Luis Alberto Romero

artículo publicado

29 de octubre de 2013

Los dos largos años hasta 2015

Las elecciones del domingo confirmaron varias cosas. La más importante es el fin a término del cristinismo, fase superior del kirchnerismo. No importa mucho cuántos diputados y senadores puedan ser computados hoy en su lista; el mundo peronista ya se mueve buscando un nuevo jefe, y con Cristina sólo quedarán los que no encuentren mejor acomodo.

Ignoramos algo más importante: cómo transitaremos por los dos años que nos separan de 2015. Cristina es el clásico pato rengo, pero además derrotado y convaleciente. Los problemas, que eran graves, hoy son urgentes, y requieren una lucidez que ella nunca tuvo y un poder que ya no tiene. Que Dios la ilumine y nos ayude. En cuanto a la elección, más allá del contundente rechazo al Gobierno, todavía refleja la situación de un país polarizado en contra de la hipotética reelección. Todo esto variará durante los dos próximos años, y las fuerzas se reagruparán de manera difícil de prever hoy.

¿Cambiará algo con la elección de 2015? Desde hace veinticinco años al menos, la Argentina está gobernada por un régimen político que, bajo el rótulo peronista, en realidad se articula desde el Estado y organiza a sus administradores: el presidente, los gobernadores e intendentes. En 1789 los franceses denominaron “antiguo régimen” al Estado monárquico que derrocaban, con su rey, sus nobles, sus financistas y sus comisarios. La fórmula me parece adecuada para el nuestro, con suficientes años como para acreditar cierta antigüedad, pero sobre todo merecedor, como aquél, de una transformación fuerte.

El “antiguo régimen” hoy transita por el complicado proceso de constitución de una nueva jefatura nacional. En el mundo peronista la carrera está abierta y parece esbozarse una escisión, presente en parte de los resultados electorales. Con seguridad, al final del camino habrá una nueva jefatura, pero no sabemos si ese proceso habrá concluido en 2015. Para entonces, la existencia de uno o dos candidatos de lo que, por comodidad, llamamos peronismo significará una diferencia importante.

Las diversas fuerzas políticas opositoras o ajenas al “antiguo régimen” han logrado triunfos muy importantes, pero todavía están lejos de constituir una alternativa política. Un sentido común arraigado las clasifica en una “centroizquierda” y una “centroderecha”. La distinción es más clara para las personas mayores que para las más jóvenes, más ligeras de identidades y tradiciones. No dice mucho acerca de las políticas efectivas que hoy proponen para el largo ciclo de reconstrucción institucional y social que se inicia, en las que probablemente encontremos más similitudes que las sugeridas por la clasificación.

En los dos años próximos se conformarán los actores que competirán en 2015. No sabemos quién estará con quién, pero podemos imaginar las respuestas posibles para los problemas de la agenda política. La primera cuestión es la del Estado y la república. No se trata de la discusión sobre liberalismo y estatismo, que hoy no se puede plantear, sino de una mucho más elemental: la reconstrucción de las capacidades estatales y la reducción de la discrecionalidad gubernamental. Casi todos concuerdan en que hay que reparar el Estado y la república, recuperarlos o reconstruirlos. Hay buena voluntad y ánimo de conciliación. Pero las diferencias surgirán ante las acciones específicas y los intereses enquistados. Hay que decidir, por ejemplo, qué se hará con los “capitalistas amigos”, con el sector corrupto de la policía o de la Justicia y con los barrabravas. ¿Quién no ha tejido algún tipo de relación o connivencia con ellos? ¿Quién tendrá las espaldas políticas para dar la batalla?

La pobreza es el otro gran problema. Un 25% de los argentinos vive de manera precaria, en un contexto de marginalidad jurídica, propicio para que distintos beneficiarios prosperen al margen de una ley ausente. Es el caso del circuito de La Salada, la piratería del asfalto o el tráfico de drogas, que anidan en estos territorios liberados, bajo la protección de habitantes, policías, jueces e intendentes. Cualquier intento de restablecer la ley en estas zonas “marrones” generará poderosas resistencias. ¿Cuántos de quienes humillaron ayer al Gobierno estarán del lado que corresponde?

Finalmente, la política. El “antiguo régimen” arraigó de manera exitosa en cada uno de los pliegues de la crisis estatal y de la pobreza. De allí sacó su fuerza, para cosechar votos, concentrar poder de disciplinamiento y establecer un cierto orden, muy apreciado después de la experiencia de 2001. Hoy, como en 1789, son muchos los que piensan que las cosas se han salido de carril. Cuestionan lo que hace dos años les pareció tolerable: el autoritarismo, la combinación de corrupción e ineficiencia, la connivencia con el mundo marginal, la inseguridad y la violencia. Aparece ante nuestros ojos un monstruo frankensteiniano, construido bajo la consigna del “país normal” y de la “matriz productiva con inclusión”.

Es posible que, alrededor de estos temas, durante los dos próximos años se organicen dos grandes opciones políticas.

La primera opción vendrá seguramente de un “antiguo régimen” amansado, transformado. La confrontación dejará paso al “todos juntos”; mejorará la dinámica institucional y la gestión estatal -punto fuerte de algunos intendentes y gobernadores-, y la seriedad y el realismo desplazarán al voluntarismo y la arbitrariedad. Probablemente este libreto alcance para cosechar los votos de quienes prefieren lo malo conocido a lo bueno por conocer.

Pero esa primera opción no hará mucho más. Romper realmente con el policía, el traficante, el puestero o el empresario amigo pone en riesgo toda la máquina política en la que el “antiguo régimen” se asienta. Hay mucho para perder y sólo conflictos para ganar. Es más probable que los enrolados en esta opción adopten el camino de “atar las cosas con alambre”, de empastelar, disimular. ¿Querrán renunciar a los formidables mecanismos de poder que el régimen construyó en estas dos décadas? ¿Al manejo de los medios de comunicación, las licitaciones, los recursos fiscales, el sistema de subsidios? No es absurdo pensar que, tras los candidatos sonrientes de hoy, anide una versión renovada de Menem o de Kirchner.

Las incógnitas son mayores con la opción opositora. Su mayor capital reside en un amplio sector de la sociedad que se expresó con contundencia el domingo, desencantado del “antiguo régimen” y deseoso de un país normal, una aurea mediocritas . Hoy existe una oportunidad para la formación de una fuerza opositora que defina lo que hay que hacer en los próximos diez años, los de la reconstrucción. No es una gran oportunidad, y difícilmente la pueda aprovechar por sí solo alguno de los diversos grupos que hoy compiten. La convergencia tampoco es fácil. Los opositores ya tienen el antecedente de la oportunidad perdida en 2009, arrastran agravios por sus pasadas claudicaciones, tienen ideas algo anquilosadas y suelen refugiarse en la comodidad de sus diferencias ideológicas y sus límites. Quizá la pueda impulsar la nueva generación de políticos, menos prejuiciosos.

Coincidir en las líneas generales de un programa común a término, diferente del de los herederos del “antiguo régimen”, es difícil pero posible. No es necesario fusionarse, pues basta con un pacto a término, que preserve identidades y postergue las discusiones para el momento en que sean necesarias. Más difícil es acumular la fuerza política para gobernar. Hacerse cargo de las cuentas no pagadas y afectar los derechos adquiridos. Poner en caja a los empresarios prebendados, los administradores de planes sociales, los barrabravas y los narcotraficantes. Investigar los presuntos casos de corrupción. Todo eso exige tener tras de sí un Estado en forma, que hoy no existe. En esa situación es difícil para esta eventual oposición prometer otra cosa que sangre, sudor y lágrimas. Aunque quizá sea, a la larga, más productivo arrancar con el pesimismo de la razón y no, como en 1983, con el desbocado optimismo del corazón.

Publicado en La Nación

Etiquetas: Cristinismo, Elecciones de 2015, Kirchnerismo

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