Luis Alberto Romero

artículo publicado

21 de abril de 2016

Lo malo de pedirle a Macri lo mismo que a Cristina

Cristina volvió y no fue millones; solo unos miles. Cuando su espíritu empieza a distanciarse del corazón peronista, revive sorpresivamente en quienes fueron sus críticos y hoy reclaman porque Macri no se comporta como ella. Ante cada dificultad, esperan con ansiedad que el Presidente tenga una presencia activa. También le piden que intervenga en los procesos judiciales por corrupción, y finalmente, le reclaman la construcción de un relato y una épica.

Cada una de estas cosas singularizó el gobierno de Cristina, y sabemos bien a dónde nos llevó. Muchos de sus antiguos opositores experimentan un síndrome de abstinencia: parece que sin aquellos discursos no pueden vivir. O quizá temen que solo un líder carismático pueda gobernar la crisis. Sabemos que Macri no lo es, y eso quizá no esté mal en este momento.

¿Es necesario que el Presidente esté siempre en la primera línea? Perón decía que el comando estratégico debe ubicarse lejos del frente de combate. Por otra parte la Constitución asigna a los ministros una importante responsabilidad, que conlleva una función política: asumir una parte importante del desgaste de la gestión. No está mal reservar al Presidente para las cosas más importantes.

¿Es necesario que el Ejecutivo intervenga en todos los conflictos? Esta “ejecutivitis” es parte del síndrome cristinista. En las democracias normales suele darse un tiempo para que los conflictos se desarrollen y maduren; entre nosotros, es bueno volver a fortalecer los carriles institucionales que los canalizan, como el Congreso. Es cierto que hay un riesgo en subestimarlos y que se desmadren, pero hay también riesgo en sobrestimarlos y consumir inútilmente el crédito presidencial.

En cuanto a las investigaciones judiciales sobre la corrupción, las opiniones están divididas. Algunos creen que, para ir a a fondo, el Ejecutivo debe presionar a la justicia. Incluso demandan comisiones especiales y hasta se ha hablado de una CONADEP de la corrupción. En el extremo opuesto, se sugiere al Gobierno atenuar el ímpetu de los jueces y evitar que un celo excesivo rompa el difícil equilibrio con la oposición.

La cuestión es importante y digna de un amplio debate público. Algunos desarrollarán lo que Weber llamó la ética de la convicción y otros asumirán su alternativa: la responsabilidad. Es muy bueno que las opiniones se expresen y lleguen hasta los jueces; pero solo hasta allí, pues ellos deberán encontrar su propio camino.

Demandar la intervención del Gobierno es algo completamente diferente. Cristina no habría dudado en hacerlo: justicia para los corruptos enemigos y tolerancia para los amigos. Se dirá que la intervención de Macri podría justificarse por sus buenos propósitos, un argumento que también se usa en favor de las comisiones especiales. Pero las consecuencias de cualquier acto deliberado son imprevisibles, y las mejores intenciones suelen producir los peores desastres.

Castigar a los corruptos, como sea, es menos importante que robustecer el Poder Judicial y recuperar el Estado de derecho y el Gobierno de la ley. Y ello no va a ocurrir por actos de imperio, que confirmen la idea de que la justicia en manipulable por el poder o la opinión. La mejor alternativa es -en palabras de Macri- dejar que la justicia haga su trabajo.

“Falta un relato, una épica”, se le reprocha al Presidente, en lo que es la más clara manifestación del síndrome de abstinencia de sus críticos. No dudo de la importancia de los relatos: la vida en sociedad consiste en la disputa por el sentido de lo que sucede. La cuestión es quién lo construye y cómo lo difunde. El kirchnerismo tuvo un relato bien armado, construido desde el Gobierno y difundido por los monopolizados medios estatales. Hoy se abre el juego y es la ocasión para que desde la sociedad y la opinión se propongan relatos alternativos, que salgan a competir.

En su estilo, poco enfático, Macri suele hablar de un país normal, con instituciones sólidas, una sociedad sin pobreza, con oportunidades para el esfuerzo personal, y un Estado eficiente y sin corrupción, que haga su parte. Como proyecto para cuatro u ocho años, no es poco, y hasta tiene su épica. Para apoyarlo no es necesario inventar un relato o forzar el pasado. Basta con recordar cómo fue, en líneas generales, la Argentina moderna, quizás hasta los años setenta de este siglo. Tuvo una sociedad abierta, con capacidad para integrar, con el trabajo y la educación, a los sucesivos contingentes que llegaban, y para estimular las aventuras personales o familiares, modestas pero con algo de heroicidad. Fue una sociedad de clases medias, como solía decirse; una buena sociedad, que yo llegué a conocer en los años sesenta, cuando la retrató Mafalda. También tuvo cosas horribles, cuya lección hay que recordar, como el nacionalismo cerril, el corporativismo, el autoritarismo o la facciosidad política. En suma, en nuestro pasado hay materiales para construir relatos que guíen el esfuerzo presente.

La responsabilidad de pensarlos, discutirlos y difundirlos es nuestra. Jamás le pediría al Gobierno que utilice el Estado para construir ni ese relato ni otro. Ya tuvimos mucho de eso, y ahora hay que desintoxicarse. Solo espero del Gobierno que, día a día, sus acciones confirmen la posibilidad de ese camino, que la Argentina conoció hace mucho. “Res, non verba”, un latinajo que algunos han traducido por “mejor que prometer es realizar”.

Publicado en Clarín

Etiquetas: Macri y el relato, Macri y la justicia, Síndrome de abstinencia, Un relato de la buena Argentina

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