Luis Alberto Romero

artículo publicado

28 de noviembre de 1999

Los econoministros

No es una sorpresa -según el autor- que haya inflación de economistas en el gabinete. Su novedad parece ser, sí, la ausencia de un superministro.

En su época de buenas relaciones con Cavallo, Menem dijo: Yo no me meto en profundidad, porque me recibí de abogado, no de economista. Zapatero a tus zapatos. De la Rúa, que también es abogado, coloca cuatro economistas en el gabinete. Es mucho: hay tantos como en el actual -Fernández, Di Tella, Domínguez y García Solá-, y hasta están en las mismas funciones. Tanto economista en la clase política es una novedad, pues tradicionalmente ésta se nutrió de abogados. A principios de siglo Max Weber señaló que ésa era la profesión ideal para el político: una formación general poco exigente, entrenamiento para argumentar, una oficina donde recibir, muchas vinculaciones, y bastante tiempo libre. Lo cierto es que en nuestro país, político y abogado -más exactamente, doctor- son casi sinónimos. Salvo algunos pocos casos -Illia fue el primero- los presidentes fueron militares o abogados, y también lo fueron los ministros de Hacienda.Probablemente en tiempos de Domingo Salaberry, abogado, comerciante y ministro de Hacienda de Yrigoyen, o de Víctor Molina, abogado, hacendado y ministro de Alvear, el manejo de ese Ministerio era relativamente sencillo. Pero después de 1930 el Estado comenzó a crecer, y con ello aumentaron las funciones del ministro económico, aunque todavía sin muchos economistas. En los 30 Federico Pinedo armó el Estado dirigista, encargado de regular las grandes variables macroeconómicas. Pinedo fue socialista, había leído en alemán los tres tomos de El Capital de Marx, y seguramente sabía mucha economía, pero era abogado y político. Con Perón, el Estado volvió a crecer, repartiendo bienestar y alegría. Miguel Miranda, el zar de la economía, era un empresario exitoso, que no había leído gran cosa, y cuyo mérito más reconocido fue conseguir la plata para pagar lo que otros gastaban. Cuando terminó la fiesta, un grupo de técnicos -contadores perfeccionados- formados en el Banco Central junto a Raúl Prebisch se hizo cargo de ordenar las cuentas, y ajustar. En 1958 el avance del Estado en la economía se profundizó con el desarrollismo de Frondizi, un abogado, y de Rogelio Frigerio, un economista autodidacta, que no fue ministro sino consejero en las sombras. La política desarrollista cambió los datos de la situación: desde entonces, cada ministro de Economía tuvo que tratar con grandes empresas extranjeras y con financiadores externos, convertidos en acreedores exigentes. No es raro que la envergadura de los ministros de Economía creciera, y que su perfil profesional cambiara.Por entonces, simultáneamente, la economía se convertía en profesión. Desde fines de los 50 había buenas carreras de Economía, entre otras en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad Católica; los jóvenes economistas hacían sus doctorados en los Estados Unidos, donde adscribían a una escuela económica -como la de Chicago- y definían su identidad; había buenas revistas, como Desarrollo Económico y centros de investigación, como el Di Tella, y luego CEMA o la Fundación Mediterránea, donde se formaban los equipos de futuros funcionarios. Los economistas adquirieron un lenguaje y una perspectiva común -el uso de las funciones matemáticas los diferenció de los contadores y de la vieja Economía Política- y establecieron solidaridades profesionales más fuertes que las eventuales diferencias de escuela o políticas. Ocuparon un lugar de importancia en las empresas y también en el Estado: cuando mayores eran sus funciones económicas, más fuerte fue la presencia de los economistas profesionales, en la cartera específica y luego en otras.Desde principios de los 60 comienza la era de los superministros de Economía: Alsogaray, Krieger Vasena, Gelbard -el último no economista-, Martínez de Hoz, Sourrouille, Cavallo. Todos avanzaron sobre otras áreas de gobierno, sobre todo las de Obras Públicas y Trabajo y Previsión. A veces lograron anexarlos a su ministerio, y otras ubicaron allí a sus hombres. Todos necesitaron un respaldo fuerte fuera del Gobierno: del Fondo Monetario Internacional, los bancos extranjeros y las grandes empresas. Con los primeros negociaron sobre el endeudamiento creciente del Estado. Con los segundos, gestaron el largo proceso de desarme del Estado, en beneficio de esos empresarios.Así, desde 1960 el Estado debió tener en cuenta a tales interlocutores para elegir a sus superministros, y a menudo aquellos se los imponían. Pero además, los superministros debieron aprender el arte mediático de convencer a la gente, de generar confianza. Tal parece haber sido la mayor habilidad de Alsogaray, un economista mediocre que terminó siendo un gurú; también Cavallo se destaca en esto. Los otros, mal que bien, repitieron ante las cámaras una historia parecida: la situación que recibimos es desastrosa, las medidas que se imponen son duras, pero al final de la travesía del desierto, hay un futuro de felicidad. Pero su mayor trabajo fue durar: como mostró Jorge Schvarzer sobre Martínez de Hoz, un superministro debe cabalgar el tigre. Hay que dirimir todo tipo de pujas sectoriales, generalmente instaladas en el propio gabinete. También hay que resistir otros embates, por cuestiones de poder: los nacionalistas con Krieger, los sindicalistas o López Rega con Gelbard, Massera con Martínez de Hoz, la vieja guardia radical con Sourrouille, los ultramenemistas con Cavallo.Los economistas se han hecho su espacio en los gobiernos. Han impuesto su manera de mirar la realidad y de definir qué es lo posible, aunque los presidentes siguen siendo abogados y políticos. De la Rúa los acepta: al fin, tiene que gobernar un Estado en quiebra y una sociedad exangüe. Esto no es novedad, y hasta es obvio. Lo singular es que decidió no tener un superministro. Me parece que eso es lo más significativo de la presencia de tantos economistas de fuerte perfil. Quizá lo hace para conservar su propio margen de decisión; quizá para eliminar la pura lucha por el poder. No habrá peleas sectoriales en el gabinete, portazos, zancadillas y trascendidos, ni un malo de la película diciendo no a reclamos legítimos. Puede imaginarse más bien una discusión razonable entre quienes, con distintos puntos de vista, comparten un lenguaje y una manera de ver las cosas. Es muy posible que sea una manera más eficiente de llevar adelante una gestión, de combinar con arte las distintas posibilidades de la realidad. La cuestión es imaginar dónde se desarrollarán las discusiones sectoriales, que al fin son la esencia de la política económica.

Publicado en Clarín

Etiquetas: Ministros de economía

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