Luis Alberto Romero

artículo publicado

11 de junio de 2007

Lo que sentimos por Hobsbawm

El gran historiador británico cumplió el sábado noventa años. En nuestro país —donde es tan popular como admirado— su producción ha dejado marcas definitivas para entender períodos clave del desarrollo del capitalismo.

Para muchas generaciones de historiadores argentinos el nombre de Eric Hobsbawm es emblemático de una manera de concebir la historia, de practicar el oficio y de opinar y comprometerse.

Muchos supimos de él en 1964, cuando se tradujo al español Las revoluciones burguesas. Ese año lo leí en la Universidad, y desde entonces lo releí muchas veces, entero o por partes.

Todo Hobsbawm está allí. Su capacidad para articular, a veces de manera sorprendente, muchos y variados aspectos del pasado: de la economía al arte, de la política a la sociedad, de la ciencia al urbanismo. Su escritura, que es atractiva y amigable en la primera lectura, pero densa y compleja cuando se trabaja el párrafo o la línea. Sus esquemas explicativos, que integran cada aspecto, cuestión o dimensión en un gran relato, con sentido definido, al final del cual aparece el propio Hobsbawm, actor de la historia, pues fue un laborioso y convencido militante comunista.

Desde entonces muchos historiadores esperamos con ansiedad los tomos siguientes de su anunciada saga: La era del capitalismoLa era del Imperio y finalmente la Historia del siglo XX (pobre traducción de “la era de los extremos”).

Para los docentes, Hobsbawm venía a poner orden en un proceso histórico tan difícil de entender como de enseñar. Durante los últimos veintitrés años estos libros fueron un pilar de nuestro curso de Historia Social en la Universidad de Buenos Aires.

A lo largo de esos años, algunas decenas de docentes y varios miles de estudiantes desmenuzamos sus explicaciones sobre la revolución industrial y el capitalismo, la sociedad burguesa y el mundo obrero, las revoluciones y la política democrática. Sus textos nos ofrecíancomprensión del pasado y compromiso con el presente, dos necesidades básicas del universitario.

Otros muchos colegas hicieron lo mismo en universidades y hasta en colegios, y lo convirtieron en un clásico. La muchedumbre que se reunió para escucharlo hace unos años en Buenos Aires da testimonio de unapopularidad que casi no tiene parangón en nuestro oficio.

Otros textos de Hobsbawm tuvieron una repercusión más específicamente ligada con la investigación. Bandidos sedujo a historiadores sociales y antropólogos, que buscaron ejemplos locales de sus Robin Hoods. El mismo Hobsbawm, en una visita en 1969, agregó a su multinacional lista de bandidos el nombre de Mate Cosido. Otros fuimos muy influidos por sus trabajos sobre el movimiento obrero y los trabajadores. Junto con E.P. Thompson, Christopher Hill y otros nucleados en la revista Past and Present, Hobsbawm propuso una visión renovada del marxismo, eludió el determinismo más grueso y planteó los conflictos sociales desde una perspectiva política y cultural. Leí esos trabajos hace tres décadas, con la guía de Leandro Gutiérrez, y a ambos nos ayudó a pensar nuestro trabajo sobre las sectores populares porteños en la entreguerra, aunque para ello debimos entender —no fue nada fácil— que nuestras sociedades urbanas, móviles e integrativas, eran radicalmente distintas de las inglesas estudiadas por él.

En fin, somos muchos los que en alguna medida nos sentimos hijos de Hobsbawm. Ya entrando en la edad madura, empezamos a mirarlo de una manera algo más distanciada y crítica. Advertimos, por ejemplo, que sus transparentes esquemas están demasiado subordinados al gran relato marxista. Más aún, sus Memorias revelan la impronta fuerte del Partido Comunista en su perspectiva de historiador (por ejemplo, en su escaso aprecio por el campesinado y sus posibilidades de transformar la historia). Quizá notemos que no le entusiasman muchas de las novedades que el oficio de historiador ha incorporado en las últimas décadas, demasiado blandas para su concepción más estructurada.

Hoy nos es difícil seguirlo en todo, como cuando éramos jóvenes. Pero esta toma de distancia con respecto al historiador se combina con laprofunda admiración por la persona. Por quien es capaz de seguir fiel a sus convicciones y, a la vez, estar atento a todas las novedades del presente. Por quien, luego de renunciar al Partido Comunista británico, decidió pertenecer, en espíritu, al Partido Comunista italiano, el de Gramsci.

Sus escritos recientes nos muestran a un historiador nonagenario que conserva intactos su curiosidad y su espíritu crítico. También, a un ciudadano capaz de mantener las convicciones políticas que estructuraron su vida, y enriquecerlas con un sabio escepticismo.

En tiempos de descreimiento, de profesionalismo pragmático y de flexibilidad, sigue siendo un ejemplo admirable.

Publicado en Clarín

Etiquetas: Eric Hobsbawm

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