “alpargatas o libros”, dijo que la universidad no podía conceder aumento de salarios, como hacía Perón, pero que allí se elaboraban las ideas que lo hacían pensable, posible y razonable. En los años sesenta, en tiempos de anticomunismo, defendió el derecho de la universidad a tratar los temas políticos. En los años setenta, en cambio, recordó que la universidad debía ser una isla, donde el pensamiento pudiera desarrollarse liberado de las pasiones y de las constricciones de la política militante.

Esto me lleva a la segunda cuestión: en que momentos militó activamente. Lo hizo excepcionalmente, cuando creyó que era inevitable sacrificar algo de su trabajo cotidiano. Diría que se trató de una militancia agonal, cuando creyó que se dirimía algo importante y que no podía rehuir la responsabilidad.

En los años previos a 1945 se sumó al frente anti fascista, y en 1945 decidió afiliarse al partido Socialista, con el que había simpatizado, pero sin comulgar con sus dirigentes históricos. A principios de 1946 colaboró en un  periódico partidario, que dirigía Arnaldo Orfila Reynal, y que era crítico de la línea política del partido, cercana  a las ideas de lumpen proletariado o de aluvión zoológico. En febrero, antes de las elecciones, escribió: “no conocemos al pueblo; no sabemos cómo hablarle”. En abril, luego del comicio, afirmó que a Perón lo habían votado los tradicionales votantes socialistas, los trabajadores y las clases medias, a quienes Perón habló mejor. De ese año es Las ideas políticas en Argentina, -el libro de un ciudadano y de un socialista, dijo- cuya segunda parte, “La era aluvial” consistió en un intento de comprender esa sociedad nueva que acompañaba al peronismo.

En 1955 el gobierno revolucionario lo nombró Rector interventor de la Universidad de Buenos Aires, a propuesta de la Federación Universitaria de Estudiantes. Fueron meses muy intensos -que le costaron un infarto-, por la virulencia de las situaciones académicas, por la controversia con el ministro Dell Oro Maini y por el impulso dado a una transformación de la universidad que mantuvo ese rumbo hasta 1966.

En 1956, apenas concluido el rectorado, se vio catapultado al Comité Central del Partido Socialista por los jóvenes socialistas, que aspiraban a ofrecer una alternativa de izquierda para los trabajadores peronistas. Aceptó su responsabilidad, intervino activamente en el traumático proceso que culminó con la división del partido, y cumplió con su deber de militante, pero con poco placer y creciente disgusto, a medida que se le hacía más difícil coincidir con el sector juvenil, hasta que en 1962 renunció a una de las fracciones del atomizado partido.

En 1962 ocupó el decanato de la Facultad de Filosofía y Letras, donde en los años anteriores había construido el espacio universitario más afín con su estilo: el Centro de Estudios de Historia Social. El decanato fue absorbente -aunque siempre resguardó sus mañanas- en parte porque se retomó con vigor el proyecto de modernización universitaria, pero sobre todo por la intensa politización universitaria, que comenzó entonces. Durante tres años creyó que podía encauzarla y marcar los límites, con el único fundamento de su autoridad moral, que era grande, y de su presencia física, que era mucha. En muchos casos debía salir a poner el cuerpo. Recuerdo cuando encaró a “Pocho” Rearte, dirigente del peronismo revolucionario y ajeno a la facultad, le ordenó que “se mandara mudar inmediatamente” y asombrosamente lo consiguió. Hacia fines de 1965 este recurso ya no funcionó más, y optó por renunciar y jubilarse.

Comenzó el período de los grandes proyectos historiográficos. En 1973 resurgió su  “conciencia vigilante” y escribió una serie de artículos periodísticos, tratando de explicar, con la mirada del historiador, la crisis política que se desarrollaba ante sus ojos, tan preocupados como apasionados. Su diagnóstico, más allá de la contingencia, fue que se trataba de una crisis moral, de la democracia y más en general una crisis de las elites en una sociedad mal integrada, que había perdido el rumbo. En esos textos volvió a su principio más general: la historia es maestra de la vida en tanto se le pregunte por lo profundo y no por lo contingente. Con su consejo los hombres pueden entender el presente y esclarecer las opciones entre las que deberán elegir, imponiendo así al proceso su propio rumbo, dentro de los marcos de lo posible.

Reaparece así la tensión de la que hablé inicialmente entre el historiador y el ciudadano. Para explicar cómo la saldó, ya como historiador, conviene repasar las ideas, que modeló en su madurez, acerca de la vida histórica, el pasado, el futuro y los infinitos presentes.

 

En su etapa madura José Luis Romero planeó escribir uno o dos libros sobre la vida histórica y sobre la relación entre el hombre y el pasado. Solo quedaron muchos esquemas y dos breves artículos.

En el dedicado a la vida histórica subyace la imagen del río de Heráclito. La vida histórica transcurre uniendo en un único devenir el pasado vivido con el futuro potencial que ha de realizarse. Desde esa perspectiva, el presente es solo el instante fugaz -en rigor infinitos instantes fugaces- en los que cada subjetividad percibe la separación entre lo sucedido y lo que comienza a suceder, ese instante que,  apenas se comienza a reflexionar sobre él, ya se convierte en pasado.

En la relación entre el hombre y el pasado parte de otras preguntas, sobre la acción y su sentido, propias no ya del historiador sino del ciudadano. Para cada actor, individual o colectivo, ese instante fugaz es el momento de la acción, el momento en que la necesidad deja paso a la contingencia. ¿Una acción libre? Siempre lo es, pero en distintos grados, que dependen fundamentalmente del reconocimiento de los límites de esa libertad. En un extremo está la acción irreflexiva, que finalmente termina absorbida por la necesidad; en el otro, la acción reflexiva que, consciente de sus límites, puede acotar y precisar sus metas. A este conocimiento reflexivo lo llamó -con singular persistencia en una obra donde los términos se reformulan permanentemente- “conciencia histórica”. La conciencia histórica informa el “saber histórico” pero lo trasciende, pues se entrelaza con la intencionalidad y la acción.

De ese modo, el presente que a los ojos del historiador es fugaz, para el actor es el “momento supremo”, en el que se instala con “prometeico señorío”, presto a “cortar el nudo gordiano”. La comprensión histórica sirve para aclarar los términos de la encrucijada. ¿Qué camino se elegirá? El que le indiquen sus convicciones, sus valores, que tienen para él una imperativa fuerza moral. Volviendo a Berlin, entiende que esos valores han sido construidos históricamente y en la acción -como todo lo humano-  pero son asumidos en decisiones libres.

En esta capacidad de la acción y de la elección reposa lo que él llamaba su optimismo histórico. En parte proviene de una confianza -diría que no fundamentada-  en el desarrollo de los valores de la libertad y la igualdad. Pero sobre todo surge de la seguridad de que los hombres serán siempre capaces de renovar las circunstancias que los constriñen. No asegura -me parece- que lo nuevo le resulte mejor, ni en el corto plazo ni en el mediano -los únicos con algún sentido subjetivo-; solo asegura que el espectáculo que los hombres ofrecen a quien los contemple y se proponga comprenderlo será siempre novedoso e imprevisto, que nada está escrito, que no hay final fuera de la historia misma.

Tengo la impresión de que esta solución es incompleta, y que los dos diferentes puntos de partida -el del historiador y el del ciudadano- siguen dejando muchas cosas sin explicar. La cuadratura del círculo no ha sido resuelta. No sé si lo habría logrado de haber terminado de elaborar sus reflexiones. Pero estoy convencido de que, en términos personales, logró una coherencia que se me hace bastante excepcional entre el historiador y el ciudadano.

 

 

Volver al listado de libros

 

Luis Alberto Romero
© 2014