Luis Alberto Romero

artículo publicado

14 de abril de 2012

Llegó el verano

Una golondrina no hace verano; pero dos ya es otra cosa. Por un punto en el espacio cruzan infinitas rectas, pero por dos puntos sólo una. Hoy muchos puntos titilan en el espacio político argentino. Pero en la zona de ese espacio que me atañe más directamente, a fines del año pasado se encendió uno y ahora otro. Quedó trazada una recta y su dirección me preocupa mucho.

A finales del año pasado, los investigadores del Conicet recibimos un extraño mensaje firmado por uno de los vicepresidentes. Su texto era ambiguo, pero contenía insinuaciones de envergadura. Se nos recordó allí que ningún investigador podía hablar en nombre del Conicet, lo que es obvio. Se nos insinuó que si hacíamos manifestaciones fuera del campo estrictamente académico y mencionábamos nuestra pertenencia institucional, requiriéramos primero algún tipo de autorización. Se encuadró esas dos insinuaciones, poco precisas, dentro de una proposición general: el Conicet debía asegurar la “unidad de discurso” de la institución.

Muchos investigadores del Conicet participamos habitualmente del debate público. Lo hacemos como ciudadanos pero incorporamos, como valor agregado, nuestro conocimiento en algún campo del saber vinculado con la materia discutida. Seguramente muchos, como yo, exhibimos con orgullo, ante un público más amplio, los logros de un mundo académico habitualmente hermético. También creímos que los valores de la libertad de opinión y del pluralismo, recuperados en 1983, seguían vigentes. Pero la apelación a la “unidad de discurso” sonaba a otra cosa: a unanimidad, a directiva oficial, a verdad de Estado y razón de Estado. Quizá porque otras golondrinas habían volado ya en campos cercanos, reaccionamos con susceptibilidad.

Nuestra preocupación aumentó por la falta de respuesta oficial, ni manifestación de alguna otra autoridad del Conicet. Aunque hubo una respuesta oficiosa: un conjunto de investigadores afirmó que su libertad de investigación nunca había sido coartada. Yo creo lo mismo, pero también me gusta prevenir y anticipar. Por si acaso y considerando que la institución no lo veía con buenos ojos, dejé de consignar en mis notas periodísticas mi pertenencia al Conicet, y busqué auspicios institucionales más amistosos. El episodio se cerró con una noticia en parte tranquilizadora y en parte preocupante: en el último día del año, el sitio web del Conicet dio cuenta de la renuncia del vicepresidente de marras y de su remplazo por otro miembro del directorio. Parafraseando a Felipe Pigna: “Algo habrá hecho”.

Hace pocos días, llegó la segunda golondrina; el secretario de Cultura Jorge Coscia encendió el segundo punto y apareció la línea recta. Con motivo de la discusión sobre las restricciones a la importación de libros, formuló el concepto de “soberanía cultural del Estado”. Esa soberanía alcanza a los libros que conviene editar y sobre todo a cuáles importar. A las razones económicas agregó otra: no puede admitirse que esas decisiones sobre qué leer, que hacen a la soberanía, se tomen en capitales extranjeras.

No dijo mucho más, pero ya estaba trazado el dibujo, perfectamente ensamblado con la “unidad de discurso” del Conicet, y también con la creación del Instituto del Revisionismo Histórico. En los tres casos aparece la misma contraposición. Por un lado un pensamiento cosmopolita, elaborado y difundido en el extranjero, que alienta un pluralismo pernicioso. Por otro, un pensamiento nacional, único y propio, que desarrolla las cualidades esenciales de la argentinidad. La tarea del Estado es velar por esa unidad y autenticidad. Seamos francos. El Estado argentino no es el francés. Ni siquiera el italiano. Es un conjunto de herramientas desarticuladas, al servicio de los gobiernos. Quien decida usarlas para asegurar la unidad de pensamiento, seguramente nos lo hará pasar mal a quienes no encuadremos en ella.

Personalmente, además de investigar cosas que el Instituto Dorrego considera deplorables, me dedico a asesorar sobre la edición de libros, en editoriales cuyas casas matrices están en el extranjero. A menudo propongo traducciones de libros extranjeros. A veces, esas editoriales publican libros que van más allá de los intereses del Estado y de la Nación. Ya veo bandadas de golondrinas. Veo una línea cada vez más resaltada. Parafraseando al pastor Niemöller –luego citado por Brecht–, ya es hora de no guardar silencio y de protestar, porque vendrán por nosotros.

Publicado en Perfil

Etiquetas: Conicet, Instituto Dorrego, Unidad de discurso

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